jueves, 15 de febrero de 2018

LA ISLA IMÁN





El mar es un espejo que me hipnotiza. No puedo dejar de mirarlo. Plata líquida en una tarde nublada. «¡Nos vamos a Tabarca!», dice Álex con entusiasmo mientras prepara el catamarán. Desvío la mirada del agua y la fijo en él. Si lo viera su padre... Se mueve por la plataforma como un equilibrista en su mejor número. Ha crecido mucho y no solo en estatura. Tiene las ideas claras, como los hombres de mar. «No sopla ni una brizna de viento», anuncio. «Da igual, soplamos nosotros», dice entre risas Hugo, su hermano y compañero de aventuras. Es inútil que insista. No se puede con la juventud ni con las ganas de vivir. Sueltan amarras y, en ese preciso instante, algún Dios oculto tras las nubes se confabula con ellos y manda un viento ligero que deja su estela en mi pelo revuelto, en la ropa que vuela y en los ojos humedecidos. Las velas se hinchan y el catamarán avanza. «¿Qué vais a hacer en Tabarca?», pregunto de manera tonta mientras se alejan, por preguntar. «¡Pescar un tiburón!», contesta Álex con la broma de siempre. «¡Ni se os ocurra, ya sabéis que la isla es reserva marina!», les grito desde el pantalán. Aunque ya están a cierta distancia los oigo reír, con esa risa fresca y contagiosa que no esconde más que ilusión y complicidad. Cada vez están más lejos, y yo, clavada en el puerto deportivo de Santa Pola, les digo adiós con la mano, como si despidiera a un trasatlántico que se dispone a cruzar el océano. Siento el impulso de saltar al agua, de alcanzarlos a nado. Como si fuera posible. ¿Qué tiene la isla que los atrae como un imán?
Recuerdo aquella primera vez en la que fuimos juntos con el Century, nuestro primer velero. Había sido un sueño perseguido durante largos años y por fin se convertía en realidad. De ocasión, trece metros de eslora, casco impecable, motor recién revisado, tres camarotes dobles, dos baños y una hipoteca. ¿Y qué importaba si teníamos todo el mar para nosotros?  No entendíamos otra forma de ser más libres que sobre las aguas.
Aquel día, cargados de ilusión, navegamos hasta la isla para estrenar la criatura, acompañados en el trayecto por diferentes embarcaciones a vela o a motor que seguían nuestros mismos planes. El sol luminoso, la brisa, el vaivén de las olas, los pececillos saltando a nuestro alrededor y, de repente, en medio del azul, la costa isleña, rocosa y embrujadora. Una imagen que merecía  haber quedado inmortalizada en un lienzo para ser exhibida en el mejor de los museos. «¡Mamá, piratas!», gritaba Álex señalando hacia algún punto indefinido. «¡Hay piratas en la isla!», insistía. «Qué imaginación tienes», contestaba su padre. «¡Yo también los veo!», intervenía Hugo. Y nos obligaban a entornar los ojos, a poner la mano sobre ellos a modo de visera y a escrutar el horizonte. Mar y cielo confundidos en un abrazo eterno.
Dejo los recuerdos y vuelvo al presente. Busco el catamarán, ya poco más que un juguete perdido en la inmensidad de las aguas, y todavía creo oír las risas de sus tripulantes, las confidencias, los secretos, las historias que solo ellos saben y solo entre ellos se cuentan. ¿Qué tiene Tabarca que los atrae como un imán?
Si los viera su padre, me digo una vez más mientras abandono el Club Náutico y me dirijo a la playa, a matar las horas, a esperar que vuelvan... En ese preciso instante una fina lluvia me salpica el cabello y la cara, es tan delicada que se percibe como una caricia. Entonces miro al cielo y pienso: quizá sí los ve.

 

9 comentarios:

Tracy dijo...

¿Qué tendrá Tabarca? buena pregunta, a mí me encantó.

Esther Planelles Arráez dijo...

Algo deben tener las aguas entre Tabarca y Santa Pola, además de su reserva marina llena de poinsetia. Buenos recuerdos a bordo del Antares, lejanos ya, pero siempre buenos. Un relato encantador hasta el final.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Magia, Tracy, tiene magia. Gracias por venir.

Maribel Romero dijo...

Esther, tú eres muy de mar, seguro que conoces bien los secretos de esas aguas, y que tendrás muchas historias marineras para contar.

Un abrazo.

Esther Planelles Arráez dijo...

Ja, ja, ja. Pues no debo ser muy de mar cuando he escrito "poinsetia" en lugar de "posidonia" (parece que sigo afectada por la defunción de mi "pascuera").
En cuanto a historias, tengo unas cuantas, y son especiales porque las viví con mis hermanos; tal vez un día..., o tal vez deje que nuestro capitán, el mayor de los cuatro, cuente nuestras andanzas marineras y reúna, de paso, las vivencias de un pescador del Raval Roig.
Un abrazo y gracias por compartir con nosostros "La isla imán".

Maribel Romero dijo...

Anda, Esther, pues me has sacado de una duda dudosa, jajaja... Mira que hasta lo busqué en Internet, y la poinsetia solo aparecía como flor de Pascua, pero yo me dije: "si Esther ha dicho poinsetia es poinsetia". Ahora ya está claro :)
Pues sería un lujo conocer esas historias marineras. Quédate con la página Sailandtrip, quizá por ahí nos puedas contar alguna.

Gracias a ti. Un abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

Hay una sensación en el cuento de tiempo que se va y no vuelve, de nostalgia. Pero, al mismo tiempo, todo lo que sucede vive en nosotros y jamás desaparece. Aunque ya no estén algunas personas. Felicidades.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Muchas gracias por tus observaciones, Jose. Somos lo que vivimos.

Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, qué tendrá el mar que no nos imaginamos vivir lejos de la costa todos los que tenemos la fortuna de poderlo oír, de sumergirnos en el vaivén de su inmensidad mientras dejamos que nos abrace, de contemplarlo y perder la mirada en su horizonte o dejar que nos salpique su furia, .... Como tú bien dices, nos atrae como un imán y nos hipnotiza.
El mar siempre es fuente de sensaciones que tu has llevado de forma impecable al papel. Enhorabuena.

Un abrazo.