viernes, 1 de mayo de 2015

LA CAJA



La caja era de mi abuela. Pequeña, de madera barnizada, sin tallas, dibujos ni adornos. Cabía dentro de una mano. Me la regaló cuando cumplí diez años. Aún recuerdo con exactitud sus palabras cariñosas: «Querida, esta caja perteneció a mi abuela y ahora es para ti, aunque la veas insignificante guarda un tesoro. Sólo te pido una cosa: jamás la abras».
Fue como rogarme que no tocara ni un caramelo de la bolsa que me acababan de regalar por mi cumpleaños, o decirme que podía salir a la calle para estar con mis amigas pero no jugar con ellas. “Un tesoro” y “no abrir” son expresiones contradictorias en la mentalidad de una niña. A partir de ese día me invadieron sentimientos enfrentados. Mil veces agité la caja con la intención de descubrir qué escondía, pero ningún sonido salió jamás de su interior. No tenía candado ni llave. Su cierre era sencillo, podía haberla abierto tirando suavemente de la tapa, sin embargo, nunca lo hice. La caja encerraba algo más que un contenido incierto, encerraba una promesa, un pacto de lealtad, un roce de dedos que transmitían más fuerza que un huracán, el que se produjo cuando ese pequeño objeto de madera pasó de sus manos ancianas a las mías tiernas como brotes de un rosal. La caja me acompañó siempre, la cuidaba con cariño, como se cuida a una mascota, la acariciaba, pasaba el índice por sus aristas y después la guardaba con cuidado en mi mesita de noche, envuelta en un pañuelo de cuello que también perteneció a mi abuela.
 Hoy soy una mujer y todavía conservo ese obsequio, en otra mesita de noche, en otro hogar, pero envuelto en el mismo pañuelo. Hoy sé que la caja está vacía, que siempre lo estuvo, y no he necesitado abrirla para cerciorarme de esa realidad, porque la madurez me ha llevado a comprender que el tesoro era ella, la viejita simpática que me acariciaba el pelo, que horneaba para mí mis rosquillas preferidas o me contaba mil cuentos inventados en las noches de invierno, muy pegadita a mi cuerpo, con su camisón de franela de amapolas desgastadas, cuando yo le pedía alguna vez que se acostara conmigo en los fines de semana que venía a pasarlos a casa. La caja es ella, y por eso, a veces, la aprieto contra mi pecho y siento que ha vuelto de su estrella para quitarme el flequillo de encima de los ojos; un testigo que ha pasado de una abuela a otra, y a otra más, un símbolo que es amor, y que yo, si algún día tengo una nieta, también se la regalaré, para que ese trozo de madera, sin lustre ni valor, siga guardando un tesoro.

Mi colaboración en la revista Las 4 Esquinas de La Gineta (Albacete)

 

8 comentarios:

Esther Planelles dijo...

Tu cuento se sentirá extraño en un mundo consumista en el que el valor se mide por los objetos que se poseen, o de los que se carecen.

Un abrazo para ti y otro para tu cuento.

Maribel Romero dijo...

Seguro, Esther. Por eso no hay que perder de vista el mundo donde el cuento se sienta cómodo. Merecerá mucho la pena.

Un abrazo.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Me has emocionado con tu historia. Preciosa...
Saludos domingueros
=)

José Antonio López Rastoll dijo...

Tu historia me ha recordado uno de los primeros regalos que le hice a mi mujer: una botella de cristal de color azul completamente vacía. Aquel objeto tenía una significación especial para mí que ella comprendió sin necesidad de explicaciones.
Por cierto, felicidades por esa participación en la revista manchega.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Emocionarse con las cosas sencillas es una virtud, Mónica. Gracias.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Jose, veo que entre tu mujer y tú existe una gran complicidad. Y me alegro.
Es el cuarto año que colaboro en la revista. Se trata de una publicación anual que sale con ocasión de las fiestas del pueblo (ahora en mayo). No olvides que por mis venas también corre sangre manchega.

Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Qué bonita historia, Maribel. Qué gran verdad es que a veces nos asimos a cosas que pertenecieron a seres queridos que no están ya entre nosotros como forma de perpetuar su recuerdo. Yo tengo un anillo que pasó de mi abuela a mi madre y posteriormente a mí. Lo tengo a mano. Lo suelo llevar puesto cuando necesito fuerza.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Ese anillo cabe en la caja, Alicia. Dos símbolos que valen más por lo que representan que por lo que son. Me gusta que sea tu ánimo y tu fuerza.

Un abrazo.