viernes, 27 de marzo de 2015

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS, de Paul Auster




Qué miedo da este libro. Más que cualquiera de Stephen King. Nos encontramos ante una distopía que pone los pelos de punta, principalmente por aquello de que “podría pasarnos”.

Anna Blume escribe una carta a un amigo (toda la novela es esa carta) en la que le cuenta su trágica vida en una ciudad sin nombre, a la que viajó hace años para seguir la pista de un hermano desaparecido, y de la que ya nunca ha podido escapar. Si este es el eje de la novela, la búsqueda del hermano se diluye, sin embargo, a lo largo de la narración, porque nada sabremos de él, y lo que toma relevancia es el día a día de la protagonista dentro de una sociedad hostil, corrupta, caótica, con absoluto desgobierno, donde la gente lucha por su supervivencia a costa de cualquier precio.

En ningún momento conoceremos las razones que han llevado a esta sociedad al límite de la pobreza, mezquindad y deshumanización, pero se adivinan políticas. Es el riesgo que corre la ciudadanía cuando unos descerebrados toman las riendas de un país y lo convierten en un infierno.

Buenas descripciones, escasos diálogos, personajes carismáticos, prosa sencilla pero muy efectiva, de la que expresa grandes cosas con pequeñas palabras, como diría Ernesto Sábato, invitan a seguir el hilo de esta historia tan cruda que, sin embargo, cuesta digerir y que si anímicamente te coge en baja forma podrías, incluso, dejar de leer.

En diferentes momentos me recordó a Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; 1984, de George Orwell; y La carretera, de Cormac McCarthy (quienes  hayan leído estas novelas se pueden hacer una idea de lo que encontrarán en la obra de Auster), y por ello, quizás, tuve la sensación de que no me aportaba nada nuevo.

El país de las últimas cosas fue objeto de lectura y análisis por parte de los miembros del taller literario que dirijo en librería Ali i Truc. La mayoría de ellos no la recomendaría; a algunos les produjo mucha preocupación; otros no pudieron acabar de leerla; y en general consideraron que si la hubieran escrito ellos, que no son Paul Auster, jamás se habría publicado. Y es que, en ocasiones, parece que estemos asistiendo a una auténtica paranoia de su autor.

6 comentarios:

Charo dijo...

Me gusta bastante Paul Auster y me gustó mucho El ensayo sobre la ceguera, puede que la lea si tengo ocasión. Gracias por tu reseña.

Maribel Romero dijo...

A mí también me gusta mucho Paul Auster y me siento bastante identificada con su estilo narrativo.

Esta es una novela muy dura y que invita a reflexionar.

Un abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

No he leído a Paul Auster, y ha habido gente que me lo ha recomendado, pero quizá no parece la mejor novela para empezar con el autor. A mí lo que me resultó grandioso de una novela que sí he leído, La carretera, fue comprobar que hasta la peor tragedia encierra una semilla de esperanza.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Pues no es la mejor para comenzar, Jose, pero tienes muchísimos títulos de este autor. Quizá podrías empezar con "La noche del oráculo".

Creo que en todas las novelas trágicas, también en esta, existe al final esa semilla de esperanza que refieres. No podríamos soportar tanta oscuridad sin vislumbrar un atisbo de luz.

Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Me encanta Paul Auster, y no conocía este libro.
Me lo apunto. Tal como lo cuentas me han dado ganas de leerlo.
Besos

Maribel Romero dijo...

Pues te gustará, Lola. Es puro Auster.
Un abrazo.