viernes, 6 de junio de 2014

LA VIDA DE UN LIBRO

Sin contar a los clásicos, a todos esos títulos que no tienen fecha de caducidad, la vida de un libro es muy corta. Una novedad editorial lo es durante pocos meses, prácticamente los que dura la campaña promocional: presentaciones por aquí, entrevistas por allá y reseñas por el otro lado. A partir de ese momento el libro empieza a envejecer. Con seis meses en el mercado ya no genera demasiado interés. Un año son palabras mayores.
Hablo, claro está, de todos esos libros, miles en realidad, que se publican en nuestro país bajo la firma de autores desconocidos, o que, aún llevándola de uno conocido, no se convirtieron en best-sellers nada más pisar la calle, pues a estos últimos no les afecta el paso del tiempo, o al menos no les afecta en la misma medida. Por poner un ejemplo, a día de hoy todavía alguien compraría encantado El tiempo entre costuras, de María Dueñas, cuya primera edición salió al mercado en junio de 2009.
Un autor nuevo con un libro viejo persigue un objetivo, el de crear otra obra que genere el interés de los lectores, que nazca con nuevas oportunidades, que cautive lo que no cautivó la anterior, que quizá lo eleve a lo más alto, al cielo de los escritores; pero la historia, en la mayoría de los casos, se repite.
Las páginas web que se dedican a ello, se llenan de reseñas de las últimas novedades, de esos libros recién salidos del horno, o todavía por salir, que les envían las editoriales para garantizarse el interés de los lectores y la venta de los ejemplares. Es difícil encontrar reseñas de libros con más de un año de antigüedad, por muy buenos que sean, a excepción, claro está, de los grandes nombres de la literatura universal.
Hay demasiados libros publicados, eso es cierto, y unos van sustituyendo a los otros en los escaparates de las librerías y en las entradas de los blogs, y con ese gesto destierran a los anteriores, los mandan al olvido, muchas veces de manera injusta, porque puede ocurrir que una historia de folletín esté robando espacio a una obra de literatura.
Los libros tienen corta vida, y los autores siempre esperan que en ese breve periodo de tiempo se produzca el milagro, el de convertir su obra en inmortal.

9 comentarios:

Esther Planelles dijo...

Tu entrada me ha llevado a recordar un anuncio en el que la voz en off de Fernando Fernán Gómez (ese gran intérprete y creador),aplicaba la palabra "consumismo" a la imagen de una biblioteca. Tardé un tiempo en entenderlo, e incluso me indignó; ahora sé que los buenos escritores, pasados y presentes, sois los ícaros del siglo XXI.

Tu labor en la formación de lectores/as ha sido una forma brillante de mantenerte lejos del Sol. La neurociencia os avala a docentes y escritor@s.

Un abrazote.

Maribel Romero dijo...

Esther, tus comentarios siempre son exquisitos.
Mi aportación a la literatura o a la formación de lectores es muy humilde, pero está avalada por algo importante: creo en lo que hago.

Un abrazo y gracias.

José Antonio López Rastoll dijo...

Es evidente que el tiempo de vida de un libro es muy inferior al tiempo que dura en la mente de un lector una frase deliciosa, una historia bien contada, un buen final. Bastante culpables del envejecimiento prematuro de un libro son las editoriales verduleras, cuyo único objetivo es vender ejemplares en la presentación.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Maribel Romero dijo...

Esa es la pena, Jose, que el envejecimiento prematuro, e incluso la muerte de un libro, impidan que esa frase deliciosa, esa historia bien contada o ese buen final lleguen a la mente de un lector. Las editoriales tienen mucho que ver, eso está claro.

Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Es curioso que lo mismo que ocurre con los libros de lectura ocurra con los libros de texto. En este caso toda la culpa es de las editoriales y de las continuas absurdas reformas del gobierno. Se trata de obligar a que ese mercado esté en continuo movimiento con lo que eso supone de gasto para las familias.

Maribel, sí que es árido el camino de un escritor hacia el éxito de uno de sus libros, entendiendo por éxito que pueda ser encontrado para ser leído por otras generaciones. No me había planteado que mientras intentan que la fecha de consumo preferente de yogures sea más amplia no haya un sistema de favorecer la cultura de forma que los buenos libros no tengan fecha de caducidad.

Gracias por abrirnos la vía a la reflexión con esta entrada.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Muy interesante tu aportación, Alicia, es cierto que los libros de texto son todo un negocio para las editoriales. En cuanto a favorecer la cultura, no hay demasiadas iniciativas al respecto. Cerrar bibliotecas o eliminar subvenciones no son precisamente pasos adelante.

Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Muy cierto lo que dices, Maribel.
La vida del libro es breve porque siempre vienen otros empujando.
Yo no aspiro a la inmortalidad pero sí a que mis libros sean leidos por el mayor número de lectores posibles y que duren al menos el tiempo que me costó a mí escribirlos, para compensar :)
Sin embargo, otra de las ventajas de los ebooks es que no tienen fecha de caducidad, en el espacio virtual hay sitio para todos, y nunca sabes lo que puede pasar.
Besos

Maribel Romero dijo...

Posiblemente el libro en formato ebook tenga más permanencia, Lola, el escaparate virtual es muy amplio y cabe todo.
El problema de que vengan otros libros empujando es que los que se quedan atrás nunca lleguen a manos de lectores que podían haberse interesado por ellos.

Un abrazo.