viernes, 13 de junio de 2014

EL CACIQUE, de Luis Romero

Esta novela fue Premio Planeta ni más ni menos que en el año 1963, y es bien merecedora de este premio y del que se presente. Me la regalaron hace tiempo y no la había leído, o sea, que guardaba una joyita en mi biblioteca sin saberlo. Se trata de una novela que retrata a la perfección la España más rural, una historia de pueblo con un argumento muy sencillo, porque no hay misterios que descubrir ni enigmas que resolver, hay vida; la vida, suerte y desgracia de cada pueblerino, y la sombra de un tipo poderoso que, como todo mortal, llega a su fin.
La novela comienza con la muerte de un individuo del que en ningún momento se conoce el nombre, pero que no es necesario para después ir descubriendo todo sobre él. Concretamente comienza con unas campanas tocando a muerto, y se desarrolla toda la trama en el tiempo que dura el velatorio, es decir, veinticuatro horas, para acabar la historia después del entierro del tipo. Tan escaso tiempo da muchísimo de sí porque sirve para que el lector conozca todos los detalles sobre el pueblo, sobre el difunto y sus particulares comportamientos, sobre los vecinos, las rencillas, las peleas familiares... Literariamente es una obra modelo, manual para escritores. Aparecen muchísimos personajes, hasta el punto de que a veces te pierdes (no sabes si el que habla es el del estanco, el barbero, el maestro, el del almacén, el viajante, el de la tienda, el del casino...) pero esto no es importante, porque lo verdaderamente importante es lo que cuentan. De este modo, a través de las conversaciones de los personajes, el lector descubre quién era el muerto (menos su nombre, pero con el título de la novela se puede imaginar), cuáles fueron sus abusos, qué simpatías o antipatías despertaba..., por tanto, la novela está constituida en un ochenta por ciento o más por diálogos, todos magníficos, bien llevados, bien escritos, que son los que van mostrando la realidad al lector. En cuanto a la parte descriptiva es perfecta, meticulosa, esmerada, sin caer en el dato superfluo, da gusto leerla.
Es curioso cómo, dependiendo de quien hable del muerto, lo presenten como una buena persona o todo lo contrario, lo que me ha llevado a pensar en la teoría del yin y el yang, esa idea de que en todo lo malo hay algo de bueno y en todo lo bueno hay algo de malo. Cuando habla alguien que supo apreciar las obras del muerto (llevó la electricidad a la comarca, fue el benefactor de la escuela, creó el casino, trajo el ferrocarril...) el lector también siente simpatía por él, y piensa que hay gente que se queja de todo. Cuando el que habla es un oprimido (el muerto era dueño de todos los comercios del pueblo; todos tenían que pagarle alquileres y los cánones que a él le diera la gana, y con el sobrante malvivían; a los campesinos les pagaba prácticamente con pan y vino; abusaba de la joven que le gustaba y la dejaba después como un putón sin futuro, y más en un pueblo pequeño; tenía a su servicio a un matón que causaba estragos entre la gente...) entonces piensas: ¡menudo hijo de puta! Y seguramente vence la segunda opinión, porque de verdad que el tipo era un tirano insufrible, sin embargo, esta historia también deja entrever lo difícil que resulta sublevarse ante un tipo así, parece mentira que todo un pueblo no pueda con un solo hombre, pero poderoso caballero es don dinero. Es una novela muy buena, la he disfrutado en todos los sentidos.

4 comentarios:

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, una reseña altamente ilustrativa de una novela que, aunque haya pasado el tiempo de haber sido escrita, podría estar de plena actualidad. La dualidad compatible entre el bien y el mal que reside en los actos de una persona yo pienso que es un tema inagotable y recurrente en la literatura de todos los tiempos.
Estoy completamente segura que la continua construcción y destrucción de la personalidad del fallecido a lo largo de esa obra no deja de ser una muestra de lo que se podría encontrar en muchos de los líderes que manejan el destino de nuestros pueblos y países.

Gracias Maribel por recuperar un clásico muy actual.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Alicia, a colación de lo que comentaba en la entrada anterior, esta es una novela que no tiene fecha de caducidad. Otras que quizá tampoco deberían tenerla, ya no se encuentran en el mundo de los libros vivos, pero ese es otro tema.

El abuso de poder, lamentablemente, siempre está de actualidad. Lo que más me impacta es lo que comento al final, lo difícil que resulta hacer frente a la injusticia. El dinero manda.
Creo que viene bien traer aquí un fragmento de la obra "Reyes de la basura", de Andy Mulligan, que invita a reflexionar sobre esto:

«Aprendí que el mundo gira alrededor del dinero. Existen los valores y las virtudes morales; existen la confianza y el amor, y todo ello es importante. El dinero, sin embargo, lo es más, y sigue goteando sin cesar, como un chorro de agua muy preciada. Algunos beben hasta saciarse; otros pasan sed. Sin dinero, te marchitas y acabas muriendo. La falta de dinero es un páramo donde nada puede crecer. Nadie conoce el valor del agua hasta que ha vivido en un lugar árido de verdad como Behala. Tanta gente esperando a que llueva...».

Un abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

Esta reseña me ha hecho pensar en lo difícil que es juzgar con imparcialidad a la gente. La balanza se inclinará a favor o en contra dependiendo de las simpatías que nos despierte determinada persona, no siempre por datos objetivos. Quizá por eso hasta el más bellaco de los hombres tiene un amigo o dos. Tres si los puede comprar con dinero.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Exacto, Jose. Todos somos buenos o malos depende para quien. Y hasta los muy malos tienen almas gemelas.

Un abrazo.