domingo, 9 de marzo de 2014

VIVENCIAS

Durante la última semana he tenido que leer, en calidad de jurado, un determinado número de relatos que fueron presentados a concurso bajo el tema “vivencias”.
Los participantes, anónimos para mí, debían relatar algún episodio de su vida que les hubiera dejado huella, y puesto que el concurso estaba dirigido a los mayores (término que últimamente ha venido a sustituir al más antiguo de tercera edad), era previsible que vivencias iba a leer muchas y variadas.
Si hay algo que proporcionan los años es libertad. Los mayores no tienen ningún reparo en abrir la caja de los secretos y dejarlos volar si las circunstancias animan a ello. Se pierden los miedos, se ganan valores.
Ha sido un lujo para mí bucear en tantos recuerdos, imborrables para las mentes de sus dueños; sentirlos como propios, sufrir o reír con sus protagonistas, meterme en su piel... No es la primera vez que soy jurado de un certamen literario, pero posiblemente sea ésta la que más he disfrutado.
He vivido la guerra desde la angustia de niños y niñas muy pequeños, he escuchado los bombardeos, las alarmas, he corrido al refugio... Me han enervado las injusticias e incomprensiones, los abusos de poder... También he sido cómplice de los primeros amores, la ausencia, el regreso, la enfermedad o los secretos de familia celosamente guardados durante muchos años que por fin han explotado para liberación de sus custodios. Bravo, valientes.
Se me ocurrió comentar en casa algunas de esas vivencias (sin poner nombre a sus dueños, puesto que en todo momento han sido desconocidos para mí, y sin entrar en demasiados detalles) y me di cuenta de que conseguía transmitir a los que me escuchaban la misma fascinación que había sentido yo al leer los textos. Cómo nos atrapa lo real, cómo nos deslumbran las vidas ajenas, o nos extrañan, o sencillamente nos seducen. «¿Eso pasaba antes?», «¿Eso es posible?».
Llevaba a mi hijo pequeño en el coche cuando me dijo: «Mamá, a tus años (gracioso el niño), tú también tienes que tener recuerdos de cosas que te hayan pasado en la vida. ¡Cuéntamelos!». Hice un poco de memoria y pensé que nada era importante ni merecedor de ser contado si tomaba como modelo las vivencias que guardaba en casa escritas en un puñado de folios ajenos. Pero ante su insistencia traté de recordar algo que me hubiese dejado huella, y le dije que en una ocasión presencié el atropello de un perro y lo vi morir delante de sus dueños. Me impactó mucho. Salieron tres o cuatro recuerdos más, curiosamente asociados siempre a hechos dramáticos o como mínimo preocupantes.
Un par de horas después, cuando recogí a mi hijo de su actividad deportiva, me preguntó de nuevo en el coche: «¿Te has acordado de algo más?». Y volvimos a casa invadidos por el espíritu del recuerdo. Si hacemos memoria, la vida sale a borbotones de su escondite, se muestra, se escenifica, se desnuda, para deleite de los que sienten fascinación por ella.

6 comentarios:

José Antonio López Rastoll dijo...

Curioso tu artículo, entre la ternura y la nostalgia, salpicado con una pizca de humor. Hoy, precisamente, leía otro artículo sobre la memoria, que, a grandes rasgos, advertía que el cerebro no rescata los recuerdos tal y como sucedieron, sino que más bien los reconstruye. En otras palabras, el cerebro rellena las lagunas con su propia cosecha, y el resultado no es lo que nos pasó sino lo que creemos que nos pasó. La mente es una gran mentirosa, una gran escritora.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Pues estoy de acuerdo con esa teoría, Jose, yo creo que lo que realmente recordamos son las emociones, los sentimientos que nos produjo determinado hecho, el resto lo dibujamos.

En cuanto a que la mente es una gran escritora: "Todas las versiones de la realidad son una especie de ficción... La realidad es imaginada". Ronald Sukenik.

Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, efectivamente, el hecho de compartir vivencias y sentimientos ayuda a sentirse más cerca de la gente que te importa y a quien le importas. Asimismo es una forma de dejar otro tipo de patrimonio a nuestros vástagos.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Esa es la conclusión, Alicia. Bucear en la vida y compartir vivencias refuerza los lazos entre las personas.

Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Los mayores guardan verdaderos tesoros en sus cabezas, aunque muchas veces ni siquiera sepan cómo expresarlos porque no tuvieron la oportunidad de aprender.
Siempre es emocionante escucharlos (o leerlos).
Besos

Maribel Romero dijo...

En este caso, Lola, además lo han expresado muy bien, puesto que acuden a clases de creación literaria, y se les nota.

Un abrazo.