viernes, 7 de febrero de 2014

VUELVO A CASA

La ligera corriente de aire producida por el cierre de la puerta se llevó la nota escrita depositada sobre el mueble de la entrada y la colocó debajo. «Ya no aguanto más, pero si estás dispuesto a cambiar llámame. Con una llamada tuya vuelvo a casa. Podemos intentarlo. María», decía aquel mensaje escondido.
Una hora más tarde llegó él. Olió el vacío con el instinto de un animal, un vacío del que ya había sido advertido alguna vez, y un terremoto de furia comenzó a sacudirlo por dentro. «¡María!», gritó desde la puerta, aun sabiendo que no estaba. «¡María!», repitió levantando más la voz.
Ella se encontraba a punto de entrar en la estación, pero ¿adónde ir? De vez en cuando miraba el móvil.
«¿Cómo me puede hacer esto la hija de la gran puta? ¿Abandonarme a mí? Juro por Dios que la mato. ¡Lo juro!», iba mascullando él mientras avanzaba por el pasillo.
Esperó un cuarto de hora intentando controlar sus impulsos, quizás hubiera ido a por el pan, tal vez estaba en casa de una vecina. ¿Cómo iba a atreverse a escapar? Diez minutos más tarde era incapaz de frenarse. Cogió el teléfono y la llamó, tenía que saber dónde estaba, la buscaría hasta en el mismísimo infierno.
María vio el nombre de su marido en la pequeña pantalla del móvil y se le iluminó la cara; había sido capaz de vencer su orgullo, ¡la había llamado! Con el billete en la mano retrocedió unos pasos y no subió al tren.
—¿Sí? —dijo emocionada.
—María... —comenzó él modulando deliberadamente el tono de su voz.
—No me digas más —interrumpió ella—, me basta con esta llamada. Sé que quieres cambiar y yo voy a ayudarte. Vuelvo a casa.
Mientras ella regresaba esperanzada al hogar familiar, él iba sacando filo a su colección de cuchillos de caza.

16 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Ella no debió volver.

Maribel Romero dijo...

Hay dependencias emocionales inexplicables, Demiurgo.
Un saludo.

José Antonio López Rastoll dijo...

Ese tren del que hablas ha pasado de largo demasiadas veces para demasiadas mujeres, e incluso para algunos hombres. Tu crítica, como el final, es muy afilada.

Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, me gustaría pensar que mientras ella volvía, él se estaba disponiendo a preparar medio lechazo de cordero al horno, pero me da que va a ser que no.
Una pena que se sigan repitiendo situaciones como la que tú tan bien has ido desarrollando.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

A veces, Jose, ha pasado de largo; otras veces lo han dejado pasar. Las decisiones tomadas en un segundo traen consecuencias.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

A mí también me gustaría, Alicia, pero creo que no estaba pensando en recibir a María con una suculenta comida, por desgracia.

Un abrazo.

Mari Carmen Azkona dijo...

Duro relato, Maribel, por supuesto muy bien escrito y llevado. Pero lo que más duele, es pensar que la realidad supera la ficción. Ojalá pudiéramos reescribir tantas historias y cambiarlas el final… Por desgracia no podemos, solo estar con las víctimas y recordarlas.

Besos y abrazos.

Maribel Romero dijo...

Así es, Mari Carmen. Podemos cambiar finales en los papeles, pero en la vida, a veces, es demasiado tarde.

Un abrazo.

jordim dijo...

Los trenes son muy suyos... Buen texto.

Maribel Romero dijo...

Ya lo creo, jordim, no hay quien les tosa. Gracias por venir y comentar. Un saludo.

sergio astorga dijo...

Maribel, me encanta, como sabes, tu manera de destruir los lugares comunes.
La familia y sus relaciones tiene que buscar nuevas manera de convivencia. La tradicional manera de unión sustentada en el machismo o el matriarcado sólo ha provocado violencia.

Abrazos desde otra casa.

Maribel Romero dijo...

Y la sigue provocando. Qué difícil es cambiar, Sergio.

Un abrazo desde aquí.

Mara dijo...


Es una gran desgracia que muchas mujeres no sean capaces de subir al tren, pero muchas veces por los hijos aguantan. Gracias por recordarnos este grave problema.

Maribel Romero dijo...

Muy cierto lo que dices, Mara. Gracias a ti por tu comentario.

Un abrazo.

Ascensión dijo...

Muy buen relato:duro, corto, preciso y afilado como los cuchillos de cocina que prepara el marido.

Maribel Romero dijo...

Gracias, Chon. Me alegro de "verte" por aquí, y por supuesto de que te haya gustado.

¡Nos vemos!