sábado, 1 de febrero de 2014

PREÁMBULO

(Mujer en el balcón. Óleo sobre lienzo de Eduardo Vicente)
Amanda mira las estrellas una noche más. La brisa de mayo se cuela por el escote de su camisón de lino y acaricia sus pechos como una lengua, hasta conseguir que los pezones erectos se claven en la fina tela blanca.
Sujeta con fuerza los prismáticos y elige diferentes planos del cielo con la esperanza de ver algo nuevo, tal vez un planeta desconocido, la estela de un cometa, un cuerpo cósmico en movimiento, quizás una nave espacial... Pero siempre ve estrellas redondas como platos que titilan nerviosas bajo la inestabilidad de su pulso. Suelta la mano izquierda de los binoculares y se sujeta con ella la muñeca de la derecha, con el fin de alcanzar el equilibrio que le permita observar el firmamento con la limpieza de una fotografía de alta calidad, pero todo se mueve. El mundo se mueve en el pequeño balcón de su casa, y se ve obligada a dejar los prismáticos y agarrarse a la barandilla invadida por un ligero mareo.
Sobre el tejado de la casa de enfrente pasea un gato. Es blanco como su camisón, con algunas manchas negras como las de su ánimo. El animal se detiene y la mira con curiosidad. Ella se pierde en la mirada inquebrantable del felino y consigue ver al fin, en aquellos ojos, sin que por una vez tiemblen, las estrellas.
Adentro, en la habitación, acostado en la cama y tapado hasta las orejas, su marido ronca. Junto a él, en una bonita cuna de madera, duerme el pequeño de sus hijos, y en el cuarto de al lado, como un par de angelitos, los dos mayores.
Oye pasos en el piso de abajo. El abuelo se ha levantado una vez más. Tose ruidosamente y teme que despierte a los niños, pero nunca ocurre. Los niños nunca se despiertan.
Echa un último vistazo al cielo y, como en un ritual de magia, cuenta siete estrellas antes de irse a la cama. Alguien le dijo alguna vez que el siete era el número de la suerte. Después entra en su cuarto y cierra el balcón. Son las dos de la madrugada.
El abuelo escupe, su marido se da la vuelta y hace crujir la cama, el hijo pequeño gimotea en la cuna y los dos mayores hablan en sueños. El mundo también se mueve dentro de aquella casa, pero con los pasos torpes de costumbre.
Amanda se mete entre las sábanas, sigilosa como el gato del tejado de enfrente, fría como cualquiera de las estrellas que adornan el cielo, y reza por sus padres muertos, y pide por su familia viva. Después no tiene más remedio que entregarse, una noche más, a los brazos de un profundo sueño reparador.
Pertenece a EL PERFIL DE DE LOS SUEÑOS, novela ganadora del IV Premio López-Torrijos y Montalvá. Editorial Ledoria (Toledo).

4 comentarios:

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, este parrafo que has elegido de tu libro EL PERFIL DE LOS SUEÑOS es totalmente representativo de lo que se encontrán las personas que lo lean. Un maravilloso mundo de sueños hacia el exterior de esa ventana enfrentado a ese mundo real que tiene atrapada a Amanda en este lado de la misma.

No me canso de decirlo, eres una maravillosa tejedora de palabras. Este libro es buena muestra de ello. Me encantó leerlo.

Un abrazo

Maribel Romero dijo...

Alentadoras palabras que te agradezco mucho, Alicia.
A mí me encantaría que muchas personas se decidieran a descubrir el universo de emociones que se esconde detrás de este preámbulo, pero quizás eso también sea un sueño. El camino de los libros no lo decide nadie.

Un abrazo y feliz domingo.

José Antonio López Rastoll dijo...

A mí me parece magnífico todo el texto, pero especialmente el primer párrafo, que ya anticipa lo que nos vamos a encontrar: a una mujer soñadora e insatisfecha. Incluso se sugiere qué tipo de insatisfacción padece.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Gracias, Jose. Quizá la insatisfacción sea solo una, pero se mueva por varios frentes. Es un problema de los soñadores. Siempre insatisfechos.

Un abrazo.