sábado, 19 de octubre de 2013

SER LUZ

Los miro en el patio del colegio pero ellos no me ven. Tampoco me ven ni sospechan de mí cuando notan un cosquilleo por la espalda o una suave caricia en la mejilla. Ya son grandes. Recuerdo sus caritas redondas sobre mi colchón las mañanas de los domingos, cuando él todavía no había regresado de alguna de sus fiestas. Todo era paz. Después llegaba con la fuerza de una ola embravecida, sacudiéndonos el alma, pero ellos eran demasiado pequeños. Hoy no saben nada de platos rotos, de golpes en la mesa, de patadas en las puertas, de esa furia incontrolada que poco a poco iba cambiando de destinatario, pasando de la vajilla a los muebles y de los muebles a mi cuerpo encogido. Ellos no lo saben. «Mamá se fue, nos abandonó». Una explicación sencilla para una historia horrible, una sentencia que todos creyeron, incluso las autoridades. La maldad es inteligente. No fue difícil inventar un amante, dejar mensajes en el móvil desde un número desconocido, diseñar una personalidad pérfida que no me pertenecía. No resultaba extraño que me escapara con otro hombre, una mujer como yo, despiadada y cruel, que ni siquiera miró por sus hijos. Lo hizo bien. Incuestionable. Por eso no me añoran, no me echan de menos. Aunque no me importa, yo soy su madre y los protejo, y me convertiría en huracán hasta tragármelo por completo si él fuera capaz de ponerles la mano encima, pero paradójicamente es buen padre, la que sobraba era yo.
Ya salen del colegio, caminan solos y yo los vigilo, y los hago tropezar con una baldosa rota para que caigan al suelo y no crucen la calle porque viene un coche demasiado deprisa. Los acompaño cuando cruzan, cuando hablan, cuando ríen. Mi mano fría es la que se posa sobre sus frentes en los días de fiebre y el susurro de mis labios marchitos es lo último que escuchan antes de dormir como una canción de cuna.
Ahora llegan al portal del que era nuestro hogar, sanos y salvos, contentos, sin recordarme, sin amarme. No me importa. Me siento satisfecha por haberlos cuidado un día más y les lanzo un beso imperceptible con la mano antes de perderlos de vista. Después, con el deber de madre cumplido, vuelvo a ser luz.

8 comentarios:

Tracy dijo...

Me has emocionado, qué bonito rebosa ternura, amor desvelo. Me encantó.

Mari Carmen Azkona dijo...

Es precioso… A pesar de la dureza del inicio, destila belleza y ternura. No te imaginas cómo me ha emocionado, Maribel.

Besos y un fuerte abrazo

Maribel Romero dijo...

Gracias, Tracy.
Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Eres todo corazón, Mari Carmen.
Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, qué fácil parece ocultar la realidad tras mentiras para hacer desaparecer hasta el recuerdo mismo de la persona incómoda por su honestidad. Quisiera pensar que todas las madres cuando se van, por una u otra razón, nos siguen protegiendo como la de tu emotivo, aunque lacerante, texto.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Seguro que sí, Alicia. Este relato se titula Ser luz, pero podía haberse titulado Ser madre. Madre siempre, aunque ya no seamos capaces de verla.

Un abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

Me pregunto cómo murió esa mujer (me va el rollo tétrico). Por los datos que das, su pareja la quitó de en medio e inventó una historia ficticia. Como muchos de tus personajes, esta madre se queda con lo positivo: ahora puede cuidar de sus hijos. Tu escritura es luz.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Eres buen investigador, Jose, ahora sólo falta encontrar el cuerpo para demostrar que no se fugó con otro.
La luz, seguramente, está en los lectores.

Un abrazo.