viernes, 10 de mayo de 2013

ESTO ES UN ATRACO

—¡Toda la pasta o disparo!
El director del banco intentó mantener la calma y miró a aquel tipo por encima de las gafas. Tras unos momentos de incertidumbre le pareció reconocer, bajo la media agujereada con la que cubría su cabeza, a su mecánico de siempre.
—¡Hombre, Paco, ¿qué broma es ésta?
—¡No soy ningún Paco. He dicho que la pasta!
El director del banco estaba convencido de que se trataba del bromista de Paco, un vecino del barrio de toda la vida.
—Ja, ja, ja, Paco, ¿es que hoy es el día de los Santos Inocentes? —preguntó a la vez que miraba el calendario de sobremesa y comprobaba que faltaban diez días para el 28 de diciembre.
—¡Cagüendiez, banquero de mierda, que no quiero matar a nadie, coño! —dijo el atracador con la mano metida en el pecho.
El señor Martín-Prats, director de la oficina principal del Banco Mango Neo, por mucho que apreciara a Paco, se molestó con el grosero comentario.
—No creo que me debas tratar así, Paco, aquí te lo hemos dado siempre todo. ¡Y déjate la broma, leñe, que me estás asustando a los clientes!
El atracador sacó una pistola del interior de su chaqueta negra y disparó al techo. Una pieza de escayola cayó a los pies del banquero hecha añicos.
—Si no quieres que la siguiente bala te atraviese el pensamiento, levanta tu culo del sillón y ve abriendo la caja fuerte, capullo.
El señor Martín-Prats trató de controlar la situación. Pidió calma a los clientes que en aquel momento ocupaban la oficina —esfuerzo innecesario porque estaban todos muy tranquilos— y se dirigió a la caja fuerte con el fin de obedecer al que en un principio creyó que era Paco.
—La caja es de apertura retardada —advirtió el director mientras introducía la combinación—, no se abrirá hasta dentro de media hora.
—No hay ninguna prisa —afirmó el atracador.
A continuación ordenó a un empleado de la sucursal que cerrara la puerta con llave, y como si estuvieran en una excursión campestre, los clientes de la entidad sacaron unos bocadillos de no se sabe dónde y se sentaron en el suelo dispuestos a almorzar alegremente, mientras esperaban a que la caja se abriera.
Aquella situación surrealista hizo pensar al director que posiblemente se habría quedado dormido en su sillón y estaba soñando, pero el frío metal del cañón de la pistola en su cogote lo convenció de que lo que vivía era una incomprensible realidad.
Transcurrido un tiempo prudencial el atracador comenzó a impacientarse.
—¿No habrás metido una combinación errónea, verdad? —preguntó al director casi al oído.
El señor Martín-Prats no tuvo tiempo ni de contestar, porque en ese instante el portón de la gran caja fuerte, del tamaño de una persona de mediana estatura, se separaba de los goznes y quedaba entreabierto.
Un gran aplauso se oyó en la oficina que al director le heló la sangre. Allí estaban sus clientes de más de veinte años: don Carlos, ya jubilado, antes taxista. Había pedido al Banco Mango Neo un préstamo de cuatro millones de las antiguas pesetas, y con mucho esfuerzo y sacrificio había conseguido devolver ocho al cabo de quince años; Luis, ahora desempleado, antes trabajador de la Construcción, un hombre decente que lamentablemente iba a perder su casa porque no podía pagar los dos últimos recibos de la hipoteca; Amalia, la dependienta de la farmacia, eficiente y amable, una mujer que había ahorrado toda su vida en un fondo bancario que, no sabía por qué, en aquel momento no podía retirar libremente, y que era muy posible que tuviera que dar por perdido; y Pedro, bombero, un funcionario que había visto reducido su sueldo en una cantidad tal que le impedía seguir cumpliendo con los pagos de los recibos del coche, o sea, que se iba a quedar sin coche.
El atracador exigió al director y a sus empleados que sacaran todo el dinero de la caja fuerte y lo contaran.
—Doscientos mil euros —dijo el señor Martín-Prats con un hilo de voz.
—¿Estás seguro? —preguntó el atracador apuntándole con el arma en el pecho.
—Seguro.
—Bien, pues ahora vais a hacer cuatro montones iguales, y si las matemáticas no me fallan hablamos de cuatro montones de cincuenta mil euros cada uno. ¿No es así?
El director y los empleados asintieron, dispuestos a obedecer.
Cuando el dinero quedó dividido, el atracador animó a don Carlos, Luis, Amalia y Pedro a que cogieran cada uno un montón.
—¿Y tú? —preguntó Amalia a aquel hombre con el rostro cubierto por una media rota.
—Yo la voluntad —contestó—, lo que queráis darme.
Tomaron el dinero para no desairar al atracador y se dispusieron a abandonar la oficina.
El primero en salir del banco fue don Carlos.
—Yo ya estoy jubilado. Lo tengo todo hecho.
Y dicho esto dejó sus cincuenta mil euros en la bolsa que el atracador sostenía abierta.
A continuación salió Amalia.
—Este dinero equivale al de mis ahorros de toda la vida, pero yo quiero el mío, el que conseguí con mi trabajo, el que merezco.
Y dicho esto dejó sus cincuenta mil euros en la bolsa.
El siguiente fue Luis.
—Prefiero perder mi casa a perder mi dignidad —dijo.
Y dejó los cincuenta mil euros en la bolsa.
Y por último salió Pedro.
—No tendré coche, pero nadie me señalará con el dedo.
Y dicho esto dejó los cincuenta mil euros en la bolsa.
Cuando el atracador se disponía a abandonar el banco con el botín escuchó la voz del director.
—¡Espera, Paco, o como quiera que te llames! ¿Y si lo repartes conmigo? A éstos nos los cargamos —dijo refiriéndose a sus empleados—, y te doy mi palabra de que nunca te cogerán.
El atracador apuntó a la frente del director del Banco Mango Neo apretando los dientes, pero en el último instante no tuvo valor para disparar. Nunca había matado a nadie.
Entregó el saco a los empleados y les dijo: “vosotros también sois víctimas”.
Después abandonó la sucursal, se quitó la media de la cabeza y se dirigió a su taller. Todavía le quedaban tres coches por reparar.
Maribel Romero Soler

16 comentarios:

Tracy dijo...

¡Buenísimo!
Me encantó el final.

Ingrid (Vicsabelle) dijo...

Ja, ja, Muy bueno Maribel!!!

Spaghetti dijo...

Bien Maribel!, echaba de menos tus relatos en este blog, siempre bien escritos, con una linea clara...Muy agradecido
tu payaso.

Maribel Romero dijo...

Me alegro mucho, Tracy.
Un beso.

Maribel Romero dijo...

Gracias, Ingrid, hay que jugar con lo cómico a pesar de la tragedia.
Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Gracias a ti, payasito mío. Siempre un placer tu visita.
Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Muy bueno y original, Maribel.
Un beso!

TORO SALVAJE dijo...

El nivel moral del director está a la altura de los políticos actuales.

Besos.

José Antonio López Rastoll dijo...

Muy pero que muy actual, algo quijotesco e irónico.
A más de uno se le habrá pasado por la cabeza hacer algo parecido, sólo que no hay atracadores como estos, menos en literatura. Banqueros sí hay muchos como estos, ahí no hace falta inventar.
Felicidades.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Jeje, Lola, gracias.
Un beso.

Maribel Romero dijo...

Cortados con las mismas tijeras, Toro.
Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Ya te digo, Jose, más de un Paco está a punto de ponerse la media en la cabeza. En cuanto a los banqueros, mejor no hablar.
Un abrazo.

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, me ha gustado el desarrollo de esta historia de un nuevo Robin Hood moderno. Los banqueros, como siempre, intentando sacar tajada de toda operación.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Sí, eso es, Alicia, un nuevo Robin Hood, que falta nos hace con tanto corrupto y sinvergüenza suelto. Pero bueno, mejor no calentarse, nos quedaremos con el humor.

Un abrazo.

sergio astorga dijo...

Chispas Maribel, yo todavía no me quito la media.
Abrazos sin caja

Maribel Romero dijo...

No, Sergio, no te la quites, es mejor que no te reconozcan.

Un abrazo.