viernes, 1 de marzo de 2013

GENTE DE RAZA

—¿De vacaciones a Kitzbühel en agosto? ¿Tú estás loco?
—Eh, eh, que Kitzbühel no es sólo una estación de esquí, es la región más hermosa de los Alpes, y sobre todo es montaña, ¿entiendes? MON-TA-ÑA...
Todavía recuerdo cómo pronunciaba esa palabra. Elevaba los brazos hacia el cielo y se hacía grande, inmenso, como si él mismo quisiera convertirse en montaña. Todos lo mirábamos fascinados, contagiados de su entusiasmo, e intentábamos adivinar hasta dónde serían capaces de llegar las puntas de sus dedos.
—¿Qué haremos allí?
—Pescar truchas.
—No me hagas reír. ¿Quieres que vayamos al Tirol a pescar truchas?
—Mi amigo Andrés fue el año pasado y las podía coger hasta con las manos. Dice que las ponen en unos pequeños lagos artificiales para diversión de los turistas, y por lo visto las tiran allí medio groguis. Vamos, que hasta el más torpe las podría pescar.
—O sea, tú.
—O sea, yo.
Un 12 de agosto llegamos a Innsbruck, la capital del Tirol, después de un larguísimo trayecto en autobús. Él era partidario del avión pero sabía muy bien hasta qué punto me daban miedo las alturas y accedió a mis deseos de viajar por carretera. El paisaje, desde que entramos en Suiza, fue un sueño. Prados verdes, algunas vacas muy limpias pastando hierba, casas de madera salpicadas de flores, y ese terreno alpino que ya comenzaba a elevarse como una provocación, como un gran Dios de piedra al que hubiese que rendirle culto. Su cara se pegó al cristal de la ventanilla de tal modo que cuando por fin llegamos a la ciudad creí que no podría separarla.
—¿A que ha sido mejor venir en autobús? —le pregunté.
—Por esta vez tengo que darte la razón —contestó ensimismado con los Alpes grabados en los ojos.
Innsbruck se presentaba festiva, luminosa, con gran cantidad de turistas recorriendo alegremente sus pintorescas calles. Seguimos a un guía local que nos fue mostrando con amabilidad lo más emblemático de la ciudad, mientras que una brisa suave nos acariciaba el rostro, algo sofocado por el viaje.
—¡Mira, el famoso tejadito dorado! —le dije de pronto señalando el Goldenes Dachl con un dedo.
—¿Te das cuenta de que las cumbres que rodean la ciudad todavía tienen nieve? —contestó él girando 360º sobre sí mismo.
No tenía remedio. Sus ojos siempre miraban por encima de los míos, estaban a otra altura, a un nivel superior de observación y de pasión, y para entenderlo sólo había que vivir su vida, pero no era fácil. «Me voy al Penyagolosa —me dijo a las dos semanas de conocerlo—, la segunda cumbre más alta de la Comunidad Valenciana, únicamente superada por el Cerro Calderón». «¿Vas a escalar?», pregunté atónita. Él me miró divertido. «Sólo un poquito», dijo antes de besarme la punta de la nariz.
Al hotel llegamos de noche, tras recorrer kilómetros de carreteras que se retorcían como serpientes. Recuerdo muy bien la última curva antes de llegar a aquel rincón perdido del mundo, casi formaba un círculo, y el autobús la tomaba despacio, sin prisas, como una oruga que rodea a una manzana buscando el mejor lugar por donde abrirse camino. Estaba lo suficientemente cansada como para no fijarme bien en el entorno, sólo deseaba entrar en el hotel, dejar las maletas y tomar algo antes de irme a la cama. Cuando pisé la recepción me quedé paralizada.
—¿Qué es esto?
—No te asustes, sólo es un perro.
—¿Un perro?
—Un San Bernardo, para ser exactos, el perro de las montañas. ¿A que es precioso? —dijo mientras se le acercaba y le daba dos palmaditas en el lomo, como si lo conociera de toda la vida.
—¡Por Dios, es enorme!
—¿Tú sabes las vidas que han salvado estos animales? Mucha gente ha sobrevivido a la muerte blanca gracias a ellos, son lo mejor para guiar en circunstancias de niebla y nieve.
—Me parece muy bien, ¿pero tiene que estar en la recepción?
—¿Y por qué no? Seguro que el hotel es suyo, aquí los extraños somos nosotros.
Tomamos un sabroso gulash acompañado de vino templado, y antes de las once cogíamos la cama con tanto deseo que ni nos acordamos de deshacer las maletas.
Nos esperaban cinco días de descanso en Kitzbühel, y el primero ya asomaba a través del espeso cortinón que cubría el ventanal con una fuerza arrolladora. Salí al balcón. Él ya estaba allí. Las primeras horas de la mañana, aun en el mes de agosto, eran frescas, y tuve que volver a la habitación para ponerme una chaqueta de chándal. Volví a salir y entonces pude fijarme con detalle en el paisaje exterior. El hotel era como una gran cabaña de madera, ubicado en medio de un bosque de altísimos abedules, rodeado de montañas y con un lago cercano. Tengo que reconocer que me emocioné.
—¿Qué vamos a hacer hoy?
—He estado investigando —él se había levantado mucho más pronto que yo—, y resulta que se puede subir a aquella cima con telesilla —dijo mientras señalaba un punto lejano.
—¿Pero no íbamos a pescar truchas?
—¡Bah! ¿A quién le importan unas truchas tontas teniendo enfrente un imán?
—Sabía que me engañarías.
—Tú sabes bien que los hombres de montaña no engañamos a nadie —dijo mientras me guiñaba un ojo.
Subimos al telesilla alrededor de las once de la mañana, cerramos los anclajes y comenzamos a ascender despacio y a baja altura, tan baja que con un leve esfuerzo podíamos rozar el suelo con la punta de las botas. La tierra estaba agreste, rota por las nieves del invierno y por el sol del verano, con escasos matorrales. No tardamos, sin embargo, en elevarnos, y a tanto nivel que parecíamos suspendidos en el aire.
—¡Aaaaaaahhhh! ¡Estamos muy lejos del suelooooo! —grité.
—Tú no mires abajo.
—¿Que no mire abajo? ¡Pero si lo que me da miedo es mirar arriba! —él sonrió—. ¿Y por qué no te aficionarías tú al puenting en vez de a la montaña?
—¿Al puenting? ¿Quieres que baje a los infiernos? ¿Que sea un pájaro con las alas rotas? ¿Un aprendiz de suicida?
—¿No es un suicidio acaso querer alcanzar la cima del Everest?
—No, te aseguro que no es un suicidio. Es una resurrección...
«Me voy a Gredos —me dijo en una ocasión como regalo de cumpleaños—, las montañas de aquí ya se me quedan cortas, necesito llegar más arriba. Sólo será un poco más, 700 u 800 metros por encima de lo habitual, poca cosa». No dije nada. No esperaba una gargantilla de perlas pero tampoco un nuevo proyecto de escalada en solitario. Ya llevábamos un año juntos y había aprendido a aceptarlo como era, íntegro y verdadero, como la propia montaña, pero cada viaje suyo, cada despedida era un mazazo para mí difícil de soportar. Después de Gredos vinieron los Picos de Europa, más tarde el Mulhacén, y al final la que se le quedó pequeña fue España...
—¿Crees que habrá algo en la cima? ¿Te imaginas que después de este interminable viaje en telesilla no viéramos nada?
—¿Te parece poco lo que ya estás viendo?, ¿lo que estás respirando? Huele —dijo mientras cerraba los ojos y aspiraba.
—¿Que huela?
—Sí, anda, huele.
—¿Qué quieres que huela si no hay ni una mísera flor?
—La montaña.
—¿La montaña huele?
—Por supuesto.
—¿Y a qué huele?
—A montaña.
—¡Me tomas el pelo! —le dije mientras le pellizcaba el brazo.
—Te aseguro que es un aroma inigualable, pero hay que saber percibirlo...
Cuando llegamos a la cima sí encontramos algo, algo verdaderamente insólito: un puesto de salchichas, y he de decir que no nos vino nada mal. La emoción del ascenso en telesilla, al menos para mí, el famoso aroma de la montaña y la baja temperatura del lugar, a pesar del sol reinante, nos abrió el apetito a los dos.
El establecimiento era una pequeña cabaña de madera con una terraza cercada por una verja también de madera. Nos sentamos allí, en el exterior, muy pegados el uno al otro, disfrutando a placer del hermoso paisaje.
Las salchichas fueron toda una sorpresa, nada de lo que esperábamos. Eran de tal grosor que lo que en realidad nos sirvieron en los platos fueron tres grandes rodajas de salchicha acompañadas de kartofen salad, y por supuesto, para beber, unas buenas jarras de cerveza austriaca. Todo un manjar de altura...
«He entrado en contacto con un grupo de escaladores», me dijo otro día. Él siempre había realizado su actividad en solitario o acompañado de contados amigos, pero aquello era más serio. «¿Sabes que van a intentar un ochomil? —añadió con los ojos muy abiertos—. Uf, son gente de raza... Están preparadísimos y tienen claro que quieren conseguir su objetivo». La emoción se le escapaba por los poros, hubiese jurado que inundaba la habitación, que destilaba algún aroma, quizás ese que yo era incapaz de percibir: el aroma de la montaña.
En los siguientes días hicimos de todo menos pescar truchas. Practicamos senderismo por distintos bosques preñados de árboles, realizamos algunas rutas en bicicletas prestadas por el hotel (con permiso del San Bernardo), visitamos lagos y glaciares con nieves perpetuas, recorrimos toda la región de Kitzbühel, Aurach, Reith y Jochberg, siempre amparados por las montañas, protegidos por la grandeza de los Alpes, que se erguían regios allá donde levantáramos la vista.
Yo siempre pensé que aquel viaje era en realidad una toma de contacto para él, una forma de tantear el terreno, de familiarizarse con las alturas... Estaba convencida de que pronto regresaría allí con su equipo de escalada dispuesto a dar rienda suelta a su más indómita pasión. Lo que no podía ni imaginarme era que, para entonces, su pensamiento y su ilusión estaban ya muy lejos del Tirol...
«Me voy —me dijo al mes escaso de regresar del viaje—, me voy al Himalaya». Yo no dije nada, no intenté retenerlo, ni siquiera sobornarlo con una razón profunda, con un motivo que había viajado conmigo desde Kitzbühel y que él desconocía, aunque tampoco sé si hubiese sido suficiente para anclar sus pies, siempre tan deseosos de volar, en esta tierra. «La montaña me llama», añadió, y yo lo besé en los labios, le apreté las manos y le dije que siguiera su grito.
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Ya han pasado seis años y no sé en qué cordillera se encuentra, qué cima está a punto de coronar, cuáles son ahora sus siguientes sueños, sus siguientes metas, pero lo sigo respetando como la primera vez, como aquella vez que se fue al Penyagolosa a dejar sus huellas sobre la altura.
Mientras en la cocina preparo la merienda, mi hijo me llama:
—¡Mamá, mamá, ven!
Me acerco a la salita y lo veo pegado a la tele.
—¿Es éste? ¿Es éste papá? —pregunta mientras está atento a la noticia de una expedición argentina que acaba de alcanzar el Everest.
—Hijo, con todo el equipo que lleva puesto no se le ve la cara, no podría asegurarlo.
—También han dicho que ha muerto uno de ellos. ¿El muerto no es, verdad?
—No, no, seguro que el muerto no.
—Porque papá de montaña sabe mucho, ¿a que sí?, tú me dijiste que hasta sabía olerlas y eso no lo hace todo el mundo.
—Por supuesto, papá de montañas sabe un montón.
Vuelvo a la cocina y acabo la merienda. Cuando regreso, el pequeño corazón de pájaro ya no está en la salita. Siguiendo el ritual de cada tarde ha salido a la calle y se ha subido a uno de los frondosos árboles que el ayuntamiento tuvo la amabilidad de colocar en nuestras aceras.
—La merienda —le digo.
—Me la como aquí —contesta.
Elevo mi mano y me pongo de puntillas, y él alcanza el bocadillo desde la penúltima rama.
Y allí, a tres metros del suelo, mientras da bocados al pan, quizá sin él saberlo, comienza a forjarse el espíritu aventurero del hombre que será mañana.
Maribel Romero Soler
Finalista del Concurso de Literatura de Montaña CUENTAMONTES. Quinta edición.

11 comentarios:

Miguel Monte Real dijo...

Maribel, me he bebido el cuento como agua fresca...de montaña.¡Qué buenos diálogos! Un saludo.

Tracy dijo...

me has trasladado a Innsbruck ¡qué recuerdos de aquel viaje!

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, qué bonito. Y es que la montaña crea adicción. Yo me he trasladado a un pilón de años atrás. En mi caso, esa persona que vivía por y para la montaña y que me arrastró en innumerables ocasiones hasta ella era mi hermano mayor. Esa limpia atmósfera, ese entorno tan agreste y escarpado pero a la vez tan idílico y...ese olor.

Yendo el hilo del relato, no debe de ser fácil ser un montañero aventurero y vivir en pareja. Que la otra parte respete tu afición. Recuerdo una charla de la montañera vasca, con catorce ochomiles, Edurne Pasaban. Comentó que cuando alguna vez marchó a alguna expedición y dejaba novio, al volver ya no le estaba esperando. Que mientras siguiese en la montaña había desistido de mantener relaciones estables e incluso la posibilidad de formar una familia.

De nuevo enhorabuena por el premio y por el relato.

José Antonio López Rastoll dijo...

Un cuento a la altura, Maribel. Me ha parecido una mujer muy abnegada la protagonista de tu relato. Me recuerda a las parejas de los escritores, cuando estos andan por las nubes, y ellos o ellas se ocupan de todo. Esa sí es gente de raza.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

¡Hola, Miguel! Cuánto tiempo. Espero que te vaya bien.
Los diálogos tienen mucho peso en este relato, son los que le dan toda la frescura... de montaña.

Un abrazo, me alegro de "verte".

Maribel Romero dijo...

Yo también guardo muy buenos recuerdos de Innsbruck, Tracy, y de todo El Tirol.

Un beso.

Maribel Romero dijo...

Gracias, Alicia. Yo creo que hay muchas parejas montañeras, que comparten la misma afición, o por principios o porque uno arrastró al otro. Cuando no es el caso, entra en juego el respeto y la libertad, la que debemos darle a la otra persona para que sea feliz. Vivir en pareja no conlleva renunciar a la vida personal.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...

Sin duda es gente de raza, Jose, pero prefiero pensar en las parejas de los montañeros o de los escritores como cómplices, más que como personas abnegadas, cómplices necesarios para alcanzar los objetivos.

Un abrazo.

Maribel Romero dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vanessa Navarro Reverte dijo...

Un buen relato, con unos diálogos estupendos y mucha psicología, pero sutil.
La distinción fue merecida, sin duda.
Un abrazo, Maribel.
Vanessa.

Maribel Romero dijo...

Muchas gracias, Vanessa. Sabes que valoro mucho tu opinión.

Un abrazo.