domingo, 17 de junio de 2012

FEBRERO. RELATO INCLUIDO EN "LOS MESES CUENTAN"

En febrero, un día al sol y otro al brasero.
Fui el primero en llegar a la cita. El salón, prácticamente vacío, mostraba como nunca el esplendor de sus muebles antiguos. A través de una de las vidrieras, el sol penetraba multicolor. Me gustaba aquel espacio sagrado, sus paredes pintadas con frescos, el artesonado de madera rústica, los oscuros retratos que reposaban sobre cómodas y taquillones. El antiguo convento ofrecía una imagen innovadora como cafetería y restaurante, y yo solía elegirlo para tratar, bajo su influjo, los asuntos importantes con mis clientes, aunque en aquella ocasión no esperaba a un cliente.
Tomé asiento en uno de los sofás, tapizado con telas exquisitas, y solicité al encargado del establecimiento que prendiera el fuego, la fría tarde de febrero así lo requería. La chimenea, con el frontispicio de mármol rosado, comenzó a mostrar llamas anaranjadas. Me sentía como en casa, con deseos de descalzarme y posar los pies sobre la mullida alfombra de lana. Un camarero se acercó solícito y me ofreció la carta de cafés, era la hora adecuada para degustar la oscura y excitante bebida. La rechacé con amabilidad y le dije que esperaba compañía. Miré el reloj de antesala que presidía la estancia desde uno de los rincones y pude comprobar que sus agujas marcaban las dos y media. Dos horas de retraso para una máquina que, sin duda, alguna vez fue perfecta y que, a pesar de aquella alteración en el tiempo, no había perdido ni un ápice de su elegancia. La contemplación minuciosa del lugar donde me encontraba sirvió para templar mis nervios, invisibles pero no por ello inexistentes. Había esperado durante mucho tiempo aquel momento, un tiempo en el que las dudas me devoraron como pirañas hambrientas, pero por fin tenía la oportunidad de encontrarme con él cara a cara y descubrir la verdad.
Entró al salón despacio, arrastrando los pies como un animal herido. Vestía igual que yo, pantalón azul oscuro y jersey a rayas. Me hizo gracia. No habíamos vuelto a coincidir con la ropa desde la infancia, cuando nuestra madre se empeñaba en que fuéramos idénticos no sólo en el color de los ojos o en el pequeño lunar sobre la ceja izquierda, sino también en los calcetines. Me saludó alzando tímidamente la mano mientras se dirigía hacia mí. Lo vi nervioso y titubeante, y esa actitud de manifiesta culpabilidad reforzó mi posición de ofendido.
No nos dimos la mano, menos un beso o un abrazo, aunque es un gesto normal entre los hombres de la familia. Tomó asiento a mi lado y, nada más verlo, el camarero volvió a aparecer con la carta de cafés. La rechacé de nuevo y le pedí con decisión una botella de vino y dos copas. El chico me miró sorprendido. ¿Alguna preferencia, señor? Un buen vino, sugerí.
Nos quedamos solos, en silencio, como si la presión de aquel espacio perturbador nos impidiera hablar y oír. Me fijé en sus manos inquietas. El anillo de oro con incrustaciones de brillantes que perteneció a nuestro padre lucía nervioso en el dedo índice de su mano izquierda lanzando destellos desconcertantes. Bonito recuerdo familiar. Sólo había un anillo y fue para él, como todo lo demás, las tierras y las acciones de la empresa. Logré dirigir mi negocio y amasar un pequeño patrimonio con gran esfuerzo y dedicación, él detentó los suyos sin sacrificio alguno. La pretendida igualdad que nuestra madre luchó por conseguir en la infancia se fue diluyendo como un azucarillo en el café. Él acabó siendo el original y yo la copia. Y seguíamos igual. A una distancia corta me fijé en su atuendo. La ropa era más exquisita que la mía, los colores más vivos, los tejidos más nobles. Me sentía el reflejo difuso que despide un espejo con vaho.
Llegó el camarero y se dispuso ceremoniosamente a descorchar el vino. Lo sirvió en dos elegantes copas de fino cristal de Bohemia que acercó con delicadeza a nuestras manos. Le di propina y se marchó. Nos vimos de nuevo solos, como exploradores perdidos en un desierto imaginario, arropados únicamente por la magia del elixir que ya habíamos comenzado a saborear.
—Y bien —dije—, quiero la verdad.
Por primera vez me miró de frente, a los ojos, azorado por la situación o por el alcohol. Bebió un trago largo que paladeó despacio y dejó la copa sobre la mesa de centro. Nada dijo.
—Clara ya confesó, ahora quiero que lo hagas tú —proseguí.
Se sobresaltó, podía notar el latido de su pecho a través de las rayas de su jersey caro, no imaginaba que ella hubiera confesado y menos aún qué me podía haber dicho, estaba aturdido, confuso, acorralado como un escorpión dentro de un círculo de fuego, pero yo no podía dejar que se clavara el aguijón, tenía que hablar.
—Te repito que quiero la verdad, la duda me abrasa como si viviera en el mismísimo infierno. Sólo quiero saber de quién es el hijo que en las noches de lluvia y viento acude a mi cama para dormir bajo la protección de mis brazos.
Su gesto hacia mí fue una mezcla de sorpresa y conmiseración.
—¿Y no es suficiente? —dijo entonces—, yo no tengo a nadie que me busque por las noches, mis brazos duermen siempre vacíos.
Volvió el silencio. Llené de nuevo las copas. El vino comenzaba a hacer su efecto, con nobleza y justicia, como siempre había sido aquella delicia de los Dioses.
—Jamás he tenido nada que ver con Clara —dijo al fin tras tomar otro trago—. Jamás.
El sol penetraba a intervalos por las antiguas vidrieras, a veces deslumbrante, otras escondido tras oscuros nubarrones, y dibujaba sobre las sacras paredes figuras fantásticas, como en un espectáculo de sombras chinescas.
—Repítemelo por favor —le rogué—, mirándome a los ojos.
—Clara para mí siempre fue intocable —concluyó.
En un instante desaparecieron todos mis fantasmas, se apagó el fuego que calcinaba mis entrañas cada vez que imaginaba los pechos de nácar de mi esposa bajo el contacto de los dedos de mi hermano, sus labios encendidos buscando su boca, su sexo humectante esperando el éxtasis. Todo había sido una ilusión mía. Hubiese querido abrazarle.
—Está bien —dije con un largo suspiro—, te creo, Clara dijo lo mismo y ella no mentía.
Su gesto de sorpresa creció tornándose en indignación.
—Entonces ¿por qué este interrogatorio? ¿Este alejamiento? ¿Esta sinrazón? —preguntó él.
—Quería saber de lo que eras capaz.
Dejé mi copa sobre la mesa y me disponía a levantarme del sofá cuando posó su mano derecha sobre mi hombro y me retuvo.
—Ahora me toca a mí hacer una pregunta y también quiero la verdad —dijo.
Temí lo peor. Volvieron los fantasmas, el fuego interno que no me dejaba vivir, el dolor punzante en la cabeza y en el corazón. No quise mirarle.
—Dime hermano, ¿tú la mataste?
Tragué saliva, ya no me quedaba vino en la copa. Mis manos comenzaron a temblar de manera incontrolada y el delicado cristal de Bohemia se deshizo como una fina lluvia que cayó a mis pies.
—Soy yo el que te he citado y soy yo el que hago las preguntas —respondí con gravedad.
Lo dejé allí solo, desconcertado, dándole vueltas al anillo de oro y brillantes, y abandoné el salón deprisa, sin decirle adiós, sin volver la cabeza, como si fuera a perder el tren más importante de mi vida.
Maribel Romero Soler.
Relato incluido en LOS MESES CUENTAN. Visión Libros 2011.

9 comentarios:

Alicia Uriarte dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alicia Uriarte dijo...

Maribel, a lo largo de LOS MESES CUENTAN pude constatar de nuevo que escribes y describes con gran destreza, utilizando una prosa fresca y ágil con un vocabulario rico y muy bien entrelazado. En el mismo hay frases que cautivan pues entrañan en sí mismas una pequeña historia que continuar o adivinar. Hay descripciones de instantes o sensaciones verdaderamente mágicas y bellas. Es un trabajo que se percibe muy elaborado y en el que cada palabra cuenta. El conjunto del libro engancha y cada mes tiene mucho, pero que mucho, para contar, como prueba está este mes de Febrero.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Muchas gracias, Alicia.

Un fuerte abrazo.

Mari Carmen Azkona dijo...

Maribel, cada mes del libro tiene su embrujo, pero el de febrero fue uno de los que más me gustó. La historia está llena de reflexiones sobre la envidia, los celos llevados al extremo...y ese final, por inesperado, que impacta.

No me casaré de darte la enhorabuena por tú escritura. Cada texto, cada libro, es un gran trabajo que merece mi más alta valoración.

Besos y un fuerte abrazo.

Maribel dijo...

Gracias por tus amables palabras, Mari Carmen. Yo cada día me considero más aprendiza. Queda tanto camino por andar...
Febrero es uno de las relatos que más ha gustado, al menos así me lo han manifestado varios lectores (lectoras, para ser exactos), pero lo he elegido únicamente por ser el mes que da nombre a mi blog (yo no podría decirte cuál o cuáles me gustan más, aunque quizá sí cuáles me gustan menos).

Un gran abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

He releído este cuento, Maribel, y siempre llego a la misma conclusión. El mes de febrero es, por su incertidumbre climatológica, como esa puñalada trapera que recibe el hermano rico al final.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Ya sabes, Jose, en febrero un día al sol y otro al brasero. Es un mes de contrastes. Quizá también lo sea el cuento.

Un abrazo.

sergio astorga dijo...

Maribel, es un relato estupendo. A mi me gustan casi todos. Tú disculparas.
Me llama la atención el comentario que haces en relación a las opiniones de tus lectoras. La tensión sicológica muy masculina, es un duelo, no un dialogo. Has captado magníficamente. A mi me gusta mucho el libro, su ritmo, su tono, su alejamiento de los lugares comunes o las concesiones a lecturas ligth. No entiendo por qué tu afirmación de ser el último libro de relatos. Me apena saberlo.
Me gusta febrero eso ni se discute.
Abrazos en junio como en febrero.

Maribel dijo...

Sergio, agradezco mucho tu comentario. Es curioso recibir las opiniones de los lectores, descubrir qué les sorprende o qué les escandaliza, adivinar que no están por la labor de sufrir o pensar demasiado en muchos casos, y prefieren la tranquilidad y las buenas vibraciones de mayo antes que la controversia y el ímpetu de octubre.
No se puede decir de este agua no beberé; si algún día me llama un relato quizás le abra la puerta.

Un abrazo de calendario.