sábado, 28 de abril de 2012

PELO ROJO

A esas horas de la tarde el color del mar era gris. Aquel hombre extraño seguía sentado sobre una roca en el espigón del puerto mirando el horizonte. Su rostro me era familiar. Ojos grandes, mirada profunda, labios gruesos, pelo rojo. Sacó de su mochila un bloc de dibujo y algunos lápices de colores, y con la serenidad que despedía el movimiento de sus manos comenzó a esbozar la belleza. Yo lo observaba desde una distancia prudente, sentía pudor ante la idea de espiarlo, de acercarme a contemplar su obra. Vi, desde mi lejanía, los trazos perfectos que separaban la tierra del mar y el mar del cielo, la conjunción de los tres elementos naturales distanciados por la mano del hombre en unas líneas precisas. Con un movimiento hábil, el pintor dio entrada a dos gaviotas, con las alas extendidas sobre el mar, en aquel rectángulo de papel. Algunos paseantes se detenían a sus espaldas para admirar su trabajo, mientras él, aquel hombre extraño, ajeno al mundo, comenzaba a dar color al cielo con trazos azules cortos e intermitentes.
Desde mi llegada al pequeño pueblo de la provincia de Alicante lo vi cada tarde. Siempre a la misma hora, en el mismo lugar, desaliñado, con una mochila vieja y sucia colgada de su hombro y una mirada nueva y limpia colgada de su fascinante rostro. Nunca antes había experimentado una atracción tan intensa por un desconocido, en apariencia procedente de un mundo tan distinto al mío.
Me encontraba de vacaciones en la costa con una compañera de trabajo que además era amiga. Las dos colaborábamos en un prestigioso bufete de Valencia y teníamos un mes por delante para olvidarnos de pleitos y juzgados, a la vez que nos habíamos hecho el firme propósito de disfrutar a tope del verano. El hombre extraño de pelo rojo me cautivó desde el primer momento, sentado sobre su roca, absorbiendo cada uno de los movimientos del mar, siempre solo, nunca lo había visto hablar con nadie. Insistí a mi amiga para que frecuentáramos cada día la misma playa y anduviéramos invariablemente los mismos pasos, los que me conducían a él y a su magnetismo.
Mi amiga no era tonta, no en vano sus estrategias procesales eran conocidas y temidas en todo el gremio de juristas, y no tardó en darse cuenta. “¿No te habrás quedado colgada de ese tío?” —me dijo—. “Estás como una cabra”.
Sin embargo me dejó hacer. El respeto era condición indispensable en nuestra relación laboral y de amistad y sencillamente se apartó del camino, no sin pensar antes que me faltaba un hervor.
Tardé en hablar con él. No terminaba de atreverme a que nos separaran apenas unos centímetros de distancia, si desde la lejanía sus ojos me parecían increíbles, de cerca corría el riesgo de que me cegaran. La primera semana sólo observé. Su habilidad con los lápices y también con los óleos me fascinaba, sus pinturas eran una continuación de sí mismo, una prolongación de un ser incomparable. Pero solo tenía tres semanas más de vacaciones y me moría de ganas por escuchar su voz. Aquella tarde me armé de valor, era fácil entablar una conversación con un pintor callejero. “Hola. ¡Qué bien pintas! ¿Eres de aquí? ¿Vendes los cuadros?”. Sin embargo las palabras se me ahogaban en la garganta conforme me aproximaba a él. Cuando me encontraba casi rozándole la espalda vi ante mis ojos algo que me petrificó: aquel hombre extraño de pelo rojo que miraba incansablemente el mar y el cielo pintaba un retrato, mi retrato.
“Por fin te decides”, me dijo en castellano con acento extranjero. Me ruboricé. Era evidente que él también me observaba cada día por extraño que pudiera parecerme, porque hubiera jurado que nunca despegaba sus grandes ojos del lienzo o el cuaderno de dibujo. No supe qué decir. No tenía ni idea de cómo reaccionar ante mi propia imagen plasmada en un papel, era como estar ante un espejo, un espejo mágico. “Siéntate a mi lado”, continuó él, cautivador, sereno, sin dejar de dar pinceladas al retrato. Le obedecí. Me miró entonces por primera vez que yo supiera, de frente, sin tapujos, firme y decidido. Añadió un nuevo color a su paleta. “No son azules, sino grises, como el mar de estas horas”, dijo.
De la decena de preguntas que tenía preparadas para él no recordaba ninguna, en mi vida me había sentido más imbécil. Volví a ser ante sus ojos una niña pequeña, indefensa, asustada y tímida. Pero él no dejó ver la más mínima muestra de regocijo ante mi turbación. Al contrario, apenas ni me hablaba para no descolocarme, sólo miraba, miraba y pintaba, los mechones de mi pelo, el rubor de mis mejillas, incluso el temblor de mis labios sellados. Acabó el retrato y dijo “perfecto”, lo guardó en una gran carpeta y yo solo alcancé a decir “gracias por pintarme”. “Vuelve mañana”, añadió él.
Y volví. Al día siguiente y todos los días de mis vacaciones. Y mis retratos comenzaron a florecer como las amapolas en los campos de trigo. Bellos retratos en distintos escenarios, aunque el lugar físico donde los pintaba siempre fuera el mismo. En primavera, en invierno, bajo la lluvia, con semblante triste, con amplia sonrisa… Decenas de retratos dignos de ser exhibidos en los más prestigiosos museos y de los que, curiosamente, no conservo ninguno, a pesar de estar inspirados en mí. Aprendí un lenguaje nuevo. El lenguaje del silencio, de las sensaciones. La sensación de que los dos pensábamos lo mismo, nos apasionaban las mismas cosas o respirábamos el mismo aire.
Nunca supe su nombre. “¿Quién eres?”, le pregunté el día que lo llevé a mi apartamento. “Somos lo que la gente cree”, contestó. Era una tarde especialmente luminosa, con un cielo en diferentes tonos de azul cuando me acompañó a mi casa alquilada. Mi amiga prácticamente se había instalado en la misma habitación de hotel que un italiano empalagoso que había conocido en la playa, aunque según ella era dulce y romántico, sin dejar pasar por alto que dirigía importantes negocios en Roma.
Cuando le propuse que viniera conmigo, aquel hombre extraño de pelo rojo aceptó con una naturalidad inquietante. “No podía ser de otro modo”, me dijo.
En el apartamento, frente al mar, cuando ya comenzaba a oscurecer, dibujó mi cuerpo desnudo sobre una sábana blanca que encontró en un cajón, deteniéndose en cada curva, en cada recoveco, trazaba con una delicadeza infinita las líneas más privadas, después dio color a aquella imagen, utilizaba como pinceles sus propias manos, deslizaba los dedos por encima de aquel cuerpo inmortalizado en una tela. Más tarde nos amamos.
La luna entraba por el balcón abierto sin permiso, plena e inconmensurable, y posaba su blancor único sobre la espalda del pintor. Aquel hombre extraño de pelo rojo envuelto en luz parecía un ser de otro mundo, que me amaba de una forma desconocida hasta hacerme sentir la mujer más feliz de la tierra. Después de inundarme de placer nos fundimos en un abrazo silencioso y así, anudados, como los cordones de los zapatos, amaneció. Fue la última vez que lo vi.
Me quedaban tres días de vacaciones en el pueblo pesquero y cada tarde aparecí por el espigón, por aquel espacio que ya consideraba nuestro, inundado en aquellos días de su ausencia. Nadie supo decirme nada de su marcha porque nadie supo nunca que existió.
Fue un par de meses más tarde, de nuevo en Valencia, mientras ayudaba a un amigo a decorar su casa recién comprada cuando volví a ver su imagen. Me encontraba colocando libros en una estantería. Pablo, mi amigo, era un apasionado de la pintura, sin embargo nunca le hable de él. Tenía una bonita colección de genios del impresionismo. Coloqué con exquisito cuidado cada uno de los tomos que la componían. Y de momento…
—¡Es él! ¡Es él! —dije con una excitación que no pude contener.
—¿Que es quién? —preguntó Pablo.
—¡El pintor que conocí este verano! Mira, se me va a salir el corazón del pecho —añadí con la respiración agitada.
—Pero ¿estás loca? Ese es Van Gogh, Vincent Van Gogh —dijo mientras pasaba las páginas de aquel tomo de cubiertas amarillas y me mostraba infinidad de autorretratos suyos—. Y además murió hace más de cien años.
—Te juro por Dios que es él —añadí rotunda, a pesar de mi agnosticismo.
—¿Le faltaba una oreja? —preguntó burlón.
—Pero ¡no seas ridículo! ¿Cómo le va a faltar una oreja?
—No te digo nada descabellado, Vincent se cortó una oreja…
—Muy gracioso, pues no, todavía la tenía.
Pablo comenzó a bromear sobre el extraño personaje, del que me vi obligada a darle algún detalle; hacía todo tipo de conjeturas, con más guasa que formalidad, sobre una posible reencarnación del pintor holandés o sobre la idea de que se tratara de un simple locatis que quisiera imitarle. Yo miraba los autorretratos de aquel libro y en cada uno de ellos veía al hombre extraño de pelo rojo que me amó intensamente bajo la brillante luz de una luna de agosto. Recordé sus palabras: “Somos lo que la gente cree”. Y yo estaba convencida de que era él. Mi entendimiento no alcanzaba a comprender cómo podía haber ocurrido algo así, pero lo creía firmemente, y tenía suficientes razones para asegurar que no se trataba del simple sueño de una noche de verano.
Sin que Pablo se diera cuenta me acaricié el vientre y pensé en el pequeño ser iluminado de pelo rojo que dentro de mi oscuridad pintaba estrellas y que siete meses más tarde las mostraría a todo aquel que estuviera dispuesto a creerle.
Maribel Romero Soler.
Incluido en el libro de relatos LA FORJA DE BAELIX-CURE. Ediciones Fergurtson.

20 comentarios:

Winnie0 dijo...

Genial Maribel, absolutamente delicado y genial. Gracias por darnos relatos así en tu blog Un beso

Spaghetti dijo...

Interesante relato, interesantes vacaciones ... no hay nada como hablar poco para "ser lo que la gente cree que eres" ...jeje ...¿Está en tu libro de relatos?...Tienes un estilo conciso y "buena letra".
Bssoss Maribel.

Neogeminis dijo...

Una preciosa historia...lejos de necesitar creer si fue cierto o sólo una ilusión, el lector disfruta paladeando cada pincelada de tu texto.

Un abrazo.

Miguel Monte Real dijo...

¡Qué bien se leen tus historias! Es siempre un placer considerar la posibilidad de que la historia vaya por derroteros distintos, ocultos, paralelos; y que la sorpresa del final sea una pequeña parte de intuición. Me gusta lo que creas, aunque solo pueda pasarme cada seis meses..

Juji dijo...

¡Uf! Me ha encantado. Sinceramente, siempre es un placer leerte, Maribel.
Un besazo.

Rafa dijo...

Precioso y muy sutil y con visos de esperanza. He disfrutado con él.
Gracias por el regalo.
Un abrazo

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, qué lindo texto. Según he ido leyendo he ido imaginando esos paisajes y esos cuadros. Me ha encantado, especialmente, la sensualidad y la belleza que emana del momento en el que el artista pinta el cuerpo desnudo de la protagonista. El momento luna posterior le da un brillo especial a todo el conjunto.

Felicidades y gracias por pintarnos de color este fin de semana. En el País Vasco lo llevamos viendo gris a traves de una cortina intensa de agua desde hace más de quince días.

Un abrazo

Maribel dijo...

Gracias a ti por leerlo, Winnie. Y a todos.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Spaghetti, no está en mi libro de relatos. Está en un libro colectivo que recoge relatos de diversos autores.

Un abrazo y gracias.

Maribel dijo...

Gracias, Neo, si lo has paladeado y disfrutado me alegro mucho.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Y a mí me gusta que aparezcas, Miguel, cada seis meses o cada seis años. Vuelve siempre que quieras.

Un abrazo y gracias.

Maribel dijo...

Me alegra saberlo, Juji.

Un abrazote.

Maribel dijo...

Gracias a ti, Rafa, por tus palabras.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Gracias, Alicia, me alegra que hayas apreciado esos momentos especiales.

Aquí llevamos unos días chungos, lloviendo un poco, con algo de frío, nublado... Así va mi ciática, estoy inválida perdida.

Un abrazo.

Antevasin dijo...

Impresionante!
Garcias

Maribel dijo...

Gracias a ti, Antevasin, por pasarte y leer.
Un abrazo.

ALEJANDRO PÉREZ dijo...

Felicidades, Maribel. Has tejido un relato lleno de color y sabor, donde no falta ni sobra nada. ¡Redondo! Todo encaja en él como en un puzle lleno de imágenes en todas sus dimensiones. La posible realidad y la ilusión se complementan formando una historia llena de sentimientos transmitidos, a caricia de emoción, en escenarios habitables, con personajes creíbles, aunque alguno esté al otro lado del tiempo.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Muchas gracias, Alejandro. Es muy valioso tu análisis para mí. Sabes que te aprecio.

Un abrazo.

José Antonio López Rastoll dijo...

Me ha fascinado, Maribel, el lenguaje casi impresionista que utilizas, y el relato tiene algo de hipnótico.
Realidad y fantasía se mezclan de forma mágica.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Me ha gustado lo de hipnótico, Jose.
La fantasía tiene cada vez mayor presencia en lo que escribo, supongo que para poder afrontar la realidad.

Un abrazo.