martes, 22 de noviembre de 2011

EL CUENTO QUE ESCRIBÍ


En una caja secreta guardo besos. Son los besos que no quiero, aquellos que no son puros, los que nunca debieron salir de unos labios malditos.
A los niños nadie nos cree, inventamos cosas y contamos como cierto lo que sólo está en nuestra imaginación, por eso el cuento que escribí a la edad de siete años a nadie le interesó, no era hermoso, no tenía príncipe ni princesa, ni siquiera hada madrina. Los protagonistas principales eran el ogro —mi tío Alberto— y un niño bello pero muy malo que resulté ser yo, un niño que merecía castigos constantemente, ser encerrado en una mazmorra y no beber ni agua.
Mamá salía de casa cada tarde para ir a trabajar y entonces llegaba él, el ogro, con su disfraz de ángel de la guarda, una hermosa sonrisa y una mirada que sólo yo conocía, cargada de malas intenciones, de deseos y juegos sucios que a los niños no nos gustan.
El tío Alberto era joven y simpático, caía bien a todo el mundo, ¿cómo podía convertirlo en el malo de mi cuento?, no tenía sentido. Siempre jugó conmigo, desde muy pequeño, y me hacía muchos regalos, al principio porque sí, porque le apetecía, más tarde a cambio de cosas. Primero fueron unas cosquillas en las plantas de los pies, después en los tobillos, en las corvas… Las cosquillas fueron subiendo como el valor de sus obsequios. A mí no me parecía divertido aquel juego de la risa, como él lo llamaba, principalmente porque yo no me reía, pero él sí, y cerraba los ojos, y disfrutaba…
Pasábamos la tarde en una pequeña salita. Yo quería bajar al parque, ir a la biblioteca, jugar a la pelota, encontrarme con mis amigos. Siempre había excusas para no hacerlo. Tu madre no quiere, hace frío, tienes deberes, estamos mejor aquí. Esa última frase ya la decía con la otra voz, con la voz de ogro que a mí me paralizaba. Entonces me quedaba muy quieto sentado en la alfombra y él me tomaba sobre sus rodillas. Jugábamos a malos, yo era el malo, había robado un juguete, me había escapado del colegio, desobedecía a mamá. Pero él era el justiciero y me imponía los castigos. Me bajaba el pantalón y me sacudía en las nalgas, eran palmadas ligeras que no me hacían demasiado daño pero que dejaban las marcas de sus dedos grabadas en mi piel. Después se arrepentía y besaba cada una de esas huellas enrojecidas, con devoción, recreándose en su cometido. Esos son los besos sucios, los que guardo en mi caja secreta.
El ogro era terrible para mí en aquellos momentos, emitía una voz gutural y una especie de gemidos que me daban mucho miedo, respiraba con agitación y hacía muecas extrañas, después de un largo suspiro se calmaba y volvía a ser el tío Alberto, justo cinco minutos antes de que mamá volviera a casa. “Se ha portado bien”, le decía, “nos hemos divertido, ¿a que sí, chaval?”. Yo no contestaba.
Un día quise contarle el cuento a mamá, pero a ella no le gustó y me mandó callar. “No digas tonterías, tu tío te quiere mucho y te cuida cada tarde, merece un respeto”.
Comencé a ser un niño triste, no jugaba con mis compañeros, no prestaba atención en clase, sólo quería llorar. La directora del colegio llamó a mi madre y le pidió que me observara, que intentara averiguar qué me pasaba porque a mí me pasaba algo. En aquellos momentos aparecieron en los noticiarios otros niños que habían escrito cuentos como el mío, con ogros, gigantes furiosos o monstruos terribles, cuentos donde ellos eran los malos y recibían su castigo.
Mamá me pidió entonces que le dijera qué hacíamos el tío y yo por las tardes, a qué jugábamos. Enmudecí, bajé la mirada hasta el suelo, avergonzado, y me puse a llorar. Ella fue muy dulce, me abrazó y me llenó de besos, de esos que sí me gustan y que tengo grabados en mi piel como firmes tatuajes. Le conté el cuento y lo escuchó entero, y se convirtió en la princesa de mi historia, capaz de vencer al ogro sin arrugarse el traje.
Hace cinco años que no he visto al tío Alberto, no sé dónde vive, no sé si sigue inventando juegos sucios, pero sí me consta que hay otros niños que han escrito y siguen escribiendo cuentos como el mío y que deben ser escuchados por los mayores, porque los niños no siempre inventamos las cosas. Hoy cumplo doce años y un nuevo camino adolescente se abre para mí, por eso voy a abrir mi caja secreta, para borrar de mi vida el cuento que escribí, para que salgan todos esos besos sucios e indeseados; que se los lleve el viento y que se ahoguen en el mar. Los besos que deseo son los que nacen del cariño y para esos no necesito caja, me gusta lucirlos en las mejillas y que todo el mundo vea que me hacen muy feliz.

Maribel Romero Soler.

Este relato se incluye en RELATOS URBANOS 2011. IMPULSOS, libro que recoge los trabajos ganadores y seleccionados en la 7ª edición del concurso RELATOS URBANOS, que se viene celebrando anualmente en Alicante con ocasión de la Feria del Libro, y que convocan la Asociación Provincial de Libreros y la Editorial Ecu. Se incluyen también algunos relatos de escritores invitados, entre los que se encuentra el mío.


La presentación del libro y entrega de premios tuvo lugar el pasado viernes, 18 de noviembre, en el Club Información de Alicante, donde también se entregaron ejemplares a los autores que forman parte de esta antología.

30 comentarios:

Winnie0 dijo...

Me encantó Maribel....Si cuando y digo que eres ESCRITORA...con mayúsculas....sé lo que me digo. Un besote

Juji dijo...

Tengo aún la piel de gallina, mientras te escribo y recuerdo lo apenas leído... uf! que agonía.
Un abrazo.

Mara dijo...

¡Precioso, delicado y profundo! Saludos.

MiánRos dijo...

Espeluznante relato (desgraciadamente cada vez más real en nuestros días) contado extraordinariamente con pinceladas inteligentes y llenas de armonía y dulzura. Te felicito Maribel, has creado un cuento muy, muy especial.

Te envío un beso pero de los buenos, de amistad.
Mián Ros

TORO SALVAJE dijo...

Trabajé en protección de menores unos años y la gente debería saber que la mayoría de los abusos sexuales a menores se producen dentro del ámbito familiar.

Que grande eres Maribel.

Besos.

Manuel dijo...

Tendriamos que estar mas pendientes de esas pequeñas señales. El abuso pedófilo es uno de los delitos y aberraciones que mas repulsa deberia dar a una sociendad sana.El castigo deberia asi mismo ser total puesto que los efectos en la victima se alargan durante años.
Muy buen texto, Maribel, aunque ya nos tienes acostumbrados.
Un beso

Neogeminis dijo...

Felicitaciones por la inclusión de tu cuento en el libro.
Lamentablemente estas historias suelen ser las realidades amargas de tantos niños...muchos más de lo que imaginamos.
Un abrazo.

Maribel dijo...

Jeje, Winnie, cuando digo GRACIAS con mayúsculas también sé cuánto agradezco siempre tus palabras.

Un beso.

Maribel dijo...

Fíjate, Juji, que es una ficción y además acaba bien. No quiero ni imaginarme los casos reales...

Un abrazo.

Maribel dijo...

Me alegro de que así lo veas, Mara, porque el tema es, efectivamente, delicado.

Un abrazo y gracias por tu visita.

Maribel dijo...

Gracias, Mián, recibo ese beso de amistad y no lo guardaré en ninguna caja secreta.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Interesante trabajo, Toro, proteger a los menores sí que es grande.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Tienes razón, Manuel, hay que escuchar más a los niños y "creer en sus cuentos".

Un abrazo.

Maribel dijo...

Gracias, Neogeminis. Así es, hay muchos casos de abusos en el seno de la familia. Realmente lamentable.

Un beso.

Alicia Uriarte dijo...

Un cuento con un tema que permanece anclado en silencio en el seno de más hogares de los que desearíamos. Tristemente, el abuso a menores casi siempre es llevado a cabo por personas del círculo más próximo a las criaturas. A lo largo de mi rodaje laboral, hace ya más de una veintena de años, fui tutora de una chiquilla bellísima cuyo caso se destapó cuando el padre un día bebió más de la cuenta y, al resistirse, le marcó la cara. El moretón del maxilar en quince días casi ni se le notaba. Jamás olvidaré el color de su rostro, ese color que delató como las estaba pasando, moradas. Las otras secuelas tardaron bastante más en curarse. A veces, recordando la situación, me he preguntado si estuve a la altura de las circunstancias. Tampoco estuve sola. En situaciones así se implica el equipo directivo y bienestar social con su equipo de psicólogos. Jamás olvidaré la imagen de la madre llorando y diciendo que no se había separado porque antes de quedarse en el paro y darse a la bebida su marido era un hombre bueno. Todo acontecía cuando ella marchaba a trabajar para tirar adelante a la familia. Mi alumna “consintió y calló” por miedo a que se metiera con la hermana más pequeña.
Volviendo a tu cuento, te felicito. Lo has relatado con una sensibilidad que consigue hacer llegar la denuncia de una forma firme abriendo la puerta a la esperanza.
Un abrazo

Maribel dijo...

Alicia, como decía en otro comentario, lo mío es una ficción. Tú nos traes una realidad aterradora. Poco tengo que añadir, solo que tu testimonio sirva de denuncia para que estos delitos no se callen más.

Un abrazo.

Manuela Maciá dijo...

Maribel, aunque ya había leido este relato y es su día me gustó mucho.
Hoy que lo he vuelto a leer me ha producido los mismo estremecimientos.
Manuela

Maribel dijo...

Gracias, Manuela, si te digo la verdad a mí, que lo he escrito, también me produce estremecimientos.
Tengo que leer tus reflexiones sobre Murakami, a ver si tengo un ratito y me paso por tu blog.

Un abrazo.

Mari Carmen Azkona dijo...

Maribel, estremecedor relato, de los que duelen...Me has dejado sin palabras, me alegro de que no hay sido así en tu caso. La ficción
también debe servir para remover las conciencias. Gracias.

Besos y un fuerte abrazo.

Maribel dijo...

Por supuesto, Mari Carmen, la literatura cumple un papel de denuncia importante. Removamos conciencias.

Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Tremendo y magnífico relato.
Un beso, guapa.

José Antonio López Rastoll dijo...

Clavas la psicología de un niño, gracias a un lenguaje adecuado con el personaje, que cuenta lo que le ocurre desde su inocencia. Y me encanta la forma de tu relato: cuento dentro del cuento.
Tu mensaje queda claro, al menos para mí: los niños casi nunca mienten.

Maribel dijo...

Otro beso para ti, Lola, maja.

Y un abrazo.

Maribel dijo...

Jose, hasta cuando mienten hay que hacerles caso, al menos escucharles, porque solo de ese modo salen después las verdades.

Un abrazo.

sergio astorga dijo...

Maribel, has narrado espléndidamente el horror.

Un abrazo sacudido.
Sergio Astorga

Maribel dijo...

Sergio, yo lo he sufrido narrándolo, no me imagino lo que será vivirlo.

Un abrazo en paz.

Spaghetti dijo...

Bueno Maribel, Esto es más que un buen relato. Es una denuncia, una llamada de atención a la vigilancia y al cuidado de los niños. Es muy bueno que se difunda porque es algo que no está en la imaginación de los niños, sino, desgraciadamente, en la vida real.
Este "cuento" en la boca de un niño, hará que otros hablen de sus ogros y abran al fin, la caja de los besos sucios.
Enhorabuena y mucho éxito ... Es muy difícil escribir como tu lo haces.
Un puro beso.

Maribel dijo...

Agradezco mucho tu comentario, Spaghetti. De eso se trata, de que la literatura cumpla también su papel de denuncia.

Otro beso puro para ti.

mientrasleo dijo...

Precioso cuento, "En una caja guardo besos...
Me ha encantado.
Un saludo

Maribel dijo...

Me alegro de que te haya gustado, mientrasleo. Ya he visto que tienes unas reseñas muy interesantes. Me guardo tu blog y lo iré visitando poco a poco.

Un saludo y gracias por venir.