viernes, 29 de octubre de 2010

HALLOBLOGWEEN

Teresa Cameselle me invitó hace unos días a participar en HALLOBLOGWEEN una interesante iniciativa para que todos los blogueros saquemos esa historia de terror, real o ficticia, que llevamos dentro. ¿Os animáis a participar?
Yo de momento acepto, y creo que es buena ocasión para rescatar un relato que ya apareció por aquí hace un par de años (y que ahora regresa de su tumba).



HASTA MAÑANA

Ese ruido que oyes tras la ventana no es el viento, soy yo. No importa que te quedes inmóvil en la cama, que cierres fuerte los ojos, que apenas respires, que te tapes hasta las orejas, ya te he visto. Sé que te han negado mi existencia, que te han dicho que soy un invento, una ficción, que la noche solo tiene oscuridad y la oscuridad no es nada, que cuando se apagan las luces de tu dormitorio únicamente estás tú sobre la cama, el escritorio a la derecha y el armario ropero enfrente. Nada más. Sé que te aterra dormir solo y que te despiertas varias veces durante el sueño. Lo sé porque te observo, las manos sudorosas, la espalda rígida, la boca seca. Hay un vaso de agua sobre la mesita de noche pero ni siquiera intentas alcanzarlo. Estás paralizado, los pies fríos, el corazón al galope. Intentas llamar a tus padres pero no te sale ni un hilo de voz. No sólo te ahoga el pánico, también la vergüenza, ya eres mayor, te lo dicen todos los días.
Pero esta noche es diferente, no sólo es el ruido, también notas un peso sobre la colcha, como si alguien se acostara a tu lado, alguien mucho más frío que tus pies y mucho más rígido que tu espalda. Cierras más fuerte los ojos, hasta dolerte, y decides dejar de respirar, como si fuera fácil. El silencio queda roto por los latidos de tu corazón desesperado, pompom, pompom, pompom… No, no vendrán. Tus padres no vendrán, creen que es el sonido del viejo reloj despertador, ellos no piensan en tu corazón. Ellos no, yo sí.
Ahora empiezas a ver luces en tu particular noche de ojos cerrados. Primero son luces chillonas, círculos concéntricos, una especie de estrellitas intermitentes. Luces que se transforman en caras espantosas, están ahí, dentro de tus pupilas, las ves nítidas, te observan, se acercan, si levantaras la mano podrías tocarlas. Piensas entonces en abrir los ojos y borrar aquellas imágenes con la contemplación de la verdadera oscuridad pero yo estoy a tu lado y me verías a mí. No sabes quién soy, qué aspecto tengo, cuáles son mis intenciones. Decides continuar con los ojos herméticos, las manos juntas metidas entre las piernas, los hombros encogidos. No puedes resistir más y gimoteas con impaciencia. Lo haces con la intención de ser oído pero tus padres duermen plácidamente, hasta yo los oigo roncar. No vendrán. A ellos no les importas, a mí sí.
Más ruido. Sobre tu cabeza, en el techo, parecen cochecitos rodando o canicas, como si tuvieras un grupo de chavales encima de tu escayola. Hasta oyes risas. Ya te han explicado que por las noches las tuberías se dilatan, los muebles crujen, son sonidos normales, pero tú no lo crees. ¿Qué tuberías pasan por el techo? ¿Qué muebles cuelgan por encima de tu cabeza? No, no son los muebles, soy yo, me gusta divertirme.
No te han servido de nada los gemidos, ni permanecer inmóvil, el miedo persiste, se apodera de cada uno de tus músculos. Ruegas que me vaya, que pasen las horas, que se haga de día, que tu padre necesite ir al baño y se levante, que a tu madre se le ocurra ver si estás bien arropado.
Sientes unos dedos fríos sobre el rostro, casi metálicos, y crees que te vas a morir. No te preocupes, soy yo. Te acaricio.
Los primeros rayos de luz, aún muy tenues, comienzan a colarse por las rendijas de la persiana y me tengo que ir. No me gusta el día. Un peso frío se levanta de tu lado, el colchón recupera su forma, incluso chirría el somier.
Otra vez el viento y las tuberías dilatándose y los muebles crujiendo, todos los sonidos juntos, no te preocupes, soy yo y mi despedida.
Entonces se enciende la luz del pasillo. Tu madre va a beber agua y pasa por tu cuarto, te ve despierto y sudoroso. ¿Tienes calor?, te pregunta, te destapa un poco, no entiende esa manía tuya de taparte hasta las orejas. Te recuerda que sólo te queda una hora de sueño, que la aproveches, después te da un beso y te nota el rostro helado, tampoco lo entiende, te vuelve a tapar. Y tú, vencido por la angustia, comienzas a relajarte hasta caer en los brazos de un pequeño sueño reconfortante, muy pronto sonará el despertador y, como siempre, te levantarás cansado y con ojeras. Tus padres te recordarán que te acuestas muy tarde y tú no dirás nada, no me delatarás. Pero ahora duerme, mi niño, duerme. Mañana será otro día. Y volveré.

Maribel Romero Soler.
Relato ganador del I Concurso de Relato Fantástico El Caldero Mágico. 2008.

miércoles, 20 de octubre de 2010

VISTA ORAL


—Le aseguro, señoría, que mi tortuga no se comió el calcetín de mi vecino.
—Sin embargo —intervino el fiscal—, hay un indicio de que pudo haber sido ella, y es que en otra ocasión se comió el tanga de su vecina.
—Pero porque era verde y lo confundió con una hoja de lechuga.
—Basta —intervino el juez—, me parece muy triste este alegato. Por favor, que pase la tortuga.
El animal entró en la sala con su acostumbrada lentitud y con el caparazón mojado.
—Espero que sea importante el asunto —dijo—, nunca salgo de casa los días de lluvia.
—¿Se comió usted el calcetín? —preguntó el juez a bocajarro.
—Jamás, a mi vecino le huelen los pies. Y quiero aclarar que el tanga de su señora esposa, con sabor a menta, se lo comió mi amo. Ya está bien de cargar siempre con las culpas de otros.

Maribel Romero Soler.

Microrrelato seleccionado en el mes de Octubre. III Concurso de Microrrelatos de abogados.es.
Palabras obligatorias: calcetín, tortuga, indicio, alegato y lluvia.

domingo, 17 de octubre de 2010

LOS PERROS MUERTOS


Miro por la ventana el desolador paisaje. El cerro, antes cubierto de un verde manto, se asoma ante mis ojos despoblado y triste. Curiosamente a este paraje siempre se le ha conocido como el Monte Pelado. Siempre. Incluso antes de ser arrasado por el incendio forestal que destruyó pinos, carrascas y otras formas de vida. Debía ser un nombre premonitorio. Hoy sólo es una elevación de tierra yerma que se erige sobre el valle herida de muerte, que nos muestra su cabeza rapada, como signo ineludible de haber luchado incansablemente por la vida. Miro el Monte Pelado y recuerdo al tío Seve tras su última sesión de quimioterapia, sentado en su sillón favorito, intentando esbozar una sonrisa mientras nos decía a todos “esta puñetera no va a poder conmigo”, pero pudo, desgraciadamente pudo.
Ya han transcurrido cinco años desde su muerte y apenas uno desde la mía. Sí, desde mi muerte, así he decidido llamarlo. ¿Cómo denominar si no a este infierno que me asola?
Mientras lo miro, se me ocurre un nuevo apelativo para el Monte Pelado, quizás el Monte Olvidado, porque este recóndito rincón del mundo parece haber sido creado para el olvido, así vivimos aquí, olvidados, aunque nosotros, pobres infelices, no podemos olvidar.
Estoy cansada. Cansada de ver siempre la misma tristeza, pero no puedo moverme. Sólo me queda cerrar los ojos y soñar con la imagen del paisaje exuberante que nunca contemplaré. Pronto vendrán a trasladarme del sillón a la cama, así lo dijo hace un ratito la enfermera rubia con acento extranjero. Pronto. Si pudiera hablar pediría para mi ventana macetas de barro con geranios rojos, como las que adornaban los balcones de la casa de la abuela, en el pueblo, esas flores atrevidas que parecían provocar con el descaro de una mujerzuela el rigor de las paredes blancas recién pintadas. Quiero alegría. Quiero saber qué ropa está de moda. Quiero oler un perfume nuevo, floral y especiado, o fresco y salvaje, quizás una fragancia marina.
Entra la enfermera acompañada de dos ayudantes. Me cogen sin esfuerzo, debo pesar muy poco, y me trasladan en apenas unos segundos a la cama. Los asistentes, dos chicos de apenas veinte años, ni siquiera me miran, salen enseguida de mi cuarto, y ella, la enfermera, me tapa hasta el cuello y me toca la frente, después se va.
Allí estoy, mirando el techo, no quiero dormir, no es hora de dormir todavía, y pienso entonces en la última vez que algún miembro de mi familia vino a visitarme. Hace ya tiempo pero no sé medir el tiempo, no tengo reloj, en realidad no lo necesito, no hace falta que ningún artilugio me indique cada cuantos segundos me consumo porque no hago otra cosa que consumirme. Sí, ya lo recuerdo. La última persona fue mi madre y vino acompañada de una amiga, o vecina o familiar, yo no la conocía. Lloró como siempre. Me peinó y me lavó la cara con unas toallitas húmedas, en un gesto automático que repite en cada una de sus visitas. Tomó mi mano derecha y se la mostró deforme y retorcida a su acompañante mientras le decía: “ya ves, así ha quedado, totalmente paralizada, no habla, no anda, y con la mentalidad de una niña de ocho años”. Y yo pienso ¿qué les pasa a las niñas de ocho años?, ¿nadie se da cuenta de que las niñas de ocho años sienten y padecen? Me siento un monstruo, una atracción de circo, la mujer barbuda, el hombre más pequeño del mundo, la pulga torero.
Mi madre continuó: “conducía ella, con lo prudente que siempre ha sido al volante, ¿cómo se le ocurrió adelantar en una curva? Ahí la tienes, con treinta y cinco años y dos hijos de cuatro y seis”.
Mis hijos, cuatro y seis años, cuánto tiempo hace que no los veo. Cuatro y seis años. Ya les queda menos para cumplir ocho, mi edad, así podremos jugar los tres juntos. ¿Podremos? Recuerdo sus caritas de ángel, rubios, con ojos castaños, el pequeño siempre ha tenido mucho carácter y el mayor es sensible y delicado, como las amapolas que crecen a los lados de las carreteras. No recuerdo la carretera ni la curva. Una vez pregunté a Eloy ¿quién retira los perros muertos de las carreteras? Me inquieta ver un perro atropellado en medio del asfalto, con las tripas fuera o sencillamente tumbado como si durmiera un plácido sueño, no puedo verlo, me entristece enormemente, pero ¿quién se los lleva? ¿Existe algún ángel recogeperros?
Eloy, mi marido. Hace un año que no lo veo, desde el accidente. Murió. Se lo oí decir a mi madre en una de sus visitas, lo comentaba con la amiga que vino a acompañarla, totalmente ajena al dolor que me causaban sus palabras. Me pareció cruel y deseé que se marchara.
Ahora la echo de menos y quiero que vuelva a verme, que traiga a sus amigas, a sus primas, que traiga a una excursión, que cobre por ello, pero que vuelva, que me muestre como un ejemplo de la imprudencia, de la fatalidad, que me peine y me lave la cara con toallitas húmedas, que me ponga colonia barata sobre el camisón y las sábanas de mi cama, pero que vuelva.
Entra otra enfermera. Ya ha cambiado el turno. También es extranjera, colombiana creo.
Disuelve en un vaso de agua el contenido de un pequeño sobre blanco y remueve la mezcla con una cucharilla mientras me pregunta “¿cómo estás mi amor?”. Sé que es una forma de hablar pero me gusta oírla, me gusta ser el amor de alguien. Acerca el vaso hasta casi rozar mi cara e introduce una goma flexible en el recipiente por uno de sus extremos y en mi boca por el otro animándome a succionar. Sabe que no quiero. Es un sedante para que duerma y yo no quiero dormir, sólo me queda pensar, recordar y no deseo ser privada de ese privilegio. “Venga mi amor, un poquito”, me da golpecitos suaves en la mejilla, nunca se enfada. “Bebe agüita buena”. Finalmente bebo, me lo dice con tanta dulzura que no me puedo negar, además ya he aprendido a vencer al sedante, aunque me lo tome no puede conmigo, me duermo cuando yo quiero, al menos en eso mando.
Todavía me queda algo de tiempo para recordar a Eloy. Nos queríamos. Nos conocimos en el instituto y siempre estuvimos juntos. Aquella noche habíamos salido a cenar con amigos. La típica cena que se organiza una vez al año para quedar con los amigos de siempre a los que curiosamente no ves nunca. Habíamos bebido, Eloy más que yo, por eso cogí el coche. Él me preguntó “¿estás bien?” mientras me daba las llaves, y yo le contesté “¿no me ves?”, en un tono sugerente, preludio de la sorpresa que tenía preparada para él cuando llegáramos a casa, pero nunca llegamos a casa.
Los niños estaban con mi hermana, con quien viven ahora, lo sé por mi madre, como todas las cosas que sé desde que estoy aquí. Ella no se siente con fuerzas para cuidarlos, está mayor y rota por el dolor, es mejor que vivan con su tía, los quiere como hijos, como los hijos que nunca pudo tener. Ahora los veo, alegres y juguetones, pisando el césped del parque mientras su padre los persigue haciéndose pasar por un monstruo terrible, reímos todos y yo saco el móvil y les hago una foto. Somos felices. Sí, felices, este es el síntoma de que ya me voy a dormir, el sedante, a pesar de todo mi esfuerzo, está haciendo su efecto.

Los primeros rayos de sol entran por la ventana, los percibo a través de los ojos cerrados y no los quiero abrir, intento recordar lo que he soñado esa noche pero el sueño se desvanece como el humo de un cigarrillo. Oigo el traqueteo de los carros que ya circulan por los pasillos, las asistentas van a entrar a las habitaciones a asearnos. Pienso en el edificio donde nos encontramos, en lo alto del Monte Pelado, un antiguo convento de monjas de clausura que conserva sus formas sacras, aunque en el proceso de remodelación le han dado un aire modernista. No es feo, quizás lo hacemos feo nosotros, los internos. Si fuera un hotel estoy segura de que tendría un gran éxito, “un antiguo convento, alejado del mundanal ruido, en lo alto de una montaña, una pasada”, eso dirían todos los que lo hubieran visitado.
Entra una asistenta y me dice buenos días, entonces abro los ojos y observo que el sol invade ya gran parte de la habitación. “Hoy tienes visita”, me dice, “vamos a ponerte guapa”. Me pongo muy contenta por la noticia y quiero ponerme guapa. Entre dos auxiliares me lavan, levantan mi cuerpo y me cambian las sábanas porque se han mojado un poco durante la noche. Yo no noto nada, ningún dolor, ninguna sensación, no noto sus manos sobre mí y esa falta de sensibilidad me angustia cada día. Por fin me levantan de la cama y me sientan en el sillón, frente a la ventana, donde yo quiero colocar los geranios rojos.
A los pocos minutos veo entrar a mi madre acompañada del doctor y yo soy feliz. Ella me besa mil veces e inmediatamente saca el cepillo de su bolso para peinarme y deja el frasco de colonia encima de la cama. Pregunta al doctor por enésima vez “¿podrá andar?, ¿podrá hablar?”. El doctor le explica con paciencia los pormenores de la fisioterapia, la rehabilitación, los ejercicios bajo el agua, y ella insiste “¿podrá andar?, ¿podrá hablar?”. El especialista sonríe y aprieta su brazo en un gesto cariñoso y solidario. Entonces le expone a mi madre que la dirección del centro ha decidido grabar a los internos y mostrar esas imágenes al público, para que la gente tome conciencia de los verdaderos peligros de la carretera, porque no hace falta inventarse nada para llegar al corazón del ser humano, no hace falta inventar, sólo mostrar la realidad, y en ese centro estamos los más perjudicados por accidentes de circulación, en algunos casos, como yo, verdaderos despojos humanos. A mí me parece una idea excelente, es ya para lo único que puedo ser útil, pero veo sorprendida que mi madre se niega. “No, doctor. Ella ha sido muy guapa, guapísima, y no quiero que nadie la vea así”. Él insiste y le pide que lo piense con más calma, que tiene tiempo para contestar, pero que no olvide que podemos ayudar a mucha gente, “una imagen vale más que mil palabras”, le dice. Mi madre comienza a peinarme y no comenta nada y yo quiero hablar, yo quiero decir que estoy de acuerdo e intento hacerlo con la mirada, noto que los ojos están a punto de salírseme de las órbitas pero ellos no se dan cuenta, me duele la cabeza por el esfuerzo, mi madre no deja de peinarme y el médico, a pesar de no tener prisa, todavía espera una contestación. En ese momento concentro todas mis fuerzas, reúno la poca energía que me queda, y del mismo modo que el día que contraje matrimonio logro decir “sí quiero”. A mi madre se le cae el cepillo de la mano y el doctor se levanta rápidamente como si le hubiera dado la corriente, los dos se miran maravillados y piensan que lo que acaba de ocurrir es glorioso, sin duda el principio de mi verdadera recuperación, esas dos palabras significan que comprendo y decido, que tengo voluntad y la controlo, y a partir de ahí se presenta una nueva oportunidad de vida para mí, y yo, sinceramente, también lo creo.

Maribel Romero Soler.
Primer accésit XXVI Concurso de Cuentos "Los Cuentos de La Granja". 2008.

domingo, 3 de octubre de 2010

COLABORACIÓN EN "TIRANO BANDERAS"


Hace varios días mi buena amiga Mari Carmen Azcona me invitó a participar en la revista digital TIRANO BANDERAS, que publica, con muy buen oficio, la Asociación de Escritores en Red MARQUÉS DE BRADOMÍN a la que ella pertenece.
Mi colaboración, en forma de relato, ya se puede leer en el nº 11 de la revista, y ha sido un verdadero placer compartir páginas con otro buen amigo colaborador, José Antonio López Rastoll, y con todos los miembros escritores de tan fructífera asociación.
Doy las gracias a Mari Carmen Azcona, a Emilio Porta, a Santiago Solano y, en general, a todos los integrantes de Escritores en Red.

Os invito a leer la buena prosa y los buenos versos de TIRANO BANDERAS.