lunes, 26 de abril de 2010

NIÑOS GRANDES



Querida Yolanda:
Sé que todos opinan que nuestro amor es un chiste, un juego de tontos, la burla que el destino tiene reservada a dos seres como nosotros, niños grandes, hombres y mujeres de algún planeta desconocido. Tú ya has cumplido los treinta, yo sólo tengo veintidós, pero no importa. La diferencia de edad no es la encargada de escribir la historia de amor entre dos pobres retrasados, esa historia la escriben los besos, los que nos robamos a escondidas en el patio del Centro Especial, a espaldas de los cuidadores, esos besos que encienden tus mejillas y ponen al galope mi corazón de hombre-niño. Y también la escriben nuestras manos, las que buscan intrépidas algún tesoro bajo la ropa e intentan alcanzar estrellas para crear un universo propio.
Nadie nos entiende, dicen que no hablamos bien, sin embargo utilizamos un lenguaje de sonrisas que desciframos sin dificultad. Qué importan las palabras cuando nunca fueron suficientes para arreglar el mundo. Prefiero tu boca, perfilada de manera nerviosa y con un lápiz demasiado rojo, boca de muñeca feliz, de las que se dejan maquillar con gesto amable y muestran después los dientes de colores.
Me gusta verte pasear por el patio como un torbellino de risas, con esas faldas estampadas que nunca combinan con las blusas. A nadie le preocupa cómo vista una tonta. Me gusta regalarte flores de cartulina: rojas, azules, amarillas, violetas… Las recorto con mucho cuidado para que no te pinches y te las entrego a escondidas a cambio de besos.
Qué diferente es nuestro mundo siendo el mismo que el del resto de los mortales. Mientras algunas personas oyen gritos, nosotros escuchamos música, una música imaginaria que nos invita a bailar agarrados por la cintura y con las frentes unidas como siameses enamorados. No sabemos de tecnología, sin embargo sentimos descargas eléctricas si nos rozamos la piel. Jamás escribiremos poemas, pero dibujamos corazones con el dedo índice sobre la tierra mojada, sobre el polvo que se posa por encima de los muebles o sobre el plato con azúcar en el que rebozamos las fresas. Nunca conduciremos un coche, pero jamás nos equivocaremos de camino. Quizás en ningún momento viajaremos en avión, pero nos deleitaremos cada tarde observando el vuelo de las aves migratorias. No nos preocupará la declaración de la renta, pero temblaremos como hojas movidas por el viento el día que uno busque al otro y no lo encuentre.
Querida Yolanda, desde que tocaste a las puertas de mi corazón soy todavía más feliz, he aprendido a soñar, a ponerme colonia en el cuello y sobre la ropa, a elegir cuidadosamente mis zapatos y a cogerle prestada alguna camiseta a mis hermanos mayores. He aprendido a mirar por la ventana y a ver en cada nuevo día una ilusión, y sobre todo he aprendido que nuestro amor no es un chiste, a pesar de que se haya convertido en el chascarrillo de todas las reuniones familiares. Nuestro amor es intenso como una lluvia de abril y profundo como el océano. Y yo, que ya no podría vivir sin tus besos prohibidos ni el calor de tus manos, sólo quiero que lo sepas. Con cariño.
Abel

Maribel Romero Soler.
Finalista del VI Concurso de Cartas de Amor convocado por la Biblioteca de Alcaudete (Jaén).

La noticia la he recibido esta tarde a través de un atento e-mail. Supe de este concurso por Felisa Moreno Ortega, nuestra soñadora de palabras, y aunque el amor no es mi fuerte me animé a participar con esta carta, que será incluida en el libro recopilatorio del certamen.

viernes, 23 de abril de 2010

HOY ES UN DÍA ESTUPENDO PARA PRESENTAROS UN LIBRO: ETERNAMENTE HELENA DE MANUELA MACIÁ



Me complace en un día como hoy presentaros ETERNAMENTE HELENA, la novela que acaba de publicar mi paisana, amiga y compañera de relatos de EL PINTALABIOS, Manuela Maciá.

Manuela es una escritora de raza, una mujer que acaricia las palabras, las mima y las sabe poner en su sitio de manera más que acertada. Su escritura es elegante, envolvente y con contenido. En esta novela, publicada por el Instituto de Cultura Juan Gil Albert, Manuela nos presenta una historia de amor que, sin embargo, yo no catalogaría de género romántico. La autora nos narra la vida de Cirilo, que transcurre inseparablemente unida a la de Helena, pero a través de un amor distinto, profundo, entregado, un amor de los de verdad, de los que siguen vivos a pesar de no ser correspondidos, de los que saben poner siempre el hombro para que la otra persona apoye la cabeza, de los que sufren en silencio y nada piden a cambio.

Son muchos los libros que se publican diariamente, son muchos los libros a los que dedicamos entradas, algunos de ellos de desconocidos, otros, como en este caso, de amigos apreciados. Todos ellos tienen derecho a ocupar su espacio, a ser leídos y a atrapar a su público.

La novela se encuentra actualmente en proceso de distribución. En Elche ya se puede adquirir en las librerías ALI I TRUC y SÉNECA.

Os dejo a continuación el texto que aparece en la contraportada del libro:

Esta es la historia de una pasión, de un amor silencioso y profundo, de una lealtad sin límites. Eternamente Helena relata la historia de Cirilo y su “alter ego”, Daniel, que conviven y se retan ante un mismo fin: el amor de Helena. Pero el destino, con sus guiños caprichosos, les conducirá a una encrucijada en la que cada uno se ve abocado a tomar una improvisada decisión.
Manuela Maciá pone de relieve en esta novela, con un lenguaje limpio de afectación, los inescrutables caminos a los que conducen la entrega, los celos, la duda, la infidelidad, el egoísmo..., todos ellos aspectos concluyentes en el amor.

Suerte para Manuela y feliz día del libro para todos.

sábado, 17 de abril de 2010

ENTRE EL MAR Y EL CIELO



Marie de Fonscolombe entró al gran salón del castillo como una exhalación. Portaba unos documentos en la mano y se la veía excitada y feliz.
—¿Dónde está Antoine? —preguntó a su tía.
—Juega en el jardín, pero ¿a qué se debe tanto entusiasmo, querida?
—Lo he conseguido tía, Antoine viajará a Nueva York.
Una hora después, madre e hijo conversaban animadamente junto al calor del hogar. Marie acariciaba el pelo a su pequeño mientras le hacía partícipe de la gran noticia. Sus abuelos le habían costeado un pasaje en el barco más lujoso del mundo. Pronto cumpliría doce años y era importante para su formación que conociera otros países, otras culturas y otras lenguas. Marie siempre había soñado con la posibilidad de que uno de sus hijos fuera diplomático, hubiese sido también el deseo de su difunto esposo, y creía que de sus cinco vástagos, Antoine reunía todos los requisitos para poder lograrlo.
—Pero mamá, a mí lo que me gusta es el cielo, yo quiero volar.
—¡Bah, tonterías! Serás envidiado. Tus abuelos han tenido que pagar mucho dinero por un billete de primera clase. He debido suplicarles, rogarles, ponerme de rodillas para que accedieran. ¡Compréndelo! En ese barco viajarán artistas, políticos, empresarios, hombres de ciencias, y los dueños de los bolsillos más acaudalados de Inglaterra y Francia. Solo la travesía será una aventura apasionante, Antoine. Tienes a tu alcance una gran oportunidad
—¿Vendrás conmigo?
—No puedo, mi vida —Marie besó con cariño la frente de su hijo—, debo cuidar de tus hermanos. Viajarás con el matrimonio Lefebre, son grandes amigos de la familia y están encantados de que les acompañes. En Nueva York te recogerá Gertrude Stein, ¿la recuerdas? Es escritora, norteamericana, la conocimos en Lyon, una mujer de vasta cultura en todos los campos del saber, un verdadero icono en los ambientes intelectuales, tanto en Europa como en América, con ella aprenderás mucho, hijo. Gertrude y su compañera Alice te acogerán en su casa durante un par de meses. ¡No me negarás que es un gran regalo de cumpleaños!
El joven Antoine no dijo nada. Veía la inmensa felicidad que irradiaba el rostro de su madre, a la que tanto adoraba, y no quiso contrariarla. Él no deseaba viajar a América ni ser diplomático. Su sueño era otro, convertirse en aviador, surcar los cielos como un pájaro valiente, y observar, desde las alturas, el mundo en miniatura, tan insignificante en comparación con el espacio ilimitado. Miró por la ventana y se detuvo un instante en la contemplación de las nubes mientras soñó, una vez más, con el momento de poder tocarlas.
—¿El viaje será entonces el 29 de junio? —preguntó el pequeño pensando en el día en que cumpliría los doce años.
—No, mi amor. Los viajes no se ajustan a los cumpleaños, son los cumpleaños los que deben ajustarse a los calendarios de las compañías navieras. El buque zarpará el próximo 10 de abril desde Southampton (Inglaterra), y hará escala en Francia, concretamente en Cherburgo, allí embarcarás. Antoine suspiró. Estaban en el último día de marzo y según los planes de Marie muy pronto abandonaría su hogar y a los suyos para adentrarse en un mundo que no anhelaba, surcando unas aguas que en realidad le daban miedo y dirigiéndose a unos brazos desconocidos en un país desconocido. Se retiró a su cuarto y se entretuvo largo rato dibujando el firmamento y garabateando lo que parecía ser el inicio de un cuento fantástico. A Antoine le gustaba escribir y también dibujar, por ello pensó que no debía olvidarse de introducir sus cuadernos en la maleta que muy pronto se vería obligado a preparar con la ayuda de su madre.
El 8 de abril de 1912, a hora muy temprana, el matrimonio Lefebre recogía a Antoine en el castillo de Saint-Maurice-de-Remens, donde residía con su familia. Su madre prefirió no acompañarlo hasta Cherburgo y en la pequeña localidad del departamento de Ain se despidió de él con lágrimas en los ojos. “Eres un privilegiado, hijo, no lo olvides”.
Dos días más tarde, el 10 de abril de 1912, el pequeño Antoine, a sus todavía once años de edad, se disponía a embarcar en el buque más impresionante que hubiera imaginado nunca. La sola visión de aquel gigante de hierro le resultaba sobrecogedora. Madame Lefebre, atenta a su conmoción, lo tomó de la mano para cruzar la pasarela. “¿Te ha explicado tu madre que éste es el viaje inaugural del transatlántico? Pasaremos a la historia, pequeño, llegaremos a Nueva York en el buque más lujoso del mundo y además en un tiempo record, ése es el objetivo de la White Star Line, ¡no en vano han invertido cerca de 500 millones de francos en su construcción! ¿No te parece un sueño?”.
El muchacho apenas reaccionaba. Decenas de personas de diferentes orígenes y estratos sociales trataban de abrirse paso entre la multitud que ocupaba el puerto de Cherburgo, algunos para embarcar en aquel gigantesco buque que ya exhibía infinidad de pasajeros en sus cubiertas, otros simplemente para verlo partir.
Un oficial los recibió nada más subir a bordo, comprobó los billetes y buscó sus nombres en la lista de viajeros. Eran turistas de primera clase. Les indicó amablemente cómo dirigirse a sus respectivos camarotes y siguió recibiendo al resto del pasaje. Antoine no se separó ni un segundo del matrimonio Lefebre, se mostraba impresionado ante la grandeza de aquel barco y a la vez asustado. Si su madre hubiese ido a despedirlo estaba convencido de que habría salido corriendo en busca de sus brazos, quizá, porque lo sabía, ella había decidido quedarse en casa.
Las suites que les tenían reservadas eran de estilo Imperio, se trataba de dos camarotes conjuntos con todos los lujos imaginables. La de los Lefebre disponía de cubierta de paseo particular, chimenea de carbón en la sala de estar y una gigantesca cama en el dormitorio. La de Antoine, que posiblemente hubiese estado destinada al hijo que el adinerado matrimonio francés nunca tuvo, era más pequeña, pero disponía igualmente de todas las comodidades.
El barco partió de Cherburgo en dirección a Queenstown y al atardecer del día siguiente abandonó la costa irlandesa para abrirse paso hacia el océano. Antoine, aferrado a la barandilla de cubierta, observaba el mar como un espejo azul, convertido en espuma blanca al paso del buque. Algunos delfines saltaban en la lejanía y el pequeño los miró con atención, tratando de ocultar tras aquella bella estampa sus verdaderos temores. A monsieur Lefebre no le pasó desapercibido el desasosiego del muchacho.
—¿Qué te ocurre, chico? ¿No me dirás que te da miedo el mar?
—Me asusta un poco este barco, podría hundirse.
—¿Cómo dices eso? Se trata de un buque insumergible. ¿Has visto lo grande que es?
—Sí, señor, pero el océano es más grande.
El matrimonio Lefebre acompañó al pequeño a dar un paseo por cubierta para que se familiarizara con el entorno. La brisa primaveral se tornaba en frío intenso en alta mar, y los tres pasajeros echaron de menos sus prendas de abrigo, dejadas a buen recaudo en los armarios de sus camarotes. Aprovecharon para visitar algunos de los veintiocho salones que albergaba el buque, la sala de lectura, la cancha de squash y la piscina interior.
Poco a poco los Lefebre comenzaron a relacionarse con otros acaudalados compañeros de viaje, y el pequeño Antoine, tras vencer su temor inicial, se fue atreviendo a manejarse solo, y a inspeccionar, sin la constante compañía del matrimonio protector, todos los rincones del barco.
La llegada de la noche le trajo un espectáculo extraordinario. Jamás había visto en el cielo tantas estrellas juntas. La bóveda celeste se presentaba como una gran fiesta cuajada de farolillos encendidos. Se tumbó en cubierta, a pesar de la baja temperatura reinante, y se dejó llevar por aquella contemplación majestuosa. Una de las estrellas parecía brillar más que el resto y en ella depositó todo su interés. Más tarde, señalando con el dedo índice de su mano derecha aquel astro luminoso, repetiría con voz tenue “asteroide B 612”.
La mañana siguiente amaneció fría pero muy luminosa. Tras el desayuno, Antoine se puso su abrigo de paño y anudó una bufanda de lana alrededor de su cuello, después tomó asiento en cubierta con su cuaderno de dibujo. El mar mostraba ondulaciones perfectas de azul intenso con brillo de plata y el muchacho comenzó a realizar trazos de las olas. Monsieur Lefebre pasó por su lado y le revolvió el pelo. “Voy a la sala de fumadores, chico, si necesitas algo me buscas. Madame Lefebre está tomando un baño turco”. El pequeño asintió con un leve movimiento de cabeza y continuó deslizando el carboncillo por el inmaculado papel, plasmando dibujos diversos que ni él mismo sabía por qué realizaba. Un muchachito de apenas unos seis años lo miraba con atención. Antoine se asustó de aquella presencia casi mágica, apenas unos segundos antes no lo había visto allí. Era un niño extraño. Vestía pantalón de terciopelo y blusa de raso, y lucía un abrigo en forma de capa que le llegaba hasta los pies, cubiertos por elegantes botas negras. Parecía un príncipe escapado de algún cuento. El pequeño se acercó hasta el cuaderno de dibujo y preguntó a Antoine por qué había dibujado un elefante dentro de una boa. El muchacho se quedó asombrado. Minutos antes, varios pasajeros adultos que paseaban por cubierta, no habían entendido aquella silueta trazada en el papel y lo habían felicitado por dibujar un sombrero con tanto estilo. Se disponía a explicar al niño la razón de su dibujo cuando el pequeño príncipe desapareció, y Antoine llegó a pensar que en realidad nunca había existido y que no había sido más que una imagen esbozada por su floreciente imaginación.
Durante la noche fueron invitados a cenar a la mesa del capitán. Monsieur Lefebre tomó asiento junto a la Condesa de Rothes, el joven Antoine lo hizo frente a Bruce Ismay, presidente de la White Star Line, y madame Lefebre compartió confidencias a lo largo de la velada con el Sr. Smith, al que la compañía naviera había confiado el mando de su más moderno transatlántico. El capitán Smith se mostraba feliz, era un orgullo para él concluir su vida de marino con aquel último viaje, ya que su idea era la de retirarse una vez acabada la travesía, después de haber navegado más de dos millones de millas a lo largo de treinta y ocho años de servicio.
Los detalles del impresionante barco donde se encontraban fueron los principales temas de conversación de la noche, y el joven Antoine, aburrido de escuchar cantidades de dinero, toneladas o metros, trató de localizar en el comedor al pequeño niño que había visto durante la mañana, y que, por las vestimentas que lucía, debía ser pasajero de primera clase. No lo volvió a ver.
Dos noches después, el 14 de abril de 1912, cuando el reloj marcaba las once y cuarenta, Marie de Fonscolombe despertaba en el castillo de Saint-Maurice-de-Remens asediada por una terrible pesadilla. Se ahogaba. Tuvo que abandonar el lecho y abrir el amplio ventanal de su alcoba para tomar aire. El pulso le latía con desesperación. Pensó en su hijo, a bordo de un gigantesco barco y a pocos días de llegar a Nueva York, y pidió a Dios que cuidara de él.
A muchas millas de distancia, Antoine observaba de nuevo la magia del cielo estrellado desde la cubierta de primera clase y soñaba una vez más con el momento de poder surcarlo en un gran pájaro de hierro. La noche era especialmente fría y el pequeño llevaba consigo una manta de lana que había cogido del camarote. Pocos pasajeros circulaban por allí y el muchacho, con ganas de conversar, se acercó hasta la torre donde los vigías observaban el horizonte.
—¿No tienes frío, muchacho? —preguntó uno de ellos desde las alturas exhalando abundante vaho.
—Quiero ver las estrellas —gritó Antoine—-. ¿Me pueden dejar unos binoculares?
—Me temo que no va a ser posible, amigo. Se perdieron. Tú mira fijamente una estrella y serás capaz de ver en ella lo que desees —añadió el oficial en un intento de agradar al niño.
—¡Es cierto! —exclamó Antoine mientras miraba el cielo.
—¿Qué has visto, chico?
—Una flor, sobre la estrella hay una flor protegida por una campana de cristal.
El vigía sonrió ante aquella respuesta pero un tirón de la manga por parte de su compañero le hizo volver la vista al frente y la sonrisa se congeló entre sus labios.
—¡Muchacho, vuelve a tu camarote, deprisa!
Antoine no sabía qué estaba sucediendo pero mientras corría en dirección a la suite unas palabras retumbaron en sus oídos como el eco de una explosión: “¡Iceberg por proa! ¡Iceberg por proa!...
Inmediatamente escuchó sonar tres veces la campana de alarma y unos minutos más tarde aquel enorme buque tembló sobre las aguas como si lo hubiese agitado una mano invisible. La cubierta comenzó a llenarse de pasajeros desconcertados, algunos gritaban, otros pedían explicaciones. Los miembros de la tripulación trataban de infundir calma con palabras amables pero sus rostros hablaban de una verdadera tragedia. Pasajeros de segunda y tercera clase comenzaron a ascender como podían a las zonas más altas del buque, la parte inferior se inundaba, el agua entraba con furia y lo arrastraba todo. Los niños lloraban, los padres no sabían cómo consolarlos. Antoine no pudo llegar a su camarote ni tampoco volvió a ver a los Lefebre. Se perdió entre la gente, intentando escapar de lo inevitable. Varios oficiales comenzaron a repartir chalecos salvavidas y a exigir a los pasajeros que se los pusieran. Antoine era un niño pero no por ello incapaz de adivinar la catástrofe que se cernía sobre ellos. Habían chocado contra el iceberg y el barco se hundía.
El capitán salió a cubierta y la gente lo rodeó formulándole todo tipo de preguntas. Antoine no podía escuchar nada, el barullo era enorme. “¡Arriar botes!”, oyó en ese instante, “¡las mujeres y los niños primero!”, y sus pies lo condujeron a toda velocidad hacía aquella voz que gritaba. Los minutos devoraban las esperanzas y la paciencia y aquel gran buque insumergible comenzó a hundirse por proa.
“Tranquilos, viene un barco en nuestra ayuda”, gritó alguien a la multitud. “Permanezcan con calma”. La orquesta tocaba melodías alegres en la cubierta de los botes y los pasajeros de tercera clase se mezclaron con los de primera en el mismo baile de pánico. Hubo peleas entre los hombres e incluso se escucharon algunas detonaciones. Ya había transcurrido más de una hora desde la colisión y el barco se hundía cada vez más por proa. Algunos hombres lanzaban a sus hijos por la borda porque no podían soportar verlos sufrir. Después, desesperados, se lanzaban ellos. Antoine consiguió llegar hasta los botes, un oficial apuntaba a los pasajeros con una pistola y solo permitía subir a mujeres y niños. “¡Eh, chico, ¿dónde está tu madre?”. El muchacho estaba paralizado por el miedo y no conseguía articular palabra. El oficial lo agarró de un brazo y lo lanzó al bote que en esos momentos ya descendía al agua. Antoine sintió un temblor incontrolado por todo su cuerpo. Miró a las demás personas que ocupaban el bote, mujeres y niños con el rostro demudado y el terror en la mirada. Llegaron al mar y consiguieron alejarse del buque lo suficiente como para evitar que una de las grandes chimeneas que acababa de desprenderse de la embarcación les cayera encima. Minutos más tarde escucharon un enorme estruendo y ante las miradas atónitas de todos los ocupantes de los botes, el barco se partió en dos y las aguas comenzaron a succionarlo suavemente, con una delicadeza despiadada. Todavía quedaban cientos de pasajeros a bordo que desaparecieron junto con el insumergible transatlántico. “Se ha ido”, comentaron algunas personas entre sollozos, “no queda nada”.
Cerca de dos horas tuvieron que esperar los supervivientes, soportando la imagen desoladora de los muertos y el frío intenso de aquella noche aciaga, para que apareciera el buque que los arrancó definitivamente de las garras del mar. Antoine nunca olvidaría su nombre: Carpathia.

Semanas después de aquella tragedia y de nuevo en su hogar, el joven Antoine se refugiaba entre los brazos de su madre.
—¡Hijo mío, he estado a punto de mandarte al fondo del océano, no me lo hubiese perdonado nunca!
—Mamá, deseo olvidar esta pesadilla. No hablemos de esto a nadie. Si he de pasar a la historia no quiero que sea como superviviente del Titanic.
—Así será —sentenció Marie con lágrimas en los ojos.

Años más tarde, en 1921, el muchacho ingresó en las Fuerzas Aéreas Francesas para cumplir su sueño, ser aviador. Y fue mucho tiempo después, recordando las estrellas que había presenciado desde la cubierta del Titanic y al pequeño y extraño niño que solo había visto una vez, cuando Antoine de Saint-Exupéry decidió ser escritor.

Maribel Romero Soler.
Finalista de Relato Histórico FERGUTSON.

jueves, 15 de abril de 2010

BREVES NOTAS INFORMATIVAS

Hoy se ha producido el fallo del Certamen de Relato Histórico convocado por Ediciones Fergutson y el relato ganador ha sido KRISTALLNACHT, de Miss Hale (seudónimo). La obra relata la angustia y la desesperanza que se vivió en el que muchos consideran punto de partida del mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad, la noche de los cristales rotos.

Quedo por tanto feliz y contenta como finalista (es lo mío) con mi relato ENTRE EL MAR Y EL CIELO, que, eso sí, formará parte del libro recopilatorio del certamen.

En otro orden de cosas os cuento que, al igual que ocurrió por estas fechas el año pasado, me encuentro en plena tarea de lectura y valoración de textos en mi faceta de jurado de un importante certamen de relato breve. Esta labor me tiene y me va a seguir teniendo un poco apartada de la actividad bloguera habitual, que retomaré en cuanto todo acabe. No obstante si hay alguna noticia importante la contaré.

Por último os comento que en la próxima entrada colgaré el relato histórico finalista, por si a alguien le apetece leerlo.

jueves, 8 de abril de 2010

OCURRIÓ EN LOS ÚLTIMOS DÍAS


Aunque no hay grandes novedades, lo cierto es que en el proceso de recuperar la normalidad los días pasan y dejan su huella, en forma de noticias, ilusiones, esperanzas o sueños.
En los últimos días he recibido la felicitación personal del alcalde de mi ciudad, don Alejandro Soler Mur (que tampoco es mi primo), por haber quedado finalista en el Premio Azorín de Novela. Por el mismo motivo recibí también la felicitación del Ilustre Colegio de Abogados de Elche, donde me encuentro colegiada en la actualidad como abogada no ejerciente. A ambos, por supuesto, les expreso mi agradecimiento.
Sigo sorprendida por el interés que me demuestra toda la gente en leer mi novela, EL PESO DE LAS HORAS, y me consta, incluso, que la han llegado a pedir en una librería, es decir que alguien pidió al librero la novela finalista del Premio Azorín. Y lo más chocante (estrategia del vendedor) es que el librero le dijo que la recibiría en las próximas semanas. Espero que este interés por mi obra les llegue a los de Planeta, con los que, por cierto, todavía no he podido hablar. Sí que he tenido contacto, pero no he podido tratar el tema con la persona a la que le compete. Todo llegará. Seguiré peleando por esta novela fantasma de la que todo el mundo habla sin que exista y de la que espero que todo el mundo hable cuando sea una realidad. Todo transcurre con cierta calma, sin estridencias, pero dejando un poso, una huella que ya es inseparable de mi persona.
Pero hasta que esto ocurra la vida sigue y hay otros asuntos que también quiero compartir. Uno de ellos es que, a finales de febrero, recibí la invitación de mi buena amiga Arlette Geneve, gran escritora como todos sabéis, para que participara con un relato mío en la revista Romantica’s. Me pedía una historia con tintes románticos y para mí fue todo un reto porque Arlette es una artista en el género, genio y figura, pero yo no me muevo con esa facilidad en terrenos del corazón. No obstante acepté agradecida su invitación y participé con el relato LAS AGUJAS DEL RELOJ, que hoy ya se encuentra publicado y se puede leer en el número correspondiente a los meses de marzo y abril. Os dejo el enlace por si queréis echar un vistazo a la revista, muy extensa y de variados contenidos.
En otro orden de cosas, el pasado lunes, día 5, se publicó la lista de finalistas del Certamen de Relato Histórico convocado por Ediciones Fergutson, y tengo la satisfacción de que un relato mío se encuentre entre ellos. El ganador se sabrá el próximo lunes pero el hecho de ser finalista implica que el relato formará parte de un libro que promete ser muy interesante por su contenido histórico.
Conocí a Ediciones Fergutson a través de Marien Garrido, Ladypetera, y participé por primera vez en su certamen de relato convocado el pasado mes de diciembre, en el que ya quedé finalista. En esta ocasión, el reto me parecía muy interesante puesto que nunca había escrito un relato histórico. Tengo que reconocer que disfruté enormemente con el proceso de documentación y con el momento de encajar las piezas de mi particular rompecabezas, en el que fechas, hitos y personajes auténticos tenían que convivir en una trama de ficción. El resultado no ha podido ser más favorable con este reconocimiento como finalista. El próximo lunes sabremos quién es el ganador. De paso os informo de que en la actualidad tienen abierto un certamen de novela corta por entregas, por si alguien se anima a participar.
Y para terminar, y alejándome de lo literario, os diré que la primavera ha entrado en mi casa como una explosión de vida. Hemos plantado petunias en el jardín (de ahí la foto), blancas, rosas y moradas, y nuestros periquitos van a ser padres por primera vez. Se pasan el día en el nido incubando sus dos lindos huevitos (el macho también, que es muy responsable) y este acontecimiento nos tiene a todos embobados delante de la jaula en espera del más mínimo movimiento. No sé si será la fuerza de la vida pero a pesar de los pesares (que los hay) me siento feliz.