domingo, 17 de octubre de 2010

LOS PERROS MUERTOS


Miro por la ventana el desolador paisaje. El cerro, antes cubierto de un verde manto, se asoma ante mis ojos despoblado y triste. Curiosamente a este paraje siempre se le ha conocido como el Monte Pelado. Siempre. Incluso antes de ser arrasado por el incendio forestal que destruyó pinos, carrascas y otras formas de vida. Debía ser un nombre premonitorio. Hoy sólo es una elevación de tierra yerma que se erige sobre el valle herida de muerte, que nos muestra su cabeza rapada, como signo ineludible de haber luchado incansablemente por la vida. Miro el Monte Pelado y recuerdo al tío Seve tras su última sesión de quimioterapia, sentado en su sillón favorito, intentando esbozar una sonrisa mientras nos decía a todos “esta puñetera no va a poder conmigo”, pero pudo, desgraciadamente pudo.
Ya han transcurrido cinco años desde su muerte y apenas uno desde la mía. Sí, desde mi muerte, así he decidido llamarlo. ¿Cómo denominar si no a este infierno que me asola?
Mientras lo miro, se me ocurre un nuevo apelativo para el Monte Pelado, quizás el Monte Olvidado, porque este recóndito rincón del mundo parece haber sido creado para el olvido, así vivimos aquí, olvidados, aunque nosotros, pobres infelices, no podemos olvidar.
Estoy cansada. Cansada de ver siempre la misma tristeza, pero no puedo moverme. Sólo me queda cerrar los ojos y soñar con la imagen del paisaje exuberante que nunca contemplaré. Pronto vendrán a trasladarme del sillón a la cama, así lo dijo hace un ratito la enfermera rubia con acento extranjero. Pronto. Si pudiera hablar pediría para mi ventana macetas de barro con geranios rojos, como las que adornaban los balcones de la casa de la abuela, en el pueblo, esas flores atrevidas que parecían provocar con el descaro de una mujerzuela el rigor de las paredes blancas recién pintadas. Quiero alegría. Quiero saber qué ropa está de moda. Quiero oler un perfume nuevo, floral y especiado, o fresco y salvaje, quizás una fragancia marina.
Entra la enfermera acompañada de dos ayudantes. Me cogen sin esfuerzo, debo pesar muy poco, y me trasladan en apenas unos segundos a la cama. Los asistentes, dos chicos de apenas veinte años, ni siquiera me miran, salen enseguida de mi cuarto, y ella, la enfermera, me tapa hasta el cuello y me toca la frente, después se va.
Allí estoy, mirando el techo, no quiero dormir, no es hora de dormir todavía, y pienso entonces en la última vez que algún miembro de mi familia vino a visitarme. Hace ya tiempo pero no sé medir el tiempo, no tengo reloj, en realidad no lo necesito, no hace falta que ningún artilugio me indique cada cuantos segundos me consumo porque no hago otra cosa que consumirme. Sí, ya lo recuerdo. La última persona fue mi madre y vino acompañada de una amiga, o vecina o familiar, yo no la conocía. Lloró como siempre. Me peinó y me lavó la cara con unas toallitas húmedas, en un gesto automático que repite en cada una de sus visitas. Tomó mi mano derecha y se la mostró deforme y retorcida a su acompañante mientras le decía: “ya ves, así ha quedado, totalmente paralizada, no habla, no anda, y con la mentalidad de una niña de ocho años”. Y yo pienso ¿qué les pasa a las niñas de ocho años?, ¿nadie se da cuenta de que las niñas de ocho años sienten y padecen? Me siento un monstruo, una atracción de circo, la mujer barbuda, el hombre más pequeño del mundo, la pulga torero.
Mi madre continuó: “conducía ella, con lo prudente que siempre ha sido al volante, ¿cómo se le ocurrió adelantar en una curva? Ahí la tienes, con treinta y cinco años y dos hijos de cuatro y seis”.
Mis hijos, cuatro y seis años, cuánto tiempo hace que no los veo. Cuatro y seis años. Ya les queda menos para cumplir ocho, mi edad, así podremos jugar los tres juntos. ¿Podremos? Recuerdo sus caritas de ángel, rubios, con ojos castaños, el pequeño siempre ha tenido mucho carácter y el mayor es sensible y delicado, como las amapolas que crecen a los lados de las carreteras. No recuerdo la carretera ni la curva. Una vez pregunté a Eloy ¿quién retira los perros muertos de las carreteras? Me inquieta ver un perro atropellado en medio del asfalto, con las tripas fuera o sencillamente tumbado como si durmiera un plácido sueño, no puedo verlo, me entristece enormemente, pero ¿quién se los lleva? ¿Existe algún ángel recogeperros?
Eloy, mi marido. Hace un año que no lo veo, desde el accidente. Murió. Se lo oí decir a mi madre en una de sus visitas, lo comentaba con la amiga que vino a acompañarla, totalmente ajena al dolor que me causaban sus palabras. Me pareció cruel y deseé que se marchara.
Ahora la echo de menos y quiero que vuelva a verme, que traiga a sus amigas, a sus primas, que traiga a una excursión, que cobre por ello, pero que vuelva, que me muestre como un ejemplo de la imprudencia, de la fatalidad, que me peine y me lave la cara con toallitas húmedas, que me ponga colonia barata sobre el camisón y las sábanas de mi cama, pero que vuelva.
Entra otra enfermera. Ya ha cambiado el turno. También es extranjera, colombiana creo.
Disuelve en un vaso de agua el contenido de un pequeño sobre blanco y remueve la mezcla con una cucharilla mientras me pregunta “¿cómo estás mi amor?”. Sé que es una forma de hablar pero me gusta oírla, me gusta ser el amor de alguien. Acerca el vaso hasta casi rozar mi cara e introduce una goma flexible en el recipiente por uno de sus extremos y en mi boca por el otro animándome a succionar. Sabe que no quiero. Es un sedante para que duerma y yo no quiero dormir, sólo me queda pensar, recordar y no deseo ser privada de ese privilegio. “Venga mi amor, un poquito”, me da golpecitos suaves en la mejilla, nunca se enfada. “Bebe agüita buena”. Finalmente bebo, me lo dice con tanta dulzura que no me puedo negar, además ya he aprendido a vencer al sedante, aunque me lo tome no puede conmigo, me duermo cuando yo quiero, al menos en eso mando.
Todavía me queda algo de tiempo para recordar a Eloy. Nos queríamos. Nos conocimos en el instituto y siempre estuvimos juntos. Aquella noche habíamos salido a cenar con amigos. La típica cena que se organiza una vez al año para quedar con los amigos de siempre a los que curiosamente no ves nunca. Habíamos bebido, Eloy más que yo, por eso cogí el coche. Él me preguntó “¿estás bien?” mientras me daba las llaves, y yo le contesté “¿no me ves?”, en un tono sugerente, preludio de la sorpresa que tenía preparada para él cuando llegáramos a casa, pero nunca llegamos a casa.
Los niños estaban con mi hermana, con quien viven ahora, lo sé por mi madre, como todas las cosas que sé desde que estoy aquí. Ella no se siente con fuerzas para cuidarlos, está mayor y rota por el dolor, es mejor que vivan con su tía, los quiere como hijos, como los hijos que nunca pudo tener. Ahora los veo, alegres y juguetones, pisando el césped del parque mientras su padre los persigue haciéndose pasar por un monstruo terrible, reímos todos y yo saco el móvil y les hago una foto. Somos felices. Sí, felices, este es el síntoma de que ya me voy a dormir, el sedante, a pesar de todo mi esfuerzo, está haciendo su efecto.

Los primeros rayos de sol entran por la ventana, los percibo a través de los ojos cerrados y no los quiero abrir, intento recordar lo que he soñado esa noche pero el sueño se desvanece como el humo de un cigarrillo. Oigo el traqueteo de los carros que ya circulan por los pasillos, las asistentas van a entrar a las habitaciones a asearnos. Pienso en el edificio donde nos encontramos, en lo alto del Monte Pelado, un antiguo convento de monjas de clausura que conserva sus formas sacras, aunque en el proceso de remodelación le han dado un aire modernista. No es feo, quizás lo hacemos feo nosotros, los internos. Si fuera un hotel estoy segura de que tendría un gran éxito, “un antiguo convento, alejado del mundanal ruido, en lo alto de una montaña, una pasada”, eso dirían todos los que lo hubieran visitado.
Entra una asistenta y me dice buenos días, entonces abro los ojos y observo que el sol invade ya gran parte de la habitación. “Hoy tienes visita”, me dice, “vamos a ponerte guapa”. Me pongo muy contenta por la noticia y quiero ponerme guapa. Entre dos auxiliares me lavan, levantan mi cuerpo y me cambian las sábanas porque se han mojado un poco durante la noche. Yo no noto nada, ningún dolor, ninguna sensación, no noto sus manos sobre mí y esa falta de sensibilidad me angustia cada día. Por fin me levantan de la cama y me sientan en el sillón, frente a la ventana, donde yo quiero colocar los geranios rojos.
A los pocos minutos veo entrar a mi madre acompañada del doctor y yo soy feliz. Ella me besa mil veces e inmediatamente saca el cepillo de su bolso para peinarme y deja el frasco de colonia encima de la cama. Pregunta al doctor por enésima vez “¿podrá andar?, ¿podrá hablar?”. El doctor le explica con paciencia los pormenores de la fisioterapia, la rehabilitación, los ejercicios bajo el agua, y ella insiste “¿podrá andar?, ¿podrá hablar?”. El especialista sonríe y aprieta su brazo en un gesto cariñoso y solidario. Entonces le expone a mi madre que la dirección del centro ha decidido grabar a los internos y mostrar esas imágenes al público, para que la gente tome conciencia de los verdaderos peligros de la carretera, porque no hace falta inventarse nada para llegar al corazón del ser humano, no hace falta inventar, sólo mostrar la realidad, y en ese centro estamos los más perjudicados por accidentes de circulación, en algunos casos, como yo, verdaderos despojos humanos. A mí me parece una idea excelente, es ya para lo único que puedo ser útil, pero veo sorprendida que mi madre se niega. “No, doctor. Ella ha sido muy guapa, guapísima, y no quiero que nadie la vea así”. Él insiste y le pide que lo piense con más calma, que tiene tiempo para contestar, pero que no olvide que podemos ayudar a mucha gente, “una imagen vale más que mil palabras”, le dice. Mi madre comienza a peinarme y no comenta nada y yo quiero hablar, yo quiero decir que estoy de acuerdo e intento hacerlo con la mirada, noto que los ojos están a punto de salírseme de las órbitas pero ellos no se dan cuenta, me duele la cabeza por el esfuerzo, mi madre no deja de peinarme y el médico, a pesar de no tener prisa, todavía espera una contestación. En ese momento concentro todas mis fuerzas, reúno la poca energía que me queda, y del mismo modo que el día que contraje matrimonio logro decir “sí quiero”. A mi madre se le cae el cepillo de la mano y el doctor se levanta rápidamente como si le hubiera dado la corriente, los dos se miran maravillados y piensan que lo que acaba de ocurrir es glorioso, sin duda el principio de mi verdadera recuperación, esas dos palabras significan que comprendo y decido, que tengo voluntad y la controlo, y a partir de ahí se presenta una nueva oportunidad de vida para mí, y yo, sinceramente, también lo creo.

Maribel Romero Soler.
Primer accésit XXVI Concurso de Cuentos "Los Cuentos de La Granja". 2008.

13 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Jo.
No sé ni que decirte.
La conmoción es de tal calibre que me he quedado en blanco.
Tu relato golpea y golpea sin descanso.
Me voy roto.

Felicidades.

Besos.

Winnie0 dijo...

Pues a mi me has impactado y me has dejado esperanzada...me has dejado viendo una luz posible para una situación absolutamente terrible.....
Quizás no sabes cómo me impresiona el título que le has puesto...le he dado muchas vueltas.....Es un detalle...es un momento en la lectura...es el titulo perfecto Maribel
Un beso

Alicia Uriarte dijo...

Maribel, es un relato intenso y con fuerza, a pesar de la dureza de la situación que relatas. Eres una maestra de las palabras y de saber transmitir sentimientos con ellas.
¡Felicidades! Desde luego un merecido premio.

Te comento que para el día 5 de noviembre tengo concertado, al igual que el curso pasado, la visita al centro de un discapacitado-va en silla de ruedas desde que tras una fiesta cogió el coche en no buenas condiciones-. Le paga el Gobierno Vasco y trabaja dentro de un programa que se llama "Te puede pasar a ti". El año pasado me impresionó y al alumnado mayor de nuestro centro también. He ido rememorando sus primeros recuerdos tras el accidente a lo largo de tu relato. Él también dijo "si quiero" y de verdad te digo que es de agradecer que se integren al mundo laboral ayudando, con el relato de su experiencia, a que no les suceda a otros.

Un fuerte abrazo.

Mari Carmen Azcona dijo...

“ ...porque no hace falta inventarse nada para llegar al corazón del ser humano, no hace falta inventar, sólo mostrar la realidad...”

Todo el relato es impactante, desgarrador...delicadamente escrito y lleno de sensibilidad. No solamente es una historia sino, como dices en esa maravillosa frase extraída de tu relato, un camino al corazón, a la conciencia y a la reflexión.

No hace falta inventar, solo mostrar la realidad, gracias por hacerlo.

Besos y un fuerte abrazo.

Susana dijo...

Uff... resulta que he hecho un alto en mi trabajo y he venido a tu blog a ver qué habías colgado. He dudado si quedarme o no, porque no tenía mucho tiempo, pero en cuanto he empezado a leer no he podido parar ya. Es un relato buenísimo, Maribel. Duro e intensísimo, pero muy bueno.

Enhorabuena.

Un abrazo.

Natalia dijo...

Te felicito, Maribel. Creo que es uno de tus mejores relatos, de verdad. Tienes un gran talento, un don precioso para tratar con sentimientos y provocar cientos de sensaciones con tus palabras. Me ha resultado muy impactante, de verdad.

Como siempre; un placer leerte, un saludo y hasta la próxima.

Maribel dijo...

Toro, Winnie, Alicia, Mari Carmen, Susana y Natalia, muchas gracias por vuestro tiempo y vuestra sensibilidad.
Gracias a todos por los comentarios.
Abrazos.

MiánRos dijo...

Extraordinaria narrativa, Maribel. Felicidades.
Es un relato ferozmente real y generoso en emociones; me dejas sin palabras.
Un fuerte abrazo.
Mián Ros

Jose Ignacio dijo...

Hola Maribel. Sabes que gracias a ti, tuve oportunidad de leer tu relato hace algún tiempo y hoy que he vuelto a leerlo me ha parecido excepcional. He recreado las imágenes sugerentes que describes, el sufrimiento, pero también las ganas de seguir viviendo.
En fin ha sido un verdadero placer releer tu relato y te felicito de nuevo por el premio.
Un beso.
José Ignacio

José Antonio López Rastoll dijo...

Hola Maribel,

Me ha encantado el cuento. Sabes extraer el punto justo de sensibilidad con tu jeringuilla de escritora sin caer en la sensiblería tontorrona.
Sólo una pequeña incongruencia, si me lo permites: si ella no tiene reloj, ¿cómo puede saber que hace un año desde el accidente?
En cualquier caso, una auténtica pasada de relato y un final extraordinario. Me tengo que aplicar el cuento para las noches de marcha.


Un abrazote.

Maribel dijo...

Gracias por leerlo, Mián, sé que todos tenemos poco tiempo.

Cierto, José Ignacio, tú ya lo habías leído. A veces ocurre que cuando dejas pasar el tiempo y relees un texto te sorprende más que la primera vez. Me pasó hasta a mí (que ya es decir) cuando lo rescaté el domingo para colgarlo en el blog.

¡Qué observador, José Antonio! Eso es saber leer. Bueno, diré en mi defensa que no le hizo falta el reloj para saber que había transcurrido un año desde el accidente, tal vez se lo oyó decir a un médico, a una enfermera, a su madre en alguna visita... Jeje.

Abrazos para todos.

José Antonio López Rastoll dijo...

Fue dejar el comentario y pensarlo: se lo puede haber oído a una enfermera, a un familiar...
Chica, uno anda paranoico con la verosimilitud.
Nos leemos.

sergio astorga dijo...

Maribel, rotundo.
Ya había tenido el gusto de leerlo y sigue intacto.

Un abrazo vivo.
Sergio Astorga