sábado, 17 de abril de 2010

ENTRE EL MAR Y EL CIELO



Marie de Fonscolombe entró al gran salón del castillo como una exhalación. Portaba unos documentos en la mano y se la veía excitada y feliz.
—¿Dónde está Antoine? —preguntó a su tía.
—Juega en el jardín, pero ¿a qué se debe tanto entusiasmo, querida?
—Lo he conseguido tía, Antoine viajará a Nueva York.
Una hora después, madre e hijo conversaban animadamente junto al calor del hogar. Marie acariciaba el pelo a su pequeño mientras le hacía partícipe de la gran noticia. Sus abuelos le habían costeado un pasaje en el barco más lujoso del mundo. Pronto cumpliría doce años y era importante para su formación que conociera otros países, otras culturas y otras lenguas. Marie siempre había soñado con la posibilidad de que uno de sus hijos fuera diplomático, hubiese sido también el deseo de su difunto esposo, y creía que de sus cinco vástagos, Antoine reunía todos los requisitos para poder lograrlo.
—Pero mamá, a mí lo que me gusta es el cielo, yo quiero volar.
—¡Bah, tonterías! Serás envidiado. Tus abuelos han tenido que pagar mucho dinero por un billete de primera clase. He debido suplicarles, rogarles, ponerme de rodillas para que accedieran. ¡Compréndelo! En ese barco viajarán artistas, políticos, empresarios, hombres de ciencias, y los dueños de los bolsillos más acaudalados de Inglaterra y Francia. Solo la travesía será una aventura apasionante, Antoine. Tienes a tu alcance una gran oportunidad
—¿Vendrás conmigo?
—No puedo, mi vida —Marie besó con cariño la frente de su hijo—, debo cuidar de tus hermanos. Viajarás con el matrimonio Lefebre, son grandes amigos de la familia y están encantados de que les acompañes. En Nueva York te recogerá Gertrude Stein, ¿la recuerdas? Es escritora, norteamericana, la conocimos en Lyon, una mujer de vasta cultura en todos los campos del saber, un verdadero icono en los ambientes intelectuales, tanto en Europa como en América, con ella aprenderás mucho, hijo. Gertrude y su compañera Alice te acogerán en su casa durante un par de meses. ¡No me negarás que es un gran regalo de cumpleaños!
El joven Antoine no dijo nada. Veía la inmensa felicidad que irradiaba el rostro de su madre, a la que tanto adoraba, y no quiso contrariarla. Él no deseaba viajar a América ni ser diplomático. Su sueño era otro, convertirse en aviador, surcar los cielos como un pájaro valiente, y observar, desde las alturas, el mundo en miniatura, tan insignificante en comparación con el espacio ilimitado. Miró por la ventana y se detuvo un instante en la contemplación de las nubes mientras soñó, una vez más, con el momento de poder tocarlas.
—¿El viaje será entonces el 29 de junio? —preguntó el pequeño pensando en el día en que cumpliría los doce años.
—No, mi amor. Los viajes no se ajustan a los cumpleaños, son los cumpleaños los que deben ajustarse a los calendarios de las compañías navieras. El buque zarpará el próximo 10 de abril desde Southampton (Inglaterra), y hará escala en Francia, concretamente en Cherburgo, allí embarcarás. Antoine suspiró. Estaban en el último día de marzo y según los planes de Marie muy pronto abandonaría su hogar y a los suyos para adentrarse en un mundo que no anhelaba, surcando unas aguas que en realidad le daban miedo y dirigiéndose a unos brazos desconocidos en un país desconocido. Se retiró a su cuarto y se entretuvo largo rato dibujando el firmamento y garabateando lo que parecía ser el inicio de un cuento fantástico. A Antoine le gustaba escribir y también dibujar, por ello pensó que no debía olvidarse de introducir sus cuadernos en la maleta que muy pronto se vería obligado a preparar con la ayuda de su madre.
El 8 de abril de 1912, a hora muy temprana, el matrimonio Lefebre recogía a Antoine en el castillo de Saint-Maurice-de-Remens, donde residía con su familia. Su madre prefirió no acompañarlo hasta Cherburgo y en la pequeña localidad del departamento de Ain se despidió de él con lágrimas en los ojos. “Eres un privilegiado, hijo, no lo olvides”.
Dos días más tarde, el 10 de abril de 1912, el pequeño Antoine, a sus todavía once años de edad, se disponía a embarcar en el buque más impresionante que hubiera imaginado nunca. La sola visión de aquel gigante de hierro le resultaba sobrecogedora. Madame Lefebre, atenta a su conmoción, lo tomó de la mano para cruzar la pasarela. “¿Te ha explicado tu madre que éste es el viaje inaugural del transatlántico? Pasaremos a la historia, pequeño, llegaremos a Nueva York en el buque más lujoso del mundo y además en un tiempo record, ése es el objetivo de la White Star Line, ¡no en vano han invertido cerca de 500 millones de francos en su construcción! ¿No te parece un sueño?”.
El muchacho apenas reaccionaba. Decenas de personas de diferentes orígenes y estratos sociales trataban de abrirse paso entre la multitud que ocupaba el puerto de Cherburgo, algunos para embarcar en aquel gigantesco buque que ya exhibía infinidad de pasajeros en sus cubiertas, otros simplemente para verlo partir.
Un oficial los recibió nada más subir a bordo, comprobó los billetes y buscó sus nombres en la lista de viajeros. Eran turistas de primera clase. Les indicó amablemente cómo dirigirse a sus respectivos camarotes y siguió recibiendo al resto del pasaje. Antoine no se separó ni un segundo del matrimonio Lefebre, se mostraba impresionado ante la grandeza de aquel barco y a la vez asustado. Si su madre hubiese ido a despedirlo estaba convencido de que habría salido corriendo en busca de sus brazos, quizá, porque lo sabía, ella había decidido quedarse en casa.
Las suites que les tenían reservadas eran de estilo Imperio, se trataba de dos camarotes conjuntos con todos los lujos imaginables. La de los Lefebre disponía de cubierta de paseo particular, chimenea de carbón en la sala de estar y una gigantesca cama en el dormitorio. La de Antoine, que posiblemente hubiese estado destinada al hijo que el adinerado matrimonio francés nunca tuvo, era más pequeña, pero disponía igualmente de todas las comodidades.
El barco partió de Cherburgo en dirección a Queenstown y al atardecer del día siguiente abandonó la costa irlandesa para abrirse paso hacia el océano. Antoine, aferrado a la barandilla de cubierta, observaba el mar como un espejo azul, convertido en espuma blanca al paso del buque. Algunos delfines saltaban en la lejanía y el pequeño los miró con atención, tratando de ocultar tras aquella bella estampa sus verdaderos temores. A monsieur Lefebre no le pasó desapercibido el desasosiego del muchacho.
—¿Qué te ocurre, chico? ¿No me dirás que te da miedo el mar?
—Me asusta un poco este barco, podría hundirse.
—¿Cómo dices eso? Se trata de un buque insumergible. ¿Has visto lo grande que es?
—Sí, señor, pero el océano es más grande.
El matrimonio Lefebre acompañó al pequeño a dar un paseo por cubierta para que se familiarizara con el entorno. La brisa primaveral se tornaba en frío intenso en alta mar, y los tres pasajeros echaron de menos sus prendas de abrigo, dejadas a buen recaudo en los armarios de sus camarotes. Aprovecharon para visitar algunos de los veintiocho salones que albergaba el buque, la sala de lectura, la cancha de squash y la piscina interior.
Poco a poco los Lefebre comenzaron a relacionarse con otros acaudalados compañeros de viaje, y el pequeño Antoine, tras vencer su temor inicial, se fue atreviendo a manejarse solo, y a inspeccionar, sin la constante compañía del matrimonio protector, todos los rincones del barco.
La llegada de la noche le trajo un espectáculo extraordinario. Jamás había visto en el cielo tantas estrellas juntas. La bóveda celeste se presentaba como una gran fiesta cuajada de farolillos encendidos. Se tumbó en cubierta, a pesar de la baja temperatura reinante, y se dejó llevar por aquella contemplación majestuosa. Una de las estrellas parecía brillar más que el resto y en ella depositó todo su interés. Más tarde, señalando con el dedo índice de su mano derecha aquel astro luminoso, repetiría con voz tenue “asteroide B 612”.
La mañana siguiente amaneció fría pero muy luminosa. Tras el desayuno, Antoine se puso su abrigo de paño y anudó una bufanda de lana alrededor de su cuello, después tomó asiento en cubierta con su cuaderno de dibujo. El mar mostraba ondulaciones perfectas de azul intenso con brillo de plata y el muchacho comenzó a realizar trazos de las olas. Monsieur Lefebre pasó por su lado y le revolvió el pelo. “Voy a la sala de fumadores, chico, si necesitas algo me buscas. Madame Lefebre está tomando un baño turco”. El pequeño asintió con un leve movimiento de cabeza y continuó deslizando el carboncillo por el inmaculado papel, plasmando dibujos diversos que ni él mismo sabía por qué realizaba. Un muchachito de apenas unos seis años lo miraba con atención. Antoine se asustó de aquella presencia casi mágica, apenas unos segundos antes no lo había visto allí. Era un niño extraño. Vestía pantalón de terciopelo y blusa de raso, y lucía un abrigo en forma de capa que le llegaba hasta los pies, cubiertos por elegantes botas negras. Parecía un príncipe escapado de algún cuento. El pequeño se acercó hasta el cuaderno de dibujo y preguntó a Antoine por qué había dibujado un elefante dentro de una boa. El muchacho se quedó asombrado. Minutos antes, varios pasajeros adultos que paseaban por cubierta, no habían entendido aquella silueta trazada en el papel y lo habían felicitado por dibujar un sombrero con tanto estilo. Se disponía a explicar al niño la razón de su dibujo cuando el pequeño príncipe desapareció, y Antoine llegó a pensar que en realidad nunca había existido y que no había sido más que una imagen esbozada por su floreciente imaginación.
Durante la noche fueron invitados a cenar a la mesa del capitán. Monsieur Lefebre tomó asiento junto a la Condesa de Rothes, el joven Antoine lo hizo frente a Bruce Ismay, presidente de la White Star Line, y madame Lefebre compartió confidencias a lo largo de la velada con el Sr. Smith, al que la compañía naviera había confiado el mando de su más moderno transatlántico. El capitán Smith se mostraba feliz, era un orgullo para él concluir su vida de marino con aquel último viaje, ya que su idea era la de retirarse una vez acabada la travesía, después de haber navegado más de dos millones de millas a lo largo de treinta y ocho años de servicio.
Los detalles del impresionante barco donde se encontraban fueron los principales temas de conversación de la noche, y el joven Antoine, aburrido de escuchar cantidades de dinero, toneladas o metros, trató de localizar en el comedor al pequeño niño que había visto durante la mañana, y que, por las vestimentas que lucía, debía ser pasajero de primera clase. No lo volvió a ver.
Dos noches después, el 14 de abril de 1912, cuando el reloj marcaba las once y cuarenta, Marie de Fonscolombe despertaba en el castillo de Saint-Maurice-de-Remens asediada por una terrible pesadilla. Se ahogaba. Tuvo que abandonar el lecho y abrir el amplio ventanal de su alcoba para tomar aire. El pulso le latía con desesperación. Pensó en su hijo, a bordo de un gigantesco barco y a pocos días de llegar a Nueva York, y pidió a Dios que cuidara de él.
A muchas millas de distancia, Antoine observaba de nuevo la magia del cielo estrellado desde la cubierta de primera clase y soñaba una vez más con el momento de poder surcarlo en un gran pájaro de hierro. La noche era especialmente fría y el pequeño llevaba consigo una manta de lana que había cogido del camarote. Pocos pasajeros circulaban por allí y el muchacho, con ganas de conversar, se acercó hasta la torre donde los vigías observaban el horizonte.
—¿No tienes frío, muchacho? —preguntó uno de ellos desde las alturas exhalando abundante vaho.
—Quiero ver las estrellas —gritó Antoine—-. ¿Me pueden dejar unos binoculares?
—Me temo que no va a ser posible, amigo. Se perdieron. Tú mira fijamente una estrella y serás capaz de ver en ella lo que desees —añadió el oficial en un intento de agradar al niño.
—¡Es cierto! —exclamó Antoine mientras miraba el cielo.
—¿Qué has visto, chico?
—Una flor, sobre la estrella hay una flor protegida por una campana de cristal.
El vigía sonrió ante aquella respuesta pero un tirón de la manga por parte de su compañero le hizo volver la vista al frente y la sonrisa se congeló entre sus labios.
—¡Muchacho, vuelve a tu camarote, deprisa!
Antoine no sabía qué estaba sucediendo pero mientras corría en dirección a la suite unas palabras retumbaron en sus oídos como el eco de una explosión: “¡Iceberg por proa! ¡Iceberg por proa!...
Inmediatamente escuchó sonar tres veces la campana de alarma y unos minutos más tarde aquel enorme buque tembló sobre las aguas como si lo hubiese agitado una mano invisible. La cubierta comenzó a llenarse de pasajeros desconcertados, algunos gritaban, otros pedían explicaciones. Los miembros de la tripulación trataban de infundir calma con palabras amables pero sus rostros hablaban de una verdadera tragedia. Pasajeros de segunda y tercera clase comenzaron a ascender como podían a las zonas más altas del buque, la parte inferior se inundaba, el agua entraba con furia y lo arrastraba todo. Los niños lloraban, los padres no sabían cómo consolarlos. Antoine no pudo llegar a su camarote ni tampoco volvió a ver a los Lefebre. Se perdió entre la gente, intentando escapar de lo inevitable. Varios oficiales comenzaron a repartir chalecos salvavidas y a exigir a los pasajeros que se los pusieran. Antoine era un niño pero no por ello incapaz de adivinar la catástrofe que se cernía sobre ellos. Habían chocado contra el iceberg y el barco se hundía.
El capitán salió a cubierta y la gente lo rodeó formulándole todo tipo de preguntas. Antoine no podía escuchar nada, el barullo era enorme. “¡Arriar botes!”, oyó en ese instante, “¡las mujeres y los niños primero!”, y sus pies lo condujeron a toda velocidad hacía aquella voz que gritaba. Los minutos devoraban las esperanzas y la paciencia y aquel gran buque insumergible comenzó a hundirse por proa.
“Tranquilos, viene un barco en nuestra ayuda”, gritó alguien a la multitud. “Permanezcan con calma”. La orquesta tocaba melodías alegres en la cubierta de los botes y los pasajeros de tercera clase se mezclaron con los de primera en el mismo baile de pánico. Hubo peleas entre los hombres e incluso se escucharon algunas detonaciones. Ya había transcurrido más de una hora desde la colisión y el barco se hundía cada vez más por proa. Algunos hombres lanzaban a sus hijos por la borda porque no podían soportar verlos sufrir. Después, desesperados, se lanzaban ellos. Antoine consiguió llegar hasta los botes, un oficial apuntaba a los pasajeros con una pistola y solo permitía subir a mujeres y niños. “¡Eh, chico, ¿dónde está tu madre?”. El muchacho estaba paralizado por el miedo y no conseguía articular palabra. El oficial lo agarró de un brazo y lo lanzó al bote que en esos momentos ya descendía al agua. Antoine sintió un temblor incontrolado por todo su cuerpo. Miró a las demás personas que ocupaban el bote, mujeres y niños con el rostro demudado y el terror en la mirada. Llegaron al mar y consiguieron alejarse del buque lo suficiente como para evitar que una de las grandes chimeneas que acababa de desprenderse de la embarcación les cayera encima. Minutos más tarde escucharon un enorme estruendo y ante las miradas atónitas de todos los ocupantes de los botes, el barco se partió en dos y las aguas comenzaron a succionarlo suavemente, con una delicadeza despiadada. Todavía quedaban cientos de pasajeros a bordo que desaparecieron junto con el insumergible transatlántico. “Se ha ido”, comentaron algunas personas entre sollozos, “no queda nada”.
Cerca de dos horas tuvieron que esperar los supervivientes, soportando la imagen desoladora de los muertos y el frío intenso de aquella noche aciaga, para que apareciera el buque que los arrancó definitivamente de las garras del mar. Antoine nunca olvidaría su nombre: Carpathia.

Semanas después de aquella tragedia y de nuevo en su hogar, el joven Antoine se refugiaba entre los brazos de su madre.
—¡Hijo mío, he estado a punto de mandarte al fondo del océano, no me lo hubiese perdonado nunca!
—Mamá, deseo olvidar esta pesadilla. No hablemos de esto a nadie. Si he de pasar a la historia no quiero que sea como superviviente del Titanic.
—Así será —sentenció Marie con lágrimas en los ojos.

Años más tarde, en 1921, el muchacho ingresó en las Fuerzas Aéreas Francesas para cumplir su sueño, ser aviador. Y fue mucho tiempo después, recordando las estrellas que había presenciado desde la cubierta del Titanic y al pequeño y extraño niño que solo había visto una vez, cuando Antoine de Saint-Exupéry decidió ser escritor.

Maribel Romero Soler.
Finalista de Relato Histórico FERGUTSON.

25 comentarios:

Susana dijo...

Ooh... ¡me ha encantado! Se me pone el vello de punta sólo de pensar en lo que debió pasar toda aquella gente; en el pánico y el caos que debió reinar en aquel barco. He leído sobre el Titanic , he visto películas, y no consigo dejar de estremecerme con la historia. Con tu relato, además, me ha enternecido pensar que gracias al azar, un niño pequeño que sólo quería ser piloto salvó su vida aquella noche y se convirtió en el creador de El Principito, uno de mis libros favoritos.

Estremecedor y tierno tu relato. Gracias.

Un besote

TORO SALVAJE dijo...

Impresionante relato.
Me ha cautivado de principio a fin.
Que maravilla. Que bien escribes.
Felicidades.

Besos.

Winnie0 dijo...

Maribel ¡cómo mo ser finalista!!! Es precioso. Se me iluminaba la cara con los nuevos ´datos. Su nombre, los dibujos "del principito"...¡qué buen ritmo que me ha hecho seguir todo el relato! Gracias por publicarlo.....un beso enorme

Jose Ignacio dijo...

Felicidades Maribel. Me ha encantado el relato, que sin duda merecería ser el ganador del concurso.
Estoy deseando que puedas publicar tu novela del Azorín para leerla.
Bueno, simplemente agradecerte que compartas con nosotros tus relatos y tus cuentos, que siempre nos aportan cosas interesantes y nos invitan a visitar lugares increíbles.
Un beso.
José Ignacio

Mari Carmen Azcona dijo...

Maribel, veo que Principito te ha domesticado y te ha enseñado a domesticarnos...Magnífico relato, he pasado angustia, he viajado a las estrellas, he acariciado el mundo de los sueños...Seguro que no ha ganado porque el jurado ha considerado que no es suficientemente histórico. Serán de los que consideran que no está probado la existencia del asteroide “B 612”.

¡Qué original! Ahora entiendo lo que decías de que el texto no era un relato histórico al uso. Por favor, sigue incumpliendo las normas y los usos.

Besos y abrazos.

Lola Mariné dijo...

Fantástico relato, Maribel, mantienes la emoción en todo momento con una forma de narrar maravillosa.
Nena,tu vales mucho.
Feliz domingo.

Maribel dijo...

Susana, Toro, Winnie, José Ignacio, Mari Carmen y Lola, os agradezco muchísimo a todos que os hayáis molestado en leer el relato, que no es un micro precisamente. Y muchas gracias por vuestras palabras siempre amables.

Abrazos.

Rafa dijo...

Muy bueno el relato. Yo creo que el Principito se le apareció en aquel barco, para que escribiera sobre él.

A veces los personajes de las Historias tb reclaman su lugar en el mundo. jejejejejejeje

Besotes

Maribel dijo...

Gracias, Rafa. Yo creo que si, que los personajes buscan su espacio.
Un abrazo.

B. Miosi dijo...

Me ha encantado este relato que mezcla la realidad y la fantasía. No conozco la vida de Antoine de Saint-Exupéry, si esto formó parte de su vida es increíble tu manera de relatarlo, si no fue así, tiene más mérito aún. Un hermoso cuento merecedor de un premio.

Besos!
Blanca

Marien dijo...

Qué estupenda mezcla has hecho en este relato histórico y fantástico. Me ha encantado la originalidad del personaje que ha incluido entre los pasajeros del Titanic. Ha sido un gran acierto. Me encantó el Principito. Eres de nuevo una gran finalista. ESpero que hayas participado con una novela corta, me encantará leerte. Yo no puedo con ese reto.
Ánimo con tu papel de jurado y de nuevo felicidades por tus triunfos.
Besos

José Antonio López Rastoll dijo...

Hola Maribel,


No es que El Principito sea mi libro predilecto, pero sí has elegido una escena del mismo: la del sombrero/boa-elefante que simboliza la visión del mundo de alguien corriente y de alguien con un poco de imaginación.
A menudo, cuando llevo a mi hijo al colegio, y me paro a charlar con alguna madre me pregunto: ¿es que esta maruja no ve más allá del tengo que ir a comprar a mercadona?
Por supuesto que escribes bien; tus horas de trabajo te costará. Lo que me llama la atención de tu relato es la originalidad. Nunca creí que El Titanic y el autor del Principito pudieran quedar bien en un cuento.
Un abrazo.

Maribel dijo...

Blanca, no me consta que Antoine de Saint-Exupéry viajara en el Titanic, aunque ¿por qué no? Quizá viajó y fue el secreto que compartió con su madre y por eso nunca nadie lo supo, jeje. Tal vez he tenido una revelación y voy a ser la descubridora de una verdad desconocida (aunque de momento lo dejaremos como una fantasía de escritora).
Gracias, amiga.

Maribel dijo...

Marien, una historia sobre el Titanic necesitaba un elemento muy llamativo, puesto que la tragedia del hundimiento del buque es más que conocida. En todo momento tuve claro que tenía que "embarcar" a alguien insospechado, ése era el juego.
Sí estoy participando en novela corta, aunque no muy convencida porque ahora mismo no tengo tiempo de escribir y he utilizado un texto antiguo. Ya veremos si me retiro.
Gracias por tus palabras.

Maribel dijo...

José Antonio, valoro mucho la originalidad y procuro ponerla en práctica en mis escritos. Creo que también es muy valorada en términos generales por el lector. Necesitamos que algo nos sacuda, desviarnos un poco de la línea recta.
¡Y deja a las pobres marujas que no te han hecho nada!, jajaja.
Abrazos par Blanca, Marien y para ti.

MiánRos dijo...

Hola, Maribel,

He quedado encantadísimo con el relato. Y es curioso, y te voy a decir por qué. No hace mucho que leí El Principito y me hizo mucha gracia la naturalidad con la que está contado este cuento y la profundidad que tiene entre líneas; y según te leía me preguntaba “¿A qué vienen escenas de El Pincipito aquí? ¿Adónde quiere ir a parar? Del mismo modo, tu relato es curioso debido a la naturalidad que has desplegado mezclando el infierno del Titanic y las familias que murieron, con la maravillosa brillantez de la magia de El Principito y su autor Antoine de Saint-Exupéry que al final tuve que decir: “¡Anda, qué final más original!”. Desde luego, es un relato merecedor de premio.

Un abrazo, amiga.
Mián Ros

Alicia dijo...

Muy bello. Una fusión fantástica.

Me ha servido de bálsamo…

Creo que ya se la razón de que tu protagonista quisiera volar. En algún momento habría oído algo de ahogar las penas y lo relaciono con el mar. En otro momento oyó algo de hacer volar la imaginación y lo relacionó con el cielo. Entre ambas opciones está claro que apostó por la segunda.

Gracias, compañera.

Besos.

Maribel dijo...

Hola MiánRos, muchas gracias por leerlo. Me agrada saber que, a pesar de las pinceladas sobre El Principito que te ibas encontrando por el camino, el final te sorprendiera. Es satisfactorio para un escritor poder lograr esa tensión narrativa hasta la última línea. Te agradezo mucho tus palabras, amigo.
Un abrazo.

Maribel dijo...

¡Qué buenas observaciones las tuyas, Alicia! Desde luego que nos demuestras siempre tu increíble capacidad lectora. Me ha gustado.

Y si además ha servido de bálsamo... pues mejor.

Besos.

Anónimo dijo...

Maribel, acabo de leer el relato y realmente me ha impresionado. Felicidades. Cada día que pasa consigues fortalecer más y más mi oponión de que eres una gran escritora.
Un abrazo, Manuela

Gotzon dijo...

No me extraña nada que haya quedado finalista, enhorabuena otra vez, me encanta como relatas.

José Antonio López Rastoll dijo...

Ostras, ¡qué fijación me ha entrado con las marujas!
Pensándolo bien, la imaginación no es territorio exclusivo de los escritores, y para pensar lo que se hace de comer cada día hay que tener un huevo de imaginación.

Un abrazo.

Maribel dijo...

Hola, Manuela. Me alegro de que te haya gustado. Gracias por pasarte por aquí (pronto colgaré noticias tuyas).

Gracias, Gotzon. Gracias por leerlo porque vosotros los microrrelatistas estáis acostumbrados a lo breve.

José Antonio, ahí lo has clavao, jeje.

Abrazos.

siempreconhistorias dijo...

Calladita de bloqueo como estoy tengo que decirte, querida Maribel, que me encantó el cuento, que si me permites se los leeré a mis niños y que es precioso, preciosísimo.
Besito

Maribel dijo...

Gracias, querida Izaskun. Espero que tus niños no se aburran demasiado con un cuento tan larguito.
Besos.