viernes, 27 de febrero de 2009

TAL DÍA COMO HOY

En 272, nace Constantino I el Grande, emperador romano, fundador de la ciudad de Constantinopla.
En 1594, Enrique IV es coronado como Rey de Francia.
En 1863, nace Joaquín Sorolla, pintor español.
En 1902, nace John Steinbeck, escritor estadounidense, Premio Nobel de Literatura en 1962.
En 1933, se declara un incendio en el edificio del parlamento alemán (Reichstag) que lo destruye totalmente.
En 1936, muere Ivan Pavlov, fisiólogo ruso, Premio Nobel de Medicina en 1904.
En 1966, nací yo.

De todos estos acontecimientos (y muchos otros que ocurrieron este día a lo largo de la historia) creo que el que más me ha marcado es el último, quizás porque fue la fecha que me puso en el mundo y todavía no he logrado averiguar para qué.
Hoy, haciendo honor al título del blog, voy a hacer un pequeño balance de todo lo que me ha ocurrido en febrero.
Comenzó el mes con una buena noticia, la concesión de un premio literario que me llevará el próximo marzo a La Granja de San Ildefonso (Segovia).
He firmado mi primer contrato editorial. Que no cunda el pánico. Como escritora todo terreno que soy (jeje), lo mismo frío una corbata que plancho un huevo. Se trata de un libro especializado en materia jurídica pero dirigido a público generalista. Mi intención ha sido crear un libro de consulta, un manual para tener en casa, del mismo modo que tenemos un diccionario de la Lengua o una enciclopedia de la salud. Sirve para resolver dudas básicas y para satisfacer curiosidades jurídicas. No es el libro que de verdad me hubiese gustado publicar pero estoy contenta de que salga adelante y muy agradecida a la editorial que va a hacerlo posible. Ya os informaré más.
He firmado, de momento, un precontrato para la publicación de una novela infantil. Aunque también confío en que el proyecto salga adelante, voy a tomarme esta información con cautela, prometo dar más datos cuando todo esté más avanzado.
He quedado nuevamente seleccionada en el concurso de microrrelatos de abogados.es (esto ya lo sabéis).
Anoche mismo recibí un e-mail de la Editorial Hipálage en el que me comunicaban que un microrrelato mío ha sido seleccionado en el I Premio Algazara de Microrrelatos y que va a formar parte de un libro titulado “CUENTOS PARA SONREÍR”.
Y sigo metida de lleno en la creación de una nueva novela, hoy espero llegar a la página 70. Es el trabajo literario que más me está costando. Se trata de una novela introspectiva, narrada en primera persona, en la que trato de desdramatizar un drama y para ello utilizo un humor sutil, sin caer en estridencias, todos estos detalles la dotan de cierta dificultad narrativa y avanzar me está resultando muy complicado, aunque debo confesar que cuando leo lo escrito me gusta. De paso os digo que si no puedo hacer todas las visitas que me gustaría a mis blogs amigos es por este motivo, mi tiempo para escribir es escaso y tengo que aprovechar los ratitos libres que me brinda el día.
Bueno, creo que no se ha portado del todo mal febrero ¿verdad? Una copa para todos (o mejor una para cada uno).

Feliz fin de semana.

lunes, 23 de febrero de 2009

TARDE DE CINE


Hoy la literatura va a dejar paso al cine, aunque son muchas las ocasiones en las que la una y el otro se confunden o aparecen estrechamente cogidos de la mano.
El pasado sábado las circunstancias me llevaron a ver "El curioso caso de Benjamín Button”. Últimamente ando un poco desconectada de noticias de todo tipo y por tal motivo desconocía, tanto el argumento de esta película como sus trece nominaciones a los Oscar (aunque creo que finalmente se ha llevado solo tres). No quisiera destripar el film por si alguien no lo ha visto y desea hacerlo, pero tengo que confesar que la película me conmovió hasta el extremo. Quizás mi estado de ánimo, muy vulnerable en los últimos tiempos, fue el aliado perfecto para que calaran en mí una serie de sensaciones y reflexiones que me llevaron a pasarme casi la totalidad de la película llorando. Sí, sí, como lo leéis. La oscuridad de la sala de cine actuó de cómplice ideal para dar rienda suelta a un buen puñado de lágrimas que quizás llevaban muchos días queriendo salir. A mi entender, la película está plagada de mensajes desde el principio, tiene momentos, si se me permite la expresión, absolutamente literarios, y el tratamiento de la propia vida, a través de un argumento original y novedoso, nos recuerda que detrás de cada uno de nosotros, detrás de las personas que nunca conoceremos, de las que ignoramos, de las que odiamos, de las que nos resultan insoportables, hay una historia, y a veces una historia fascinante. Cada uno tiene sus propios sueños, sean de la índole que sean, unos escribimos, otros pintan, otros cantan ópera, otros juegan al fútbol, otros suben montañas y otros descienden profundidades. La vida es un conjunto de sueños por los que merece la pena seguir adelante, no hay más. Los caminos son distintos y el final es el mismo para todos. Y todos lo conocemos. Esta película creo que es un gran homenaje a los caminos.
Sin atreverme a recomendarla (no soy tan experta en cine como para eso), sí os digo, al menos, que a mí me encantó.
Os voy a dejar con algunas de las frases que se repiten varias veces durante la proyección:

- La vida solo tiene sentido yendo hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante.
- Ninguno de nosotros es perfecto para siempre.
- Nunca es demasiado tarde o pronto para ser quien queremos ser.
- No hay límite de tiempo, puedes empezar cuando quieras.
- Puedes cambiar o seguir siendo el mismo, no hay reglas para tal cosa.
- Podemos hacer o echar a perder todo.
- Nunca sabes lo que te sucederá.
- Puedes estar furioso como un perro rabioso por como salieron las cosas. Puedes insultar, puedes maldecir al destino pero cuando se acerca el final debes resignarte.
- Estaba pensando que nada es para siempre, y lo triste que resulta.
- Las oportunidades marcan nuestra vida, incluso las que dejamos pasar...
- Uno nunca sabe lo que le espera.
...
¿Alguien la ha visto y desea comentar?


viernes, 20 de febrero de 2009

ERA UN PUEBLO BONITO

Aquel hombre de aspecto desaliñado –aparentemente un loco–, resultó no serlo en realidad. Su verbo era coherente, pausado, sabio, casi lírico. El funcionario de policía estaba desbordado ante el enigmático personaje y su rocambolesca denuncia. “Quiero denunciar la desaparición de un pueblo”, le había dicho el desconocido con contundencia, deslizando las palabras por la catarata de su espesa barba blanca. El agente del orden lo miró confundido, escrutando minuciosamente su indumentaria, abrigo roto, pantalones y zapatos sucios, bufanda verde anudada al cuello, era la viva imagen de un vagabundo, aunque no apestaba a vino ni a otros efluvios alcohólicos o corporales.
El joven policía invitó al recién llegado a tomar asiento solicitándole su documentación. El desconocido extrajo del bolsillo de su abrigo un viejo pasaporte estadounidense. “Llegué ayer”, dijo al agente.
El funcionario examinó el documento para cerciorarse de que era auténtico, se encontraba vigente y con los visados en regla. “Eduardo Piñeiro”, se podía leer como nombre del titular. Todo estaba en orden. No había ningún indicio que hiciera sospechar falsedad en la documentación aportada. “¿Es usted ciudadano estadounidense?”, se interesó el agente. “Sí, terminé siéndolo”, añadió el denunciante con un marcado acento gallego.
El agente pensó que aquel pobre hombre era uno de los muchos emigrantes que en los años cuarenta habían abandonado Galicia en busca de mejor vida, uno de esos valientes con denominación de origen que, como su propio abuelo, se atrevió a cruzar el océano sin ruido, como una elegante gaviota, y que, al final de sus días volvían al terruño, convencidos de que debían regresar al lugar que los vio nacer. Era un pacto con la tierra. Un pacto no escrito con tinta sino con sangre, “porque los lazos de sangre no son sólo los que nos unen a nuestros padres e hijos”, había escuchado en alguna ocasión el funcionario.
"Bien, pues dígame: ¿Cómo se llama el pueblo desaparecido? ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? ¿Qué ropa vestía? –perdón– ¿Cómo era?”, preguntó el policía en tono divertido, siguiendo el formulario de la denuncia del mismo modo que lo haría ante cualquier persona que desea encontrar a un familiar ausente.
“La última vez que lo vi tenía diecisiete años. Yo, no el pueblo, el pueblo tenía muchos más. Era elegante y cuidado, con bonitas casas de piedra salpicando los prados verdes. En el núcleo urbano estaba la iglesia, con su alto campanario intentando arañar el cielo. Las callejuelas eran estrechas y empinadas. Las mujeres pasaban con cántaros de agua en la cabeza, sujetaban con una mano el recipiente y la otra la apoyaban en la cintura, algunas, grandes expertas, apoyaban en la cintura las dos manos, y los cántaros parecían cobrar vida, balanceándose con suavidad, yo las observaba admirado. En la plaza pública estaba la fuente, un león ennegrecido escupía el agua por sus fauces abiertas. En la tasca, frente a la iglesia, se sentaban los viejos, tan viejos como soy yo ahora. Hablaban de su juventud como si fuera un gran tesoro que les había sido robado y que además era imposible recuperar. Contaban los episodios de antaño con nostalgia, con tristeza, aunque se tratara de acontecimientos alegres. Narraban con la misma melancolía el nacimiento de sus hijos que la muerte de sus padres, porque en cualquier caso todo pertenecía a ese tiempo robado del que ya no eran dueños, y no podían defender con entusiasmo algo que no poseían. Los niños pequeños correteaban por la plaza. Un maestro venía al pueblo dos veces por semana, los martes y viernes, y el resto de los días la enseñanza era otra, la de jugar, correr y ayudar a los mayores en el campo o la casa. No existía el tiempo, nunca era tarde ni demasiado pronto. Siempre era el momento adecuado para todo, para cada cosa… Era un pueblo bonito”.
El funcionario de policía escuchaba con atención al anciano sin tomar ni una sola nota de la información que le facilitaba, totalmente embelesado con su explicación. “Pero hombre, un pueblo no puede desaparecer así como así, querrá usted decir que hoy se encuentra abandonado, deshabitado”.
“No señor. Desaparecido. Ni en los mapas está”, añadió el viejo.
“Desde que me marché, hace ya cincuenta y ocho años, no he soñado con otra cosa que volver. ¿Sabe qué le digo? El día que abandoné el pueblo ocurrió algo. Me fui de noche, en silencio, con una maleta casi vacía. Tuve que hacerlo porque me enamoré. Sí, ella era delicada como una rosa –así es su nombre, Rosa–, y me volví loco de amor, loco por su tez morena, su cabello largo y ondulado, sus palabras dulces y su sonrisa permanente. Y quedó embarazada. Se puede usted imaginar el disgusto familiar, en ambas casas pero sobre todo en la suya. En aquellos tiempos era impensable que una joven que no había contraído matrimonio quedara encinta, era una osadía, una auténtica barbaridad. Su padre, el médico del pueblo, amenazó con matarme, y estoy seguro de que lo hubiera hecho si no llego a marcharme. Cuando partí, la tripa de Rosa ya se veía abultada. No he sabido más de ella. Nunca supe si nació la criatura, si fue niño o niña. Pero, como le decía, cuando dejé el pueblo ocurrió algo. Tomé un tren en dirección a Vigo. Allí debía embarcarme en un carguero para cruzar el atlántico, enrolándome en la tripulación. Era un día de una niebla espesa, hiriente, no veía ni mis propias manos, ese capricho meteorológico me impidió deleitarme con un último vistazo del pueblo. Estaba en la estación. Fui a subir al vagón de pasajeros y percibí claramente cómo me sujetaban por los pies. Miré hacia el suelo, pero la espesa niebla me impedía ver nada. La presión seguía, la notaba en mis tobillos. Me agaché para poder descubrir quién o qué me sujetaba y entonces las vi. Unas manos salían de la tierra, atravesando incluso la bruma, unas manos que, al igual que las de una madre, querían protegerme, tenerme cerca. Entonces comprendí que somos parte de la tierra que nos ve nacer, que podemos recorrer el mundo mil veces pero nuestro hogar sólo está en un sitio. ¿Comprende ahora por qué he vuelto? Son las manos de la tierra las que me han hecho volver. Aquellas que finalmente me soltaron pero a la vez me indicaron que debía regresar”.
El joven policía no sabía qué pensar. La historia de las manos parecía de ciencia-ficción. Supuso que el anciano estaba utilizando metáforas o un lenguaje simbólico pero en cualquier caso comprendía muy bien lo que quería decir. Él mismo lo había experimentado en sus distintos cambios de destino como funcionario, cuando había tenido que abandonar su casa para instalarse en otras poblaciones. Cierto era que en todas las ocasiones había sido muy bien acogido pero, utilizando el lenguaje del viejo, siempre había necesitado volver a casa, acurrucarse entre las manos de la tierra. Y una vez lo había logrado era feliz.
“¿Y no ha intentado usted reencontrarse con su familia?”, prosiguió el joven. “No tengo familia. A mis setenta y cinco años no aspiro a tener padre ni madre, ya estaban bastante enfermos cuando partí. No tuve hermanos, y si tengo un hijo, o quizás nietos, lo desconozco. Sólo tengo al pueblo, y el pueblo no está. No hay casas, no hay iglesia, no hay viejos ni niños, no hay prados verdes ni mujeres con cántaros, sencillamente se ha esfumado, no existe, ha sido borrado del planeta. Llevo años trabajando en cualquier cosa, he cargado camiones, he transportado equipajes, he recolectado fruta, he recogido basura –el agente de policía reparó en sus manos sucias y encallecidas–, años intentando ahorrar unos cuantos dólares para poder regresar a casa, para reencontrarme con la tierra que me vio nacer y ya ve, mi sueño desbaratado de un plumazo, ni siquiera tengo un sitio donde pasar la noche”.
“¿Por qué no busca a Rosa?”, añadió el joven con la voz entrecortada. “No señor. De ninguna manera. Usted me ve con el abrigo roto, la barba desaliñada, los zapatos sucios y las manos embrutecidas, pero yo soy un caballero. Rosa tendrá una familia, un esposo e hijos. Yo no puedo perturbar su paz. No puedo alterar la vida de la persona que tanto amé atormentándola con mis chaladuras, recordándole lo mucho que la quise. ¿Para qué? Respetarla ahora sigue siendo una prueba de amor”.
El joven policía tomó unas notas en un cuaderno con pulso tembloroso y el anciano, Eduardo Piñeiro, se levantó del asiento y preguntó al funcionario dónde debía firmar la denuncia. El agente también se incorporó y al hacerlo encontró ante sí unos ojos azules llenos de mar, limpio y valiente, como el que bañaba las costas gallegas. “La verdad es que tiene usted mucha razón. No hay derecho a que desaparezca un pueblo tan impunemente. Le aseguro que el caso será investigado”. El viejo asintió. Guardó el pasaporte en el bolsillo y ya se disponía a abandonar la comisaría cuando el joven añadió: “¡Ah!, abuelo, y de esta noche no se preocupe, esta noche duerme conmigo”.

Maribel Romero Soler
Cuento finalista del Premio “Ciguñuela” (Valladolid), 2007.

(Si habéis llegado hasta aquí os doy las gracias y a la vez os pido disculpas por abusar, sabéis que no suelo colgar textos tan largos).

lunes, 16 de febrero de 2009

SELECCIONADA EN FEBRERO

Aunque el premio se me resiste, vuelvo a estar seleccionada este mes en el I Concurso de Microrrelatos sobre abogados de abogados.es. Como ya sabéis, se trata de un concurso convocado por la Mutualidad de la Abogacía y el Consejo General de la Abogacía Española, en el que se admiten microrrelatos que no excedan de las ciento cincuenta palabras y que incluyan necesariamente cinco términos obligatorios. Para este mes de febrero las palabras obligatorias son: gominola, espía, letrado, sentencia y cohete.
Si alguien se anima el plazo sigue abierto.

Os dejo con mi microrrelato. En la web de abogados.es se pueden leer todos los seleccionados hasta la fecha.

DICTAMEN SECRETO

Sacó de su bolso una gominola en forma de corazón y se la introdujo en la boca. Era la señal. Me acerqué a ella con un temblor incontrolable en las piernas, no sólo porque era la primera vez que me iba a dirigir a una espía sino porque jamás había visto a una mujer tan bella.
—Tome la sentencia, letrado —me dijo bruscamente—. Información de primera mano, la acaba de firmar el juez.
—¿Nadie la ha visto? —pregunté con un hilo de voz mientras abría el sobre.
—Soy una profesional —contestó con una sonrisa seductora que todavía hoy llevo grabada a fuego en mi memoria.
Le entregué el maletín y desapareció de mi vista a la velocidad de un cohete. Allí me quedé absorto, observando el ritmo acelerado de sus tacones de aguja, acariciando el dictamen que en pocos días, sin ella saberlo, la conduciría directamente a la cárcel.

Maribel Romero Soler.

viernes, 13 de febrero de 2009

UN POEMA DE GIOCONDA BELLI

Y DIOS ME HIZO MUJER

Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos, nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

Gioconda Belli

martes, 10 de febrero de 2009

LA CRISIS

—Toc, toc, ¿está la crisis?
—¿La crisis?, no hombre, la crisis no para en casa, está como Dios, quiero decir en todas partes. ¿Usted no la ha visto?
—Pues no, por eso vengo a buscarla.
—¿Y no se ha tropezado con ella por la calle? Ya me extraña. A ver, cuénteme qué ha hecho esta mañana.
—A primera hora he ido a la oficina de empleo, estoy en paro ¿sabe?
—Pues ella estaba allí.
—Uf, es que había mucha gente. Después he acompañado a un amigo a la inmobiliaria. Se compró un piso y no ha podido pagar ni la segunda letra, ha perdido su empleo y está tratando de rescindir el contrato.
—¿Y no la vio en la inmobiliaria? Está usted un poco despistado.
—Más tarde he tenido que aguardar una hora a que se disolviera una manifestación en la plaza del ayuntamiento, eran los de la metalúrgica, qué escandalosos, resulta que van a despedir a doscientos obreros.
—Pues le puedo asegurar que ella también estaba allí, creo que sujetaba una pancarta.
—Y por último me he venido hasta aquí, hasta su casa, y no me diga que estaba en esta calle porque solo he visto a tres mendigos pidiendo limosna para poder comer.
—Pues estaba, sí señor, con ellos.
—Si le digo la verdad es que no la conozco.
—Por el amor de Dios, no hace falta conocerla para reconocerla, tiene presencia escénica. Pero dígame, ¿qué quiere usted de ella?
—Pedirle trabajo.
—¿Trabajo?
—Sí, puesto que ocupa las primeras páginas de todos los periódicos he pensado que debe ser muy importante y tener influencias.
—¿Y qué sabe usted hacer?
—Mire, yo lo que me mande. Puedo provocar abortos y evitar que vengan al mundo niños a los que sus padres no van a poder alimentar. Se me da muy bien, lo hago dando sustos.
—Ah, qué curioso. ¿Y qué más?
—También puedo conseguir que las parejas de novios rompan y no tengan que preocuparse por la boda, ni el piso, ni el viaje, ni el coche, ni nada, como después no lo van a poder pagar… Ya sabe, es por su bien.
—No sé qué decirle, si se le ve a usted intención pero es que la crisis siempre ha actuado sola, nunca ha necesitado ayudante, si quiere déjeme su teléfono y cuando venga que le llame.
—No tengo teléfono, pero supongo que sabrá localizarme porque fue ella la que me lo cortó, no podía pagar el recibo.
—Está bien. En ese caso que le busque cuando lo necesite, si es que para entonces todavía conserva usted su casa.
—Muchas gracias, señora, muy amable.
—A mandar. Y preste un poquito más de atención, ella se mueve mucho por el barrio, suele estar en todos los comercios que han cerrado, en las viviendas que lucen su flamante letrero de SE VENDE, también en los coches, en los bares vacíos… Solo hay que fijarse.
—Lo haré, lo prometo. En cualquier caso le da usted un saludo de mi parte.
—Si la veo, porque ya le digo que se pasa días sin aparecer.
—Está bien, señora, adiós.
—Adiós, que tenga usted un buen día.

Maribel Romero Soler.

sábado, 7 de febrero de 2009

DECÁLOGO PARA ESCRIBIR MICROCUENTOS

Extraído de la página web de Escuela de Escritores.

1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.

2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.

4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.

5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.

miércoles, 4 de febrero de 2009

DICE LA LEYENDA


Aquella noche sin luna, tan oscura como la mente de un muerto, algo sucedió en la aldea.
Dice la leyenda que los gritos desgarrados de una mujer quebraban el silencio, y que los lugareños, como si quisieran espantar al mismísimo diablo, lanzaban, asustados, sus plegarias al cielo.
Dice también que aquella mujer joven se derramaba entre los brazos de la soledad, y que después de un quejido ahogado, tras las puertas de su casa, se oyó un llanto.
Todos respiraron aliviados. Hacía mucho tiempo que en aquel lugar apartado del mundo no nacía un niño.
Maribel Romero.

martes, 3 de febrero de 2009

MÁS SOBRE LOS RELATOS SOLIDARIOS

Ya que este blog se hizo eco del proyecto de Relatos Solidarios promovido por Javier Ribas a través de la Asociación de Escritores en Red, creo que es justo que os dé a conocer las novedades que conozco sobre el tema.
La idea principal, como ya sabéis, consiste en la publicación de un libro con cincuenta relatos solidarios, con el fin de que los beneficios obtenidos por la venta de dicho libro sean destinados a la Fundación Vicente Ferrer.

Pues bien, a fecha de hoy, la Asociación ha recibido ya más de cincuenta relatos y teniendo en cuenta que el plazo de envío sigue abierto hasta el 1 de marzo, es evidente que van a tener que proceder a la selección de los cincuenta textos que formarán parte del libro entre todos los recibidos. Para ello han habilitado un sistema de votación en el que cualquier interesado puede seleccionar sus diez relatos preferidos y comunicarlo a la Asociación a través de un formulario.
Ya sabéis, si os apetece hacer de jurados solo tenéis que entrar en la página de la Asociación y cumplimentar el formulario con vuestros diez relatos favoritos. La votación del público no será determinante pero influirá en la decisión final de los relatos que compondrán el libro solidario.