jueves, 16 de julio de 2009

EN BLANCO Y NEGRO

La pareja dormía. El halo de luz de mi linterna dejaba entrever los rostros de un par de ancianos arrugados, con cabellos blancos y bocas desdentadas resoplando en mitad de la noche. Una imagen verdaderamente grotesca.
No fue difícil entrar en la casa. La cerradura de la puerta de servicio, en la parte posterior del chalet, era de un mecanismo sencillo, y venció al primer intento de la herramienta. No había perros ni alarma.
Resultaba evidente que los dueños, seguramente amedrentados por la cantidad de robos que se producían en la zona, habían optado por poner las cosas fáciles y evitar problemas con los cacos, nada más abrir el primer cajón del interior del armario ropero, el Polaco encontró un sobre con bastante pasta y sobre la mesilla de noche de la anciana, un joyero aparecía repleto de anillos, pulseras y algún que otro peluco. Mientras revisábamos el resto de las habitaciones, los ronquidos del viejo alcanzaron unos decibelios dignos de sanción. “¡Cómo duerme el hijoputa!”, exclamó el Polaco entre susurros. Encontramos, sin grandes dificultades, una cámara de vídeo, una cámara fotográfica, un ordenador portátil, un par de móviles y algunas piezas de decoración que aparentaban tener valor. No dimos con más dinero. Guardamos el botín y volvimos al dormitorio principal en un gesto rutinario que repetíamos por costumbre, despedirnos de los dueños. El viejo seguía roncando como un bendito, mientras que la mujer parecía estar inmersa en una terrible pesadilla que se dejaba notar a través de su rostro desencajado, es más, por el ritmo de su respiración diría que no dormía.
Estábamos ya en la puerta del dormitorio cuando el Polaco de repente se dio la vuelta, miró a los viejos y sacó su pistola.
—¿Pero qué haces inútil? —le pregunté.
—Me dan alergia los ricos —contestó.
No me dio tiempo a detenerle. Dos disparos sonaron con apenas unos segundos de diferencia y las cabezas de los viejos comenzaron a sangrar profusamente.
—¿Te has vuelto loco, subnormal? ¿Qué necesidad había de esto?
—No me toques los huevos con sensiblerías. ¿Has visto lo que hay aquí? Estos cuadros valen una pasta y seguro que si seguimos buscando encontramos más material.
El Polaco desapareció de mi vista adentrándose en el salón de la casa mientras yo me quedé mirando aquel espectáculo sangriento. El viejo fue el primero en caer, estaba boca arriba y le faltaba un ojo y parte de la cara. La anciana tenía una extraña postura. Parecía como si en el intervalo de los escasos segundos que habían separado un disparo del otro se hubiera intentado incorporar y se la veía medio sentada en la cama, apoyada contra el cabezal, con un orificio en la frente por donde manaba gran cantidad de sangre. Estaba perplejo ante aquella visión dantesca. Jamás había matado a nadie y jamás había presenciado cómo otros lo hacían. Me estaba acercando a ellos cuando volvió a entrar el Polaco.
—Ni se te ocurra tocar nada —ordenó.
—Sólo quería tapar a la vieja, tiene medio cuerpo fuera de las mantas.
—¡Y qué más da, cabrón!
El Polaco ya tenía preparado todo el botín y abandonamos la casa. Salimos por la puerta principal, como dos señores, fue tan simple como descorrer los dos cerrojos y girar tres vueltas de llave. Junto a la entrada –en este caso la salida–, había un mueble alto sobre el que descansaba un pequeño cofre que llamó mi atención. Estaba cerrado con un candado. Lo cogí y me lo guardé dentro del jersey.
—¿Qué es eso tío? —preguntó el Polaco.
—No sé, un cofre que me ha gustado.
—Déjalo, tampoco es plan de llevarnos hasta la dentadura postiza, gilipollas.
—¿Qué pasa? Tú has cogido lo que te ha dado la gana. ¡No me jodas!
—Está bien, pero que sepas que todo lo de valor se reparte.
—¡Que te den por culo!

Hora y media más tarde ya estábamos en el almacén, un viejo y mugriento local abandonado donde malvivíamos. Antes de llegar a nuestro dulce hogar, con el dinero que había en el sobre, el Polaco compró caballo, necesitaba urgentemente meterse un chute. Ya en la puerta, comenzó a sacar de la furgoneta parte de la mercancía birlada en el chalet. Un par de tipos pasaron junto a él, pero en el barrio nadie hacía preguntas. Mientras el Polaco arrimaba contra una pared algunos de los cuadros robados, yo me senté en la piltra y saqué del jersey el pequeño cofre. Bastó con introducir por la cerradura la punta de un destornillador y hacer presión para que el candado saltara. El Polaco se acercó, también tenía curiosidad por conocer su contenido. Eran fotos. Pequeñas fotos en blanco y negro. “¡Vaya mierda!”, exclamó, “puto cofre, ¿qué te creías que había dentro?”.
Mi colega se largó a su rincón y encendió un canuto, mientras yo me dedique a ojear aquellas fotografías. Una pareja aparecía con su bebé en brazos, seguramente se trataba de los viejos del chalet con su hijo. A medida que avanzaba curioseando entre aquellas imágenes, se repetían las escenas de la pareja con el niño, pero el pequeño iba creciendo. Fotos con un año, fotos con dos, con tres… Cada vez que observaba una foto nueva de aquel mocoso más me sonaba su cara, hasta que llegué a aquella instantánea. Se me heló la sangre. ¿Cómo no iba a conocer a aquel niño? Aquel niño era yo. Saqué de mi cartera mi única pertenencia, la imagen que me había tenido toda la vida aferrado a una quimera, soñando con una familia inexistente, la foto con la que fui abandonado treinta años atrás en aquel triste y gris orfanato. Las puse una al lado de la otra, eran dos copias idénticas. Ese chaval era yo y quizás aquella pareja que dormía plácidamente en su cama, antes de ser vilmente asesinados, eran mis padres. ¡Qué paradoja! ¿Sería posible que el Polaco acabara de dejarme huérfano? Pero ¡qué coño! Yo nací huérfano. Fui abandonado en aquel horrible edificio cuando tenía cuatros años y de mi vida antes, la verdad, no me acuerdo. Allí permanecí, aferrado a mi fotografía, hasta que a los trece años tuve los santos huevos de escapar, y entonces no tuve más remedio que aprender a vivir solo. Si aquellos eran mis padres y me habían abandonado ¡bien muertos estaban! En la puta vida que me había tocado vivir no había espacio para las lamentaciones. Saqué las fotos y las dejé en el suelo y a patadas destrocé el pequeño cofre. Después, uniendo al material fotográfico, papeles y basura que encontré por el almacén, prendí fuego para calentarme, era una fría noche de diciembre.

Maribel Romero Soler.

Ya que nos encontramos en plena Semana Negra de Gijón me apetecía cambiar de registro y mostrar algo de mi faceta negra.

Relato publicado en EL TALLER DE LOS CUENTOS OSCUROS.
Editorial ECU.

13 comentarios:

Winnie0 dijo...

Puff!! Maribel que fuerte y que bueno....Durísimo...pero excelente en su narración y descripción. Ni un ápice de culpabilidad? Brutal...Besos y gracias por tus excelentes relatos

Maribel dijo...

Winnie, has utilizado el adjetivo exacto: brutal. No nos podemos hacer una idea de lo que es capaz el odio acumulado durante años. El odio, el sufrimiento, la desesperación... También hay mentes retorcidas que no se sabe muy bien qué las mueve, en fin, esto ya es de psiquiatra... Gracias, amiga.
Un beso.

Alicia dijo...

Maribel, creo que en otra fase leí el relato y si lo enclavamos dentro del genero al que representa es genial, con desenlace impactante. Sin embargo te diré que no me atrae este genero. Se que forma parte no sólo de la literartura, sino también de nuestro entorno,para muestra los informativos y la prensa diaria. Con digeriri eso me vale y es un tipo de lectura que no busco a pesar de que reconozco el mérito de los que la hacen.
Gijón lo tenemos cerca,y quisiera hacer una escapsda mañana por ver el ambiente de la feria y porque cualquier razón es buena para volver allí.

Frase mía para hoy:
"No hay experiencia insignificante o estéril. Todas nos impulsan a pulir nustra ruta para seguir hacia adelante. Si en el instante que suceden no las entiendes es porque han sido una injusticia o porque está por llegar el momento preciso de comprenderlas con claridad"
Un fuerte abrazo

Maribel dijo...

Alicia, ¿lo habías leído? Ups, me has puesto en duda pensando que tal vez lo había colgado ya en el blog y se me había ido la pinza, pero creo que no, quizás lo leyeras por otro lado (la editorial lo tiene colgado en la red).
El género negro tiene muchos seguidores y creo que más detractores, siempre se le ha considerado una literatura de segunda, sin embargo hay obras magistrales dentro del género y muchísimas de ellas se han llevado al cine, son historias atractivas para la gran pantalla, muy visuales.
Si tienes ocasión de visitar Gijón ya nos harás una crónica, seguro que será un gran disfrute.
Me quedo con esa frase de hoy, sabia, sin duda, me la llevo prendida en la memoria como un broche de perlas.
Gracias por tu apoyo. Besos.

Lola Mariné dijo...

Pues sí que te ha quedado bien negro, si...Acongojaita me has dejado.

Besos

Maribel dijo...

Lola, sí que es fuerte, sí, y desagradable, pero como escritores debemos transformarnos al servicio de la historia que queremos contar. Lo peor de todo es que la realidad, como siempre, supera la ficción.

Besos.

Halatriste dijo...

Pues tu faceta negra mola.
Me ha encantado, aunque yo me hubiera cargado al Polaco de paso, por hijoputa.
jejejeje
Besos
Nos leemos

Maribel dijo...

Hola Halatriste, cuánto tiempo sin saber de ti. Espero y deseo que hayas tenido suerte con las opos.

Jajaja, pues sí que podía haberse cargado al Polaco pero en el fondo era buen chico.

Un abrazo.

sergio astorga dijo...

Maribel, negro que te quiero blanco, me ha gustado mucho el que no te haya tentado el diablo y te temblara la mano para decapitar tu historia.
De un final negro pasas a otro más rotundo que es la aceptación de la realidad como es, no cómo quisieras o debiera ser y el este segundo final es el anímico, cuando el chico descubre que esos dos cuerpos asesinados brutalmente y sin sentido podría haber sido sus padres, no obstante ese nuevo conocimiento no es suficiente para modificar el transcurso de lo que fue y es su vida y con un acto impulsivo da por terminada la relación.
Me ha gustado mucho su desarrollo.
Un abrazo ni blanco ni negro, sino todo lo contrario.
Sergio Astorga

Halatriste dijo...

Eso espero yo también, suerte es lo que me hace falta, y más arrojo; aunque tengo todavía un año por delante, quiero ir bien preparado.

Salen el año próximo.

Ya me presenté hace un año y me puse tan nervioso en la prueba oral que acabé por no decir nada ante el tribunal, y es esta ocasión no se cumplió lo de el que calla otorga.

Pero tengo fe a ver si es verdad que mueve montañas.

jejejeje

Besos y gracias

Maribel dijo...

Sergio, efectivamente la verdadera dureza de la historia está en la aceptación, en la determinación de asumir un rol, creyendo el muchacho que no es capaz de elegir un camino, sino que el camino le ha venido impuesto o es el camino el que lo ha elegido a él.
El resto no es más que un conjunto de palabras malsonantes y una escena macabra que a nadie gusta porque puede ser verdad y nos da miedo, nos aterroriza la realidad, del mismo modo que cuando vemos por televisión las imágenes de un atentado, una guerra, un cuerpo mutilado, un niño que sufre, otro que se muere de hambre... y apagamos la tele o volvemos la cabeza diciendo: yo no puedo ver esto. Claro que podemos verlo, debemos verlo.
Sin embargo el mensaje es otro y creo que tú lo has captado. Gracias.
Un abrazo en colores.

Maribel dijo...

Halatriste, entonces aún te queda un tiempo para prepararte, creía que te habías presentado este año. En cuanto a los nervios, lo único que te puedo aconsejar para el oral es que te lances a hablar, te aseguro que transcurridos los primeros cinco minutos, aunque tartamudees, se te trabe la lengua o te tiemble la voz, los nervios desaparecen. Solo hay que romper el silencio con decisión, lo demás viene solo.
Y por supuesto la suerte que no falte. Este año en la Comunidad Valenciana ha sido un caos. Te puedo dejar un enlace para que te hagas una idea.

http://foro.anpealicante.es/viewtopic.php?f=3&t=5383

Nos leemos.

Halatriste dijo...

Lo tendré en muy cuenta.
Gracias