viernes, 20 de febrero de 2009

ERA UN PUEBLO BONITO

Aquel hombre de aspecto desaliñado –aparentemente un loco–, resultó no serlo en realidad. Su verbo era coherente, pausado, sabio, casi lírico. El funcionario de policía estaba desbordado ante el enigmático personaje y su rocambolesca denuncia. “Quiero denunciar la desaparición de un pueblo”, le había dicho el desconocido con contundencia, deslizando las palabras por la catarata de su espesa barba blanca. El agente del orden lo miró confundido, escrutando minuciosamente su indumentaria, abrigo roto, pantalones y zapatos sucios, bufanda verde anudada al cuello, era la viva imagen de un vagabundo, aunque no apestaba a vino ni a otros efluvios alcohólicos o corporales.
El joven policía invitó al recién llegado a tomar asiento solicitándole su documentación. El desconocido extrajo del bolsillo de su abrigo un viejo pasaporte estadounidense. “Llegué ayer”, dijo al agente.
El funcionario examinó el documento para cerciorarse de que era auténtico, se encontraba vigente y con los visados en regla. “Eduardo Piñeiro”, se podía leer como nombre del titular. Todo estaba en orden. No había ningún indicio que hiciera sospechar falsedad en la documentación aportada. “¿Es usted ciudadano estadounidense?”, se interesó el agente. “Sí, terminé siéndolo”, añadió el denunciante con un marcado acento gallego.
El agente pensó que aquel pobre hombre era uno de los muchos emigrantes que en los años cuarenta habían abandonado Galicia en busca de mejor vida, uno de esos valientes con denominación de origen que, como su propio abuelo, se atrevió a cruzar el océano sin ruido, como una elegante gaviota, y que, al final de sus días volvían al terruño, convencidos de que debían regresar al lugar que los vio nacer. Era un pacto con la tierra. Un pacto no escrito con tinta sino con sangre, “porque los lazos de sangre no son sólo los que nos unen a nuestros padres e hijos”, había escuchado en alguna ocasión el funcionario.
"Bien, pues dígame: ¿Cómo se llama el pueblo desaparecido? ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? ¿Qué ropa vestía? –perdón– ¿Cómo era?”, preguntó el policía en tono divertido, siguiendo el formulario de la denuncia del mismo modo que lo haría ante cualquier persona que desea encontrar a un familiar ausente.
“La última vez que lo vi tenía diecisiete años. Yo, no el pueblo, el pueblo tenía muchos más. Era elegante y cuidado, con bonitas casas de piedra salpicando los prados verdes. En el núcleo urbano estaba la iglesia, con su alto campanario intentando arañar el cielo. Las callejuelas eran estrechas y empinadas. Las mujeres pasaban con cántaros de agua en la cabeza, sujetaban con una mano el recipiente y la otra la apoyaban en la cintura, algunas, grandes expertas, apoyaban en la cintura las dos manos, y los cántaros parecían cobrar vida, balanceándose con suavidad, yo las observaba admirado. En la plaza pública estaba la fuente, un león ennegrecido escupía el agua por sus fauces abiertas. En la tasca, frente a la iglesia, se sentaban los viejos, tan viejos como soy yo ahora. Hablaban de su juventud como si fuera un gran tesoro que les había sido robado y que además era imposible recuperar. Contaban los episodios de antaño con nostalgia, con tristeza, aunque se tratara de acontecimientos alegres. Narraban con la misma melancolía el nacimiento de sus hijos que la muerte de sus padres, porque en cualquier caso todo pertenecía a ese tiempo robado del que ya no eran dueños, y no podían defender con entusiasmo algo que no poseían. Los niños pequeños correteaban por la plaza. Un maestro venía al pueblo dos veces por semana, los martes y viernes, y el resto de los días la enseñanza era otra, la de jugar, correr y ayudar a los mayores en el campo o la casa. No existía el tiempo, nunca era tarde ni demasiado pronto. Siempre era el momento adecuado para todo, para cada cosa… Era un pueblo bonito”.
El funcionario de policía escuchaba con atención al anciano sin tomar ni una sola nota de la información que le facilitaba, totalmente embelesado con su explicación. “Pero hombre, un pueblo no puede desaparecer así como así, querrá usted decir que hoy se encuentra abandonado, deshabitado”.
“No señor. Desaparecido. Ni en los mapas está”, añadió el viejo.
“Desde que me marché, hace ya cincuenta y ocho años, no he soñado con otra cosa que volver. ¿Sabe qué le digo? El día que abandoné el pueblo ocurrió algo. Me fui de noche, en silencio, con una maleta casi vacía. Tuve que hacerlo porque me enamoré. Sí, ella era delicada como una rosa –así es su nombre, Rosa–, y me volví loco de amor, loco por su tez morena, su cabello largo y ondulado, sus palabras dulces y su sonrisa permanente. Y quedó embarazada. Se puede usted imaginar el disgusto familiar, en ambas casas pero sobre todo en la suya. En aquellos tiempos era impensable que una joven que no había contraído matrimonio quedara encinta, era una osadía, una auténtica barbaridad. Su padre, el médico del pueblo, amenazó con matarme, y estoy seguro de que lo hubiera hecho si no llego a marcharme. Cuando partí, la tripa de Rosa ya se veía abultada. No he sabido más de ella. Nunca supe si nació la criatura, si fue niño o niña. Pero, como le decía, cuando dejé el pueblo ocurrió algo. Tomé un tren en dirección a Vigo. Allí debía embarcarme en un carguero para cruzar el atlántico, enrolándome en la tripulación. Era un día de una niebla espesa, hiriente, no veía ni mis propias manos, ese capricho meteorológico me impidió deleitarme con un último vistazo del pueblo. Estaba en la estación. Fui a subir al vagón de pasajeros y percibí claramente cómo me sujetaban por los pies. Miré hacia el suelo, pero la espesa niebla me impedía ver nada. La presión seguía, la notaba en mis tobillos. Me agaché para poder descubrir quién o qué me sujetaba y entonces las vi. Unas manos salían de la tierra, atravesando incluso la bruma, unas manos que, al igual que las de una madre, querían protegerme, tenerme cerca. Entonces comprendí que somos parte de la tierra que nos ve nacer, que podemos recorrer el mundo mil veces pero nuestro hogar sólo está en un sitio. ¿Comprende ahora por qué he vuelto? Son las manos de la tierra las que me han hecho volver. Aquellas que finalmente me soltaron pero a la vez me indicaron que debía regresar”.
El joven policía no sabía qué pensar. La historia de las manos parecía de ciencia-ficción. Supuso que el anciano estaba utilizando metáforas o un lenguaje simbólico pero en cualquier caso comprendía muy bien lo que quería decir. Él mismo lo había experimentado en sus distintos cambios de destino como funcionario, cuando había tenido que abandonar su casa para instalarse en otras poblaciones. Cierto era que en todas las ocasiones había sido muy bien acogido pero, utilizando el lenguaje del viejo, siempre había necesitado volver a casa, acurrucarse entre las manos de la tierra. Y una vez lo había logrado era feliz.
“¿Y no ha intentado usted reencontrarse con su familia?”, prosiguió el joven. “No tengo familia. A mis setenta y cinco años no aspiro a tener padre ni madre, ya estaban bastante enfermos cuando partí. No tuve hermanos, y si tengo un hijo, o quizás nietos, lo desconozco. Sólo tengo al pueblo, y el pueblo no está. No hay casas, no hay iglesia, no hay viejos ni niños, no hay prados verdes ni mujeres con cántaros, sencillamente se ha esfumado, no existe, ha sido borrado del planeta. Llevo años trabajando en cualquier cosa, he cargado camiones, he transportado equipajes, he recolectado fruta, he recogido basura –el agente de policía reparó en sus manos sucias y encallecidas–, años intentando ahorrar unos cuantos dólares para poder regresar a casa, para reencontrarme con la tierra que me vio nacer y ya ve, mi sueño desbaratado de un plumazo, ni siquiera tengo un sitio donde pasar la noche”.
“¿Por qué no busca a Rosa?”, añadió el joven con la voz entrecortada. “No señor. De ninguna manera. Usted me ve con el abrigo roto, la barba desaliñada, los zapatos sucios y las manos embrutecidas, pero yo soy un caballero. Rosa tendrá una familia, un esposo e hijos. Yo no puedo perturbar su paz. No puedo alterar la vida de la persona que tanto amé atormentándola con mis chaladuras, recordándole lo mucho que la quise. ¿Para qué? Respetarla ahora sigue siendo una prueba de amor”.
El joven policía tomó unas notas en un cuaderno con pulso tembloroso y el anciano, Eduardo Piñeiro, se levantó del asiento y preguntó al funcionario dónde debía firmar la denuncia. El agente también se incorporó y al hacerlo encontró ante sí unos ojos azules llenos de mar, limpio y valiente, como el que bañaba las costas gallegas. “La verdad es que tiene usted mucha razón. No hay derecho a que desaparezca un pueblo tan impunemente. Le aseguro que el caso será investigado”. El viejo asintió. Guardó el pasaporte en el bolsillo y ya se disponía a abandonar la comisaría cuando el joven añadió: “¡Ah!, abuelo, y de esta noche no se preocupe, esta noche duerme conmigo”.

Maribel Romero Soler
Cuento finalista del Premio “Ciguñuela” (Valladolid), 2007.

(Si habéis llegado hasta aquí os doy las gracias y a la vez os pido disculpas por abusar, sabéis que no suelo colgar textos tan largos).

17 comentarios:

sergio astorga dijo...

Maribel, no sólo acabé de leer sino que llegue hasta los comentarios con un grato sabor de lectura, y si no subes más de estos textos entonces si que tendrás que pedir disculpas.
Y abusando del espacio que me he propuesto para no abrumarte digo que el texto es terso, exacto, no caes en melodrama, mantienes las analogías de la perdida física con la perdida anímica, que agranda la tensión de la pertenencia. Dibujas el desarraigo con la sencillez del recuerdo y planteas el paso del tiempo y la aceptación de Piñeiro a su realidad que denuncia más no
Perturba el posible bienestar que ese paso temporal pueda haber dejado.
Interesante los dos finales -desde mi lectura- creo que el más importante es la presentación de la denuncia y su aceptación, y el otro final, que es la terminación del cuento, es una consecuencia de esa aceptación por parte del funcionario.
Felicidades, estas logrando soltura y limpieza y una síntesis que sólo se logra con una sincera autocrítica e instinto literario.
Un abrazo desde otra tierra.
Sergio Astorga

Maribel dijo...

Sergio, muchas gracias por haberlo leído y por tu análisis minucioso, tus comentarios me honran. Supongo que, a veces, las fuerzas de la naturaleza se ponen de acuerdo para que las cosas salgan más o menos decentes o con instinto literario. Gracias de nuevo.

Un abrazo de pueblo.

TitoCarlos dijo...

Menos mal que no has decidido cortarlo; no podrías e igual no lo hubieras colgado, y no habría disfrutado con su lectura.
Es magnífico. Una idea de las mas ingeniosas que he leído y con qué dulzura expresada.
Espero continúes deleitandonos.

Alicia dijo...

Precioso y ocurrente. Tu vocabulario me fascina. Es el castellano que yo voy recuperando poco a poco gracias a las lecturas de vuestras obras. Me hubiera encantado-yo a veces soy muy de películas que acaban bien-que hubiera dado la casualidad de que fuera su hijo.
La descripción física del pueblo impresionante y la parte sentimental aún mejor.
Gracias por recuperar del baul de tus obras esta joya.
Besarkadatxu bat.

Lola Mariné dijo...

Es un relato muy bello, lleno de nostalgia y ternura.
Y para nada se hace largo, al contrario.
Felicidades,guapa

Maribel dijo...

TitoCarlos, muchas gracias, de verdad, me alegra que lo hayas disfrutado. Saludos.

Maribel dijo...

Alicia, muchas gracias. En realidad es una historia simple pero con un componente original (la desaparición del pueblo). Al final no es el hijo pero podría ser el nieto, que tampoco lo sé, porque lo dejé abierto para que cada uno piense lo que quiera, ya que el término "abuelo" es usado frecuentemente para dirigirnos a cualquier anciano.
Me sorprende lo que comentas de la descripción del pueblo, eres muy observadora. Este relato está publicado en una antología y precisamente la persona que se encargó del prólogo hablaba de la "descripción periodística" de este cuento. Me alegra que te haya gustado. Besos.

Maribel dijo...

Muchas gracias, Lola. Buf, sufría porque no quería que resultara una entrada demasiado pesada. Soy consciente de que todos tenemos muchas ocupaciones aparte de la actividad bloguera, pero me alegro de que lo hayáis acogido tan bien. Os doy las gracias por esos comentarios tan halagüeños.

B. Miosi dijo...

¡Ah... Maribel! he gozado con cada una de las líneas de tu cuento. La desaparición de un pueblo. En la boca de un viejo cobra un sentido literal, claro que sí.
A medida que iba adentrándome en la lectura me he ido emocionando con la mirada del joven policía, sus gestos, su humanidad. Si bien la historia prácticamente es contada por el viejo, se percibe la emoción del relato a través de los ojos del joven, su cambio de actitud, al principio indiferente, luego jocosa y divertida, para transformarse en cómplice del anciano:

“La verdad es que tiene usted mucha razón. No hay derecho a que desaparezca un pueblo tan impunemente. Le aseguro que el caso será investigado”.

Y esta pequeña parte impregnada de inocencia, la que da la vejez, o el saber que no queda más remedio que confiar en alguien que demuestra sentimientos:

"El viejo asintió."

No sé quién sea el policía, aunque por un momento jugué con la idea de que pudiera ser su nieto, pero eso no es importante. Supiste darle un fin que el lector agradece, porque aunque sea ficción, la angustia de la vida real se mezcla con el cuento.

Gracias por la oportunidad de una buena lectura,

Besos,
Blanca

Maribel dijo...

Pues me alegra saber que lo disfrutaste, Blanca. Tienes razón, a veces conocemos de los sentimientos de una persona a través del reflejo que proyecta en las demás, algo así le debió ocurrir al viejo con el policía. Yo también pienso que se trataba de su nieto, jeje, pero ni siquiera lo sé, cada lector que elija su final. Muchas gracias por tu amable comentario. Besos.

Triana dijo...

Maribel largo?, no solo lo he leído entero, si no que lo he releído, siempre lo hago cuando algo me gusta. La historia conmevedora y bella, te engancha en la primera frase y como siempre en tu prosa, impecable su construcción.

Un abrazo fuerte

Maribel dijo...

Triana, guapa, muchas gracias, no solo por leerlo sino por releerlo y dejarme estas palabras tan amables. Besos.

siempreconhistorias dijo...

Enmudecí, MAribel. No es largo, es requetereleíble y bellísimo. Tienen cara y vida los dos hombres, y manos maternales ese pueblo, y familia Rosa... ¡Es bellísimo!
¡Felicidades!
Izaskun

Maribel dijo...

Agradezco mucho, mucho, tu comentario, Izaskun. Como autora pierdo la perspectiva sobre mi obra con el paso del tiempo, sin embargo descubrir que puede despertar en quien la lee la misma emoción que yo sentí al escribirla me llena de satisfacción, y de sorpresa, por qué no decirlo. Gracias de corazón.
Un abrazo.

Incongruente dijo...

Pues no es difícil llegar hasta el final del cuento. Eres buena, realmente buena y no creo que debas preocuparte por ganar o no un concurso de cuentos. Yo soy como el abuelo de tu cuento, con tantos años que no recuerdo haber nacido, pero me gusta leer y escribir. Hoy creo haber leído una frase para enmarcarla. ¡Sí, y, además, es tuya! Dice: "Narraban con la misma melancolía el nacimiento de sus hijos que la muerte de sus padres, porque en cualquier caso todo pertenecía a ese tiempo robado del que ya no eran dueños". Realmente buena. Te felicito de corazón. Te seguiré leyendo

Maribel dijo...

Jajaja, exageras Alejandro. Muchas gracias por tu opinión, eres muy amable. El tema de los concursos me preocupa lo justo, tampoco es que me quite el sueño, lo que ocurre es que me tomo esto de manera muy seria y en este difícil mundo en que estamos metidos es una forma más de abrirse camino, de dar a conocer el trabajo literario. Me alegra saber que te gustó el cuento.
Un abrazo.

Anita Solohayuna dijo...

fascinante!!!