miércoles, 29 de octubre de 2008

DERECHOS EN CONFLICTO

Comenzaba las entradas del mes de octubre hablando del Derecho Moral de Autor y de su condición de derecho irrenunciable e inalienable.
Una de sus más importantes manifestaciones es la siguiente: corresponde al autor “exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación”.
Este derecho, además de irrenunciable e inalienable, podríamos calificarlo también de inagotable, ya que se extiende más allá de la vida del autor. Al fallecimiento de éste su ejercicio corresponde, sin límite de tiempo, a la persona natural o jurídica a la que el autor se lo haya confiado expresamente por disposición de última voluntad. En su defecto el ejercicio de este derecho corresponde a los herederos.
Fijaos hasta dónde llega el alcance de estos enunciados, que en muchas ocasiones el derecho moral de autor entra en conflicto con el derecho de propiedad y tienen que mediar los tribunales para dirimirlo.
Voy a poner un ejemplo, posiblemente absurdo, pero clarificador. Si yo compro un bonito cuadro que representa un bodegón, firmado por un afamado artista, y pago una cuantiosa suma por él, evidentemente el cuadro es mío, me pertenece, me lo llevo a mi casa y lo cuelgo en mi salón comedor. Sin embargo, transcurridos unos meses me doy cuenta de que no termina de gustarme, a ese bodegón le faltan unas uvas para que quede completo, y como soy una atrevida y estoy recibiendo clases de pintura, pues ni más ni menos se me ocurre añadirle yo esas uvitas pintándolas sobre la obra ajena. El cuadro es mío, la creación es ajena. ¿Tengo derecho a pintar las uvas en mi cuadro? ¿Conculco el derecho moral de autor al no respetar la integridad de la obra y modificarla a mi libre albedrío? ¿He menoscabado la reputación del autor? ¿Me puede demandar?
Curioso ¿verdad?
Éste es un simple ejemplo, una ficción, pero podría comentaros un caso real también muy curioso. Por no hacer esta entrada excesivamente larga lo dejaré para otra ocasión.

lunes, 27 de octubre de 2008

MÁS LIBRES


La mujer que había dentro de mí no necesitaba una gargantilla de perlas para poner el cuello, ni un reloj de oro para mostrar las muñecas. La mujer que vivía en mí fue capaz de colocar la cabeza en la guillotina y permitió que la esposaran como a una delincuente, ardió en la hoguera, fue vejada y humillada y murió aplastada por un montón de piedras. Esa mujer que aún vive en mí no me pertenece, porque está dentro de todas las mujeres de la Tierra, posee la fuerza de un volcán, el arrojo de un guerrero, y se levanta de cada caída para hacernos más libres.
Maribel Romero Soler.

viernes, 24 de octubre de 2008

EL NIÑO SOLO. GABRIELA MISTRAL

Lucila Godoy, que fue su verdadero nombre, nació en Vicuña, Chile, en 1889, y murió en Nueva York en 1957. Su poesía, de perfil nítido y vigoroso, está marcada por una gravedad profunda, casi mística, destacando con fuerza en el panorama de la literatura latinoamericana.
El amor ocupa un espacio preponderante en sus creaciones y sobre todo el amor a los niños, a los que dedicó la mayor parte de su obra. Nunca tuvo hijos y esa carencia marcó su vida y su producción literaria. La sensibilidad de la madre que nunca fue se deja traslucir en muchos de sus poemas, a veces de manera tierna, otras descarnada.
Hoy me quedo con este poema suyo que siempre me conmovió, son de esos versos que se introducen muy adentro y buscan su espacio para nunca más salir.

EL NIÑO SOLO

Como escuchase un llanto, me paré en el repecho
y me acerqué a la puerta del rancho del camino.
Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho.
¡Y una ternura inmensa me embriagó como un vino!
...
La madre se tardó, curvada en el barbecho;
el niño, al despertar, buscó el pezón de rosa
y rompió en llanto... Yo lo estreché contra el pecho,
y una canción de cuna me subió, temblorosa...
...
Por la ventana abierta la luna nos miraba.
El niño ya dormía, y la canción bañaba,
como otro resplandor, mi pecho enriquecido...
...
Y cuando la mujer, trémula, abrió la puerta,
me vería en el rostro tanta ventura cierta
¡que me dejó el infante en los brazos dormido!
...

miércoles, 22 de octubre de 2008

SOY POBRE

“Soy pobre. Pido una ayuda por solidaridad. Antes era obrero naval y minero, hoy mendigo”. Garabateadas con rotulador negro sobre un cartón he leído esta mañana estas palabras. Ha sido en Alicante, pero podía haber sido en cualquier otra ciudad. Su dueño, el pobre, era un hombre de unos sesenta años, bien vestido, aseado, incluso llevaba corbata. Su rostro, sin embargo, reflejaba el sufrimiento, la barba apenas arreglada, los ojos caídos, las mejillas apagadas. He podido comprobar que la pobreza deja más surcos en la piel que los años, incluso la pobreza de espíritu. Aunque el cuerpo esté envuelto en trajes caros la pobreza no se puede disimular, ni siquiera el dinero es capaz de hacerlo. He sentido pena, pena por el hombre bien vestido, avergonzado, sentado en un portal, con su cazadora de cuero negro. Somos tan simples que no estamos capacitados para ver pobre al que antes no lo era. Únicamente aceptamos aquello que nos viene por herencia, como un equipaje traído desde el útero materno. Respetamos a los ricos de cuna pero despreciamos a “los nuevos ricos”, observamos tranquilos las panzas de sapo y piernas de alambre de millones de niños en el mundo que no tienen un trozo de pan que llevarse a la boca, pero nos conmueve hasta el dolor el pobre que antes no lo era. Es paradójico o sencillamente terrorífico, porque lo que de verdad nos asusta es que nos puede pasar a nosotros. Los que no hemos nacido ni ricos ni pobres somos pesas capaces de inclinar la balanza hacia cualquier lado y ante el temor de caer en el platillo equivocado luchamos con todas las fuerzas por mantener el equilibrio. Somos simples, lo he dicho antes, y por eso seguimos ignorando las grandes desgracias del mundo para centrarnos en una sola, en la que, como si de un espejo se tratara, nos aterroriza reflejarnos.

lunes, 20 de octubre de 2008

EL NÚMERO CINCO


Los niños jugaban a atrapar la luz y los mayores a atrapar el tiempo.
En el pabellón número cinco del campo de concentración reinaba la oscuridad. Los pequeños, con sus pieles transparentes, jugaban con el destello mortecino de una vieja linterna abandonada. Ya no tenían sed, ni hambre, ni miedo, ni les dolía el cuerpo. Todo era susceptible de ser aprendido. Un hombre de unos treinta años pasó junto a ellos como un espectro, sin forma ni ruido. Contaba días y dibujaba rayitas simétricas en su antebrazo arañándose con una uña afilada. Una, dos, tres… Solo le faltaban cinco para acabar con aquella pesadilla.

Maribel Romero Soler.

sábado, 18 de octubre de 2008

DOBLE LENGUAJE

La madre al hijo:
—¿De qué quieres el bocadillo?
—De lo que tú quieras.
—¿No te apetece algo especial?
—No, házmelo de lo que tú quieras.
Minutos más tarde:
—Pero ¿qué me lo has hecho de queso?
—Me has dicho que de lo que yo quiera.
—Sí pero ¿de queso? Qué asco, no pienso merendar.
Disgusto familiar.

El novio a la novia una tarde de sábado:
—¿Dónde vamos hoy?
—Donde tú quieras.
—A mí me da igual, dime tú.
—Pues vamos al cine.
—¿Al cine? Si fuimos el sábado pasado.
—¿No me has dicho donde yo quiera?
—Sí, pero ¿al cine? Qué aburrimiento.
Disgusto de pareja.

El jefe a la empleada:
—Cuando pueda redácteme este informa para el banco.
—De acuerdo. ¿Lo necesita pronto?
—No, no hay ninguna prisa, cuando pueda.
A la media hora, por la línea telefónica interior:
—Señorita, ¿tiene ya el informe?
—No, usted me dijo que no era urgente.
—¿Aún no lo ha hecho?
—Me dijo que no tenía prisa.
—Por Dios, si hace ya media hora que se lo encargué.
Disgusto laboral.

Tenemos un lenguaje amplio y rico ¿por qué nos cuesta tanto comunicarnos?

jueves, 16 de octubre de 2008

UN MICROCUENTO DE CARLOS FRÜHBECK

No conozco a CARLOS FRÜHBECK MORENO, aunque he indagado un poco sobre él y he podido comprobar que es un burgalés afincado en Italia, profesor de español para extranjeros que, como escritor, tiene bastantes premios en su haber. El motivo de traerlo hasta aquí es porque un microcuento suyo me ha fascinado. Con él ha sido recientemente ganador del VI CONCURSO DE MICROCUENTOS DE LA ESCUELA DE LETRAS, convocado bajo el lema "Literatura y cambio climático". Como me gusta compartir todo aquello que me emociona, seduce, fascina, sacude, enloquece o desbarata, os lo pongo. Felicidades, Carlos.

LLUVIA
Me eché a llorar cuando vi que volvían a llover arandelas, tornillos, cadenitas doradas, tuercas, engranajes, rostros de hojalata sobre la tarde reseca de la provincia. Abajo, los cuerpos de los transeúntes se doblaban bajo el peso de las redes metálicas de sus paraguas. Todos habían olvidado por qué habían salido a la calle antes de que empezara a llover. Escuchaba el ruido agudo del metal contra el cristal de mi ventana y reconocía tu voz. De vez en cuando, algunas piezas de lluvia se ensamblaban y me encontraba con un soldado que, con dos platillos y su tricornio, daba un digno paseo militar sobre mi alféizar para volver a caerse. Empezaron a aparecer charcos llenos de cajas de música con bailarinas, pinochos de cuerda y miniaturas de coches deportivos. En cuanto escampara, los pocos niños que quedaban saldrían a la calle a recoger sus juguetes. Alguien había pronunciado tu nombre tres veces delante de un espejo. Me eché a llorar porque sabía que yo nunca sería capaz de hacerlo delante del único espejo que una vez nos reflejó a los dos.

martes, 14 de octubre de 2008

¿ESCRITORES DESPISTADOS?

Recientemente he podido leer en páginas especializadas dos noticias que me llaman la atención: escritores que habían sido premiados en distintos certámenes literarios han sido posteriormente despojados de sus galardones al comprobar las entidades convocantes, en un caso, que el relato en cuestión ya había sido premiado anteriormente, y en el otro, que la obra no era inédita, y tanto en uno como en otro caso se incumplían las bases de las convocatorias. Este tipo de noticias asaltan de vez en cuando las páginas literarias y a mí me sorprenden y preocupan en la misma medida y es porque no concibo la pillería del escritor. Quizás mi concepto de honestidad se encuentre anquilosado y no se ajuste a las tendencias actuales, si es que la honestidad, como si de un abrigo se tratara, debe estar también sujeta a los designios de la moda, pero a lo largo de las generaciones el escritor siempre ha abanderado causas, y además causas nobles. El escritor ha sido la voz del pueblo, del marginado, del más necesitado, incluso del más olvidado; ha enarbolado banderas de paz, libertad y justicia y, en muchas ocasiones, ha sufrido el precio de su valentía. El escritor es ejemplo y modelo y aunque no puedo afirmar que se le deba exigir más honradez que al mecánico, fontanero, arquitecto o político, sí creo que su propia esencia debe estar reñida con cualquier conducta reprobable. Por supuesto que en las generalizaciones se mete indefectiblemente la pata, por supuesto que pillos hubo antes, los hay ahora y los habrá en el futuro, por supuesto que por encima de cualquier sospecha debe regir la presunción de inocencia, pero es mi opinión y quiero expresarla.
Sé que muchos escritores participan con una misma obra simultáneamente en diversos certámenes literarios, lo sé e incluso lo comprendo. La tardanza habitual en proclamarse un fallo les incita a intentarlo por varios frentes distintos. Este hecho puede dar lugar a errores no deseados, aunque sí propiciados. ¿Y si no se dan cuenta? Pues nada, otro premio al bolsillo. Es fácil llevar un control de las obras enviadas, de los fallos proclamados y de los galardones obtenidos. Es fácil evitar noticias como las que encabezan este artículo, que, en mi humilde opinión, empañan, queriendo o no, el buen nombre de la literatura.

domingo, 12 de octubre de 2008

ANÁLISIS DEL RELATO

Esta entrada está íntimamente relacionada con la anterior, puesto que el análisis que os presento es precisamente sobre el relato de Manganelli. Si me ha parecido interesante traerlo hasta aquí es porque considero que el relato más su análisis poseen un valor didáctico significativo para todos aquellos que gustan de conocer los entresijos del arte de escribir. El estudio nos ayudará a desmitificar el mito, a darnos cuenta de que transgredir todas las normas produce, en ocasiones, resultados sorprendentes, pero eso sí, hay que hacerlo con arte.

El texto que transcribo a continuación pertenece al libro CÓMO LEER TEXTOS LITERARIOS (EL EQUIPAJE DEL LECTOR), de Julián Moreiro, Editorial EDAF.

“Repasemos el texto. Tras planteársenos un conflicto insólito e inverosímil, que no se justifica de ninguna forma (la desaparición del universo), asistimos a las disquisiciones del extraño personaje protagonista con la sensación de que falta tono narrativo (no sucede nada, no se ofrecen datos, no hay progreso en la acción) y nos topamos, en fin, con un desenlace que nos deja boquiabiertos: el conflicto no se soluciona, y además se introduce un elemento que lo complica. Precisamente entonces el relato termina. El autor no sólo apela a un lector cómplice, sino que le pasa la pelota y la perplejidad.
La eficacia del relato reside en su organización, pues nos permite ir conociendo una serie de rasgos que rompen una por una todas las expectativas del lector. En efecto, se ofrecen datos de los que tomamos nota para después comprobar que carecen de relevancia (¿para qué precisar de dónde sale el señor y qué había comprado?) o que no tienen tan siquiera justificación narrativa (el protagonista constata que el polvo a que se ha reducido el universo parece estar “totalmente acostumbrado a su oficio de polvo”); por el contrario, se ocultan informaciones que podríamos esperar razonablemente (¿quién es ese señor de mediana edad?); el personaje utiliza razonamientos que contravienen la lógica (analiza como un hurto cualquiera el robo del universo y se plantea ir a quejarse de que se lo hayan quitado, ya que él lo usaba todos los días), etc.
Puede usted seguir con el juego de descubrir otras rupturas, pues con ello se habrá cumplido uno de los previsibles objetivos del escritor: introducir elementos de disolución en el orden lógico que a usted y a mí nos permite reconocer la realidad”.

jueves, 9 de octubre de 2008

UN RELATO DE GIORGIO MANGANELLI. RECOMENDADO

Al salir de una tienda en la que había entrado para comprar una loción para después del afeitado, un señor de mediana edad, serio y tranquilo, descubrió que le habían robado el Universo. En lugar del Universo había sólo un polvillo gris, la ciudad había desaparecido, desaparecido el sol, ningún ruido provenía de aquel polvo que parecía estar totalmente acostumbrado a su oficio de polvo. El señor poseía una naturaleza tranquila, y no le pareció oportuno hacer una escena; se había producido un hurto, un hurto mayor de lo habitual, pero al fin y al cabo un hurto. En efecto, el señor estaba convencido de que alguien había robado el Universo aprovechando el momento en que había entrado en la tienda. No era que el Universo fuese suyo, pero él, en tanto que nacido y vivo, tenía algún derecho a utilizarlo. En realidad, al entrar en la tienda, había dejado fuera el Universo, sin aplicar el mecanismo antirrobo, que no utilizaba jamás, pues sus enormes dimensiones lo hacían de un uso poco práctico. Pese a su severidad consigo mismo, no se sentía culpable de escasa vigilancia, de imprudencia; sabía que vivía en una ciudad afectada por una delincuencia insolente, pero jamás se había producido un hurto del Universo. El señor tranquilo se dio la vuelta y, tal como esperaba, la tienda también había desaparecido. Cabía pensar, por consiguiente, que los ladrones no andaban demasiado lejos. Se sentía, sin embargo, impotente y algo molesto; un ladrón que roba todo, incluidos todos los comisarios de policía y todos los guardias urbanos, es un ladrón que se sitúa en una posición de privilegio que habitualmente no corresponde a un ladrón; el señor, aunque tranquilo, experimentaba aquel estado de ánimo que lleva a muchos señores a escribir cartas a los directores de periódicos; y de existir periódicos, tal vez lo hubiera hecho. De igual manera, de haber existido una comisaría, habría formalizado una denuncia, precisando que el Universo no era suyo, pero que lo utilizaba todos los días, desde el instante de su nacimiento, de manera cuidadosa y sobria, sin haber tenido jamás que ser llamado al orden por las autoridades. Pero no había comisarías, y el señor se sintió molesto, burlado, vencido. Se estaba preguntando qué tenía que hacer, cuando, inequívocamente, alguien le tocó en el hombro, tranquilamente, para llamarle.

GIORGIO MANGANELLI. Centuria. Cien breves novelas-río. Anagrama.

domingo, 5 de octubre de 2008

POR FIN DISFRUTÉ MI PREMIO



















Este fin de semana he podido disfrutar del premio que obtuve en el I concurso de relatos amorosos DO NOT DISTURB convocado por el Hotel Montíboli de Villajoyosa, un magnífico establecimiento de cinco estrellas junto al mar Mediterráneo, rodeado de vegetación en un entorno paradisíaco.
El premio, lógicamente, consistía en una estancia romántica para dos personas en sus instalaciones, entre las que cuenta con dos playas privadas, de acceso directo desde el hotel, una de ellas naturista. La estancia ha sido estupenda, el lugar increíble, el servicio esmerado, los detalles cuidadísimos. Un lugar para recomendar. Gracias hotel Montíboli.



jueves, 2 de octubre de 2008

DERECHO MORAL DE AUTOR

Los derechos de autor no tienen únicamente un contenido económico. Éste suele ser el derecho más conocido pero no es el único ni el más importante. La Ley de Propiedad Intelectual contempla entre sus preceptos el llamado Derecho Moral de Autor, según el cual:

Corresponden al autor los siguientes derechos irrenunciables e inalienables:
1. Decidir si su obra ha de ser divulgada y en qué forma.
2. Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente.
3. Exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra.
4. Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación.
5. Modificar la obra respetando los derechos adquiridos por terceros y las exigencias de protección de bienes de interés cultural.
6. Retirar la obra del comercio, por cambio de sus convicciones intelectuales o morales, previa indemnización de daños y perjuicios a los titulares de derechos de explotación.
Si, posteriormente, el autor decide reemprender la explotación de su obra deberá ofrecer preferentemente los correspondientes derechos al anterior titular de los mismos y en condiciones razonablemente similares a las originarias.
7. Acceder al ejemplar único o raro de la obra, cuando se halle en poder de otro, a fin de ejercitar el derecho de divulgación o cualquier otro que le corresponda.
Este derecho no permitirá exigir el desplazamiento de la obra y el acceso a la misma se llevará a efecto en el lugar y forma que ocasionen menos incomodidades al poseedor, al que se indemnizará, en su caso, por los daños y perjuicios que se le irroguen.