viernes, 29 de agosto de 2008

¿ACEPTAMOS LAS CRÍTICAS?

Vivimos en la cultura de la loa gratuita. Desde que tenemos uso de razón nos encanta que nos alaben. El niño pequeño da un salto y no levanta los pies tres centímetros del suelo pero su madre grita maravillada: “¡muy bien! Cuando el niño crece le muestra un dibujo que no llega a adivinar qué es: ¿una casa?, ¿un coche?, ¿una caja de zapatos? Da igual, ella repite: “¡muy bien!”. Y sigue repitiéndolo cuando da una simple voltereta, cuando intenta nadar por la piscina, cuando corre, cuando canta, cuando cuenta un chiste imposible… Supongo que actuar de otra manera sería sinónimo de crueldad, el niño es pequeño, pobrecito, le hace ilusión. ¿Pero actuamos correctamente? Ese genio en miniatura —según él cree— crecerá, y crecerá con un halo de superioridad injustificada, se sentirá un triunfador, no aceptará perder ni al parchís y posiblemente acabará viviendo en un estado de constante frustración.
En este oficio en el que nos movemos o intentamos movernos hay que pasar por aceptar las críticas, es necesario. No podemos pretender saber más que el resto. Ésta suele ser la primera tabla de salvación a la que nos aferramos cuando nuestro trabajo es criticado, “qué sabrán de literatura, la que escribo soy yo”. Gran error. Los que escribimos somos nosotros pero los que leen lo escrito son los demás. Las opiniones del lector deben ser tratadas con gran consideración, siempre nos ayudan a crecer y mejorar. Escribimos aquello que nos gusta pero si queremos que nuestra obra trascienda no podemos obviar la opinión del público, hay que contar siempre con él y con sus deseos. Por supuesto que de todo hay, como en botica, pero el tiempo y la experiencia nos ayudan a saber discernir la crítica constructiva de la simplemente retorcida y sin sentido.
La palabra crítica, además, ha adquirido en nuestra sociedad connotaciones negativas. Someterse a la crítica de expertos es algo así como exponerse al escarnio público, pero no olvidemos que según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, crítica es, entre otras acepciones, “examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.”, y por tanto también cabe pensar que ese examen o juicio dé como resultado una crítica amable y positiva.

martes, 26 de agosto de 2008

EL RETORNO

Dije que volvería y aquí me tenéis, un poco antes de lo previsto, faltan seis días para que comience septiembre pero mi espíritu ya se encuentra renovado y con ganas de iniciar nuevos proyectos.
Finalmente agosto no ha resultado tan infructuoso como pensaba. He aprovechado para escribir, sobre todo microrrelato, y cómo no para leer. Agosto también me ha traído un nuevo reconocimiento literario. A primeros de mes recibí un e-mail de una Asociación en el que me comunicaban mi condición de finalista (y aspirante a premio) en un certamen de relato hiperbreve. Hoy ha salido publicado el fallo en su web: me han concedido accésit. Una vez más me quedo en puertas. Conozco muy bien las puertas de muchos certámenes y no cejaré en mi empeño de franquearlas algún día.

Acabo de revisar las bases del certamen y no veo inconveniente en dar a conocer el texto distinguido con el áccesit. La Asociación solo se reserva derechos de publicación sobre los primeros y segundos premios, quedando en libertad los restantes, por tanto os lo pongo a continuación. Solo aclarar que en este caso no se trataba de tema libre, concretamente era "Temática de la mujer: palabras en femenino". Os dejo con él.

MI DELITO

¿Por qué se empeña en discutirlo, señor juez? Yo no he inventado nada. La igualdad, el crimen, la libertad, el castigo, la justicia, el asesinato, la tolerancia, el maltrato, la solidaridad, el abandono, la ayuda, el insulto, la integridad, el abuso, la esperanza, el fraude, la comprensión, el engaño, la convivencia, el egoísmo, la paz o el dolor ya existían antes. Si de algo soy culpable es de haber pedido a mis alumnos que separaran las palabras femeninas de las masculinas. Ese es mi delito, señor juez, pero le repito que yo no he inventado nada.

lunes, 4 de agosto de 2008

BALANCE

Nos encontramos en agosto, el mes de vacaciones por antonomasia, al menos en esta parte del planeta. Hace calor, el cuerpo se relaja y en las calles se respira ausencia. Quizás sea el momento de tomar un descanso y hacer balance.
Inauguré este blog a finales del pasado mes de marzo con el afán de dar rienda suelta a una pasión: la literatura. Desde el primer momento hasta el día de hoy he intentado mantenerlo activo y actualizado, he añadido entradas cada tres o cuatro días, he incluido encuestas (en la actual todavía se puede votar), fotos y cómo no literatura. Un total de cincuenta y seis entradas habitan este espacio virtual. En todo momento he procurado no salirme de la norma, es decir, creé un blog literario y lo estoy manteniendo como tal. Principalmente añado textos propios, es la mejor forma de compartir mi pasión con los demás, pero también salpico su contenido con noticias del ámbito literario, obras de autores consagrados, apuntes o pequeños consejos sobre el arte de escribir, noticias sobre concursos o premios… No voy a negar que en más de una ocasión me he quedado con ganas de comentar noticias de las que de vez en cuando nos sorprenden en nuestra vida cotidiana: niños olvidados en maleteros o asientos traseros de los vehículos, terroristas que abandonan la cárcel quizás precipitadamente, agresiones entre adolescentes grabadas en sus móviles y exhibidas no solo entre ellos sino, incomprensiblemente, en televisión, mientras los miembros de la familia se reúnen en torno a una mesa y dan cucharadas a la sopa. No voy a negar que la actualidad me preocupa, incluso a veces me aterra, y no dedicar unas letras o unas entradas a determinadas noticias no es dar la espalda a los problemas, sino intentar mantener una línea de coherencia: mi blog es un blog literario.
Sin embargo este descanso de agosto, que me pide el cuerpo y el alma, quizás me sirva para replantear la estructura de éste mi rincón. Es posible que cuando retome su actividad dé cabida a otros temas, añada artículos de opinión, me atreva a criticar lo que me parece injusto y a alabar justo lo contrario. Al fin y al cabo escribir con el corazón ¿no es literatura?
Me despido hasta septiembre. Los que quieran visitar mi blog tienen una buena ruta a seguir a través de las entradas antiguas, muchos contenidos para destripar, y yo, por supuesto, estaré encantada de que lo hagan. Felices vacaciones.

viernes, 1 de agosto de 2008

SEÑALES

¿Sabemos interpretar las señales? Dos de la mañana, todos duermen. Como siempre soy la última en irme a la cama. Reviso las habitaciones de la casa en un gesto mecánico que repito cada noche antes de retirarme a mi dormitorio, los muebles están en su sitio, a ninguno se le ha ocurrido cambiar de posición. Llego hasta una estancia anexa a una vieja cocina de invierno, en realidad es una barbacoa con una ennegrecida chimenea. Estoy en esa estancia y veo algo. Ese algo está agarrado al marco de la ventana y me mira. Son las dos de la mañana y la penumbra me envuelve, es decir, veo poco. Aguzo la vista y observo un par de ojos grandes que me siguen mirando. Los míos —mis ojos—, se vuelven tan grandes como aquéllos. Cuatro ojos grandes se miran temerosos e impresionados y de momento el algo cobra nombre. ¡Es un búho! ¡Tengo un búho en casa! El animal, tan asustado como yo, se esconde tras la hoja de ventana, no puede salir al exterior porque una mosquitera se lo impide. Aprovecho la ocasión para cerrarla y lo dejo atrapado entre la ventana y la mosquitera, antes compruebo que entre ambos elementos queda un espacio suficiente para que pueda pasar allí la noche, sin sentirse demasiado aprisionado. Por la mañana lo soltaremos. Pero ¿qué hace un búho en mi casa?, ¿cómo ha entrado?, ¿qué significa? Con estas preguntas y otras más me voy a la cama. Mi marido ronca. Transcurren varias horas. No dejo de pensar en el búho hasta que me duermo, y pido al cielo que no le pase nada en su improvisado cautiverio, no quiero que se muera, solo quiero salvarlo. Son las ocho de la mañana. Mi marido despierta —seguramente para ir al baño porque es domingo y aún le quedan horas de sueño—, aprovecho la ocasión y le digo “ayúdame a liberar un animal que tenemos en casa”. La cara con que me mira es indescifrable. Todas sus sospechas van cobrando forma: “se está volviendo loca”, “tanto escribir no debe ser bueno”, “confunde realidad con ficción”… Mientras él intenta asimilar la frasecita de la liberación del animal yo le explico que se trata de un búho y le cuento cómo lo encontré y dónde está. Nuestros hijos duermen. Nos dirigimos a la caza del búho. Mi marido abre la hoja de la ventana y lo atrapa sin esfuerzo como un auténtico Félix Rodríguez de la Fuente, el animal está bien y nos mira, es verdaderamente hermoso. Nunca había visto un búho tan de cerca, qué digo, creo que nunca había visto un búho de verdad, es decir, fuera de un reportaje de televisión o de la foto de un libro. Lo introducimos en una jaula enorme que antiguamente perteneció a un loro —que por cierto se suicidó, tenía depresión—, le ponemos agua y un trozo de manzana —en ese momento nuestro Félix Rodríguez de la Fuente particular desconocía que los búhos son carnívoros—, y decidimos esperar a que nuestros hijos despierten y lo vean, después lo soltaremos. Once de la mañana. El mayor sale de su habitación. Le explico eufórica que un búho ha entrado en casa y lo tenemos en una jaula, entonces pregunta “¿y qué va a entrar la próxima vez?, yo no quiero despertarme un día y encontrarme un búho encima de mi cara”. Intento tranquilizarlo y le digo que eso es imposible, que pregunte a sus amigos si alguna vez entró un búho en su casa, trato de que acepte aquello como algo grande, una señal, más que una anécdota, ¿quién puede contar en el cole una historia semejante? Eso le gusta, ser el único en algo es lo más importante para un niño. Salimos a verlo, no ha probado la manzana y el agua está derramada por el suelo de la jaula. A mi hijo le gusta el búho. Va girando alrededor de la jaula para verlo mejor y el animal lo sigue con sus grandes ojos. ¡Dios mío, parece la niña del exorcista! No estoy en condiciones de asegurar que gire su cabeza 360º pero 180º juro que sí. Me viene a la mente aquella canción de “…a mi burro, a mi burro, le duele la cabeza…”, pero le cambio ligeramente la letra “… a mi búho, a mi búho, le gira la cabeza…”. Nos metemos en Internet y buscamos páginas sobre búhos, principalmente para saber qué comen. Insectos, ratones, pájaros o animales de escaso tamaño… Mi hijo pequeño, que ya se ha incorporado a la reunión familiar, dice que él le buscará hormigas. Le mete en la jaula varias hormigas, mariquitas y otros bichejos cuyo nombre desconozco pero el búho ni los prueba, pensándolo bien carne, lo que se dice carne, tienen poco. Barajamos la idea de soltarlo ya, necesita libertad, y, como siempre, el pequeño de la familia dice que se lo quiere quedar, porfaaaaa… Le hacemos fotos con el móvil, le acariciamos la cabeza —curiosamente se deja, debe estar muy asustado—, y finalmente llega el momento. Por consenso familiar el búho va a ser liberado. De nuevo nuestro Félix Rodríguez de la Fuente lo saca de la jaula y tomándolo con una mano por el cuerpo y sujetando con la otra sus patas —o garras, no sé como decirlo— lo eleva para que veamos bien todo su esplendor animal. ¡Qué guay! ¡Qué bonito! Por fin abre las manos y el ave es libre, extiende sus poderosas alas y más tarde desaparece de nuestra vista. Qué gran experiencia. Pero sigo pensando: ¿es una señal? El búho es el animal de la suerte pero ¿de la buena suerte? ¿A qué vino a mi casa? Mi hijo mayor dice que voy a ganar un importante premio literario, así que señores convocantes de concursos varios, por favor, no dejemos en mal lugar ni al búho ni al niño.