martes, 29 de abril de 2008

LAS MUJERES CUENTAN


El año pasado se celebró el VIII Concurso Literario de Narrativa para Mujeres que convoca la Consellería de Bienestar Social de la Generalitat Valenciana. En ese certamen resultó finalista un relato mío, se titula NUESTRO SECRETO.
Se trata de una historia de la España negra, un episodio de posguerra, de hipocresías, de carencia de sentimientos, una historia de familia que, aunque ficticia, bien podría reflejar las vivencias de cualquier familia española de clase media/alta en una época difícil, pero difícil principalmente por el peso de las creencias absurdas, la dignidad mal entendida y la falta de libertades.
Hoy he recibido cinco ejemplares del libro que recoge los relatos ganadores y finalistas del mencionado certamen (así cobramos los pobres los derechos de autor), y he de reconocer que me ha hecho mucha ilusión, además es un libro como Dios manda.
Estos son los relatos que contiene y sus autoras:
Fronteras movedizas: escrituras misóginas o la capacidad liberadora del humor. Arantxa Bea.
Paula se despierta. Eva Mª Albiol González.
Si yo fuera hombre (una relfexión). Vanessa Gloria Pérez de Baños.
Viatges. Teresa Gomis Baixauli.
Billete de ida y vuelta. Ester Antón García.
Confesión a una madre. Esperanza Ayala Corma.
Escojo... Raquel Ballester Font.
Renacer. Rebeca Bretones Garro.
Una habitación sin vistas. Andrea Galalrdo Domingo.
La profesora de tai-chí. Ángela Izquierdo Zaragoza.
La indecisió. Josefina Jordán Esteban.
Estrella del Mediterráneo. Mª Isabel Lozano Martinez.
El secreto de la felicidad. Rocío Macho Ronco.
El sabotaje interno. Cristina Martínez Alarcón.
Inocentes. Purificación Martorell Ortells.
En vida ajena. Mª José Miguel Quilis.
Invisible. Laura Montllor Sánchez.
Un secreto entre ella y yo. Verónica Palomares Langa.
Ebelia. Magdalena Pecino Menéndez.
El tren de la maternidad. Julia Mª Pérez Villegas.
Un extraño paquete. Rosario Real Salcedo.
Nuestro secreto. Mª Isabel Romero Soler.
La Ciudad de los Césares. Mª Ángeles Salas Moneo.
Whatever will be, will be. Eva Mª Vazquez Mora.

lunes, 28 de abril de 2008

LIBROS QUE DEJAN HUELLA

Todos hemos leído alguna vez un libro para no olvidar. Quizás sea el primero que llegó a nuestras manos, aunque éste nos puede quedar ya tan lejano que ni siquiera somos capaces de recordarlo. En cualquier caso siempre hay un libro, un título, un autor, un personaje que se apodera de una pequeña porción de nuestra memoria y la hace suya.
Voy a mencionar dos libros, leídos en muy diferentes momentos, a muy distintas edades, y que puedo asegurar me dejaron huella.
El primero es Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Ahora mismo sería incapaz de contar su argumento, ni siquiera un breve pasaje. Lo leí en la etapa escolar, tendría doce o trece años, sin embargo no lo olvido y sé, con certeza, que es el libro que más me impulsó a escribir. Recordarlo ahora significa que me dejó huella.
El segundo es 1984, de George Orwell, ya un clásico de la literatura universal. Con este libro me ocurrió algo curioso. Lo tengo en mi biblioteca particular bastante tiempo, más de quince años. Había intentado leerlo en diversas ocasiones y no conseguía pasar de la segunda página. No hace mucho me hice el firme propósito de darle lectura de una vez, al fin y al cabo no hay libro que se me resista. Y lo hice. Fue un acierto. Es el libro más impactante de cuantos he leído, el ingenio del autor es desbordante, la maldad se lleva al extremo, el miedo puede llegar a dominar al mundo. Es una historia que viene a demostrarnos lo fácil que resulta alcanzar un poder exorbitante y con él humillar, maltratar, vejar y destruir a todo un conjunto de población. En este libro se narran episodios verdaderamente espeluznantes y lo más dramático es que no deja de ser una reproducción (exagerada, espero) de sociedades reales que han existido y pueden seguir existiendo.
Hoy por hoy afirmo que 1984 es el libro que más huella me ha dejado.

viernes, 25 de abril de 2008

LA FIESTA

Hace un tiempo tuve que documentarme en Internet acerca de la vulneración de los derechos humanos para escribir un artículo jurídico (que por cierto se puede leer en este blog, dentro de las entradas de marzo y bajo el título MUJERES Y DERECHO).
Pues bien, esa búsqueda a través de la red me llevó a unas imágenes escalofriantes.
No solo a día de hoy se vulneran los derechos más elementales de todo ser humano, sino que se aplican impunemente castigos y penas que arrebatan el más preciado de los derechos, el principal, el derecho a la vida.
Esas imágenes de las que os hablaba dieron lugar a esta narración:



LA FIESTA


Era como un caramelo gigante, seguro que celebraban una fiesta. Lo vi en Internet. Un grupo de hombres alborotados transportaban el caramelo entre sus manos. Envuelto en una especie de sábana blanca, en vez de papel, parecía un regalo para todos. Curiosamente no vi a ninguna mujer, quizá se tratara de alguna despedida de soltero. Colocaron el caramelo en el suelo y lo anudaron por las puntas.
A los pocos minutos otro grupo de hombres llegó al mismo lugar con un segundo caramelo. Claro, resultaba comprensible, uno solo era poca golosina para tanta gente. Hicieron lo propio, dejarlo en el suelo y anudar los extremos.
Después vi dos hoyos excavados en la tierra, muy cerca uno del otro. Sorprendentemente colocaron los caramelos en sendos huecos hasta quedar semienterrados, más o menos un tercio de su tamaño asomaba al exterior. Los hombres reían con gran excitación, parecía una fiesta interesante, nunca había visto nada igual.
Más tarde, aquellos individuos hicieron corro alrededor de los inmaculados dulces, y aunque parezca extraño procedieron a lanzarles piedras entre gritos y risas.
Las sábanas blancas comenzaron, para mi asombro, a teñirse de sangre mientras se convulsionaban desesperadamente. Acabaron convertidas en amapolas inmóviles.
En aquella fiesta desconocida para mí, estaban lapidando a dos mujeres. No he podido dormir desde entonces.

lunes, 21 de abril de 2008

¿QUÉ ES EL ESTILO?

El estilo no es nada. Es la forma que tiene cada uno de expresarse, de sentir y transmitir, y puede llegar a convertirse en su sello de identidad. Siempre acabamos conociendo a los escritores por su estilo, que como una madre amorosa los arropa y los mima y nos cuenta lo mejor de ellos.
Hay estilo en un texto cuando fluye con naturalidad, cuando resulta tan simple que cualquiera, al leerlo, pensaría que aquello no tiene nada de particular y sin embargo sería incapaz de escribirlo.
Hay estilo cuando ninguna palabra te chirría al oído, cuando a lo largo de tres renglones no has tenido que recurrir al diccionario cinco veces, cuando entiendes lo que lees y no solo lo entiendes sino que además lo disfrutas y te llena, de esa manera tan grande como llenan las cosas grandes.
Hay estilo cuando no utilizamos lenguajes prestados y sencillamente dejamos salir al nuestro, al que tenemos guardado en algún rincón deseando que le abramos la puerta.

El estilo, difícil de definir, fácil de distinguir. En cualquier caso el estilo se puede ejercitar y con el tiempo se puede incluso dominar.

Voy a daros algunas pequeñas normas de estilo: claridad, concisión y naturalidad.

Y a mencionaros algunas tendencias que perjudican al estilo e interesa cuidar en un texto: cacofonías, pobreza sintáctica, léxico pedante, muletillas, tópicos, frases hechas, redundancias, empleo abusivo del gerundio…

Sólo son algunos apuntes para mejorar el estilo pero el principal consejo es escribir, escribir y escribir, el estilo personal, el tuyo, el que te define, al final sale solo.

viernes, 18 de abril de 2008

MI REINA

Todo comenzó aquel día que compré en el hipermercado media docena de huevos. “Huevos frescos de gallinas criadas en el suelo y alimentadas con cereales”, rezaba la etiqueta. A mis cuarenta años no tenía ni idea de que las gallinas levitaban y que los huevos que había comido hasta ese momento eran de gallinas voladoras, criadas en el techo o Dios sabe dónde. Lo de los cereales también me impactó, porque en realidad nunca se me había ocurrido pensar qué comen las gallinas. “Comida basura”, me dijo un amigo. Pobres aves, jamás me las hubiese imaginado comiendo hamburguesas dobles con el ketchup chorreándoles por el pico. Decidí entonces comprarme una gallina. Sí, han leído bien, una gallina. Una hermosa gallina criada en el suelo –en el de mi casa, claro–, a la que estaba dispuesto a alimentar con todo el cariño y la atención de un buen padre de familia.
El primer día le preparé unos sabrosos espaguetis con salsa boloñesa que esparcí con gran ilusión por el suelo del pasillo, pero a mi Reina –así se llama la gallina– no le gustaron, es más, se cagó en ellos sin ningún tipo de contemplación. Estuve limpiando la casa toda la tarde con la más absoluta resignación, recogiendo espaguetis y mierda, pero feliz, muy feliz al ver a mi gallina picoteándome los zapatos, convencido de que ya empezaba a familiarizarse conmigo.
El segundo día fueron unas alubias con chorizo. Las preparé con mucho fundamento, como había oído en un programa de la tele, pero tampoco tuve éxito con esta especialidad culinaria. No me importó, sabía que mi Reina estaba encantada con mis cuidados, y me lo demostraba constantemente picándome en el culo cada vez que me agachaba, en un gesto irrefutable de gran erotismo.
Mi vida cambió. Ya tenía un sentido volver a casa tras el trabajo. Alguien me esperaba. Alguien muy especial para mí. Le compré una cuna acolchada, de esas que se utilizan para los perros, y una manta con ositos pintados, para que se sintiera acompañada por otros animales, pero eso fue al principio. Después le compré perfume, una bonita gargantilla que luce en su precioso cuello, un reloj con brillantes, bombones, y de vez en cuando le regalo rosas.
Mis amigos dicen que me he vuelto loco, pero es ella, mi Reina, la que me vuelve loco. Si la vieran, con ese porte, esas plumas de color siena tostado –por no decir marrón–, ese pico sensual, sugerente, que me ha hecho comprender de una vez por todas el auténtico significado de “darse un pico”, esa cresta erecta, roja como mi pasión, símbolo ineludible de su regia estirpe, esas patas preciosas, dignas de cualquier ilustre bailarina, esos ojos perturbadores. Dios mío ¿será verdad que me estoy enamorando?

miércoles, 16 de abril de 2008

EL PROFESSOR

El último libro que he leído en valenciano se titula EL PROFESSOR.
Frank McCourt, –autor del premio Pulitzer y best seller internacional LAS CENIZAS DE ÁNGELA, que también podemos encontrar en versión valenciana bajo el título Les cendres d’Àngela–, hace un recorrido por su vida y concretamente nos cuenta su experiencia durante los treinta años que ejerció la docencia en Nueva York. El profesor McCourt es un irlandés afincado en la ciudad de los rascacielos, hijo de emigrantes, que antes de llegar a la enseñanza trabaja en múltiples oficios.
Su sistema pedagógico, su metodología, su forma de tratar a los alumnos, de dar las clases, de conseguir que los chavales disfruten aprendiendo, lo hacen ganarse el afecto de los chicos, no siempre ocurre así con sus compañeros o con los jefes de estudios o directores de los institutos donde presta servicios.
Es un libro interesante, sobre todo para aquellos que son profesores y ejercen como tales y también para los que aspiran a serlo. Los primeros se encontrarán con situaciones que seguramente en alguna ocasión han vivido en las aulas y se sentirán identificados con lo que leen. Los segundos adquirirán una enseñanza valiosa, que no se aprende en las Facultades ni en los Cursos de Aptitud Pedagógica. Para el resto del público puede resultar un libro aburrido al tratarse de un tema tan gremial. El texto se divide en tres partes, además del prólogo: LA LLARGA RUTA CAP A LA PEDAGOGIA, UN RUC QUEIXÓS y COMENÇAR A VIURE A L’AULA 205.
En mi opinión la primera parte es la más interesante, con multitud de anécdotas y verdaderos problemas que resolver ante los conflictos que provocan los chavales. La segunda parte es más suave, también llevadera e interesante. La tercera ya es un poquito infumable.
La verdad es que escribir sobre uno mismo tiene sus riesgos y al fin y al cabo lo que realiza Frank McCourt es su propio autorretrato.

viernes, 11 de abril de 2008

LA PENA DE MUERTE

Tratar este controvertido y polémico tema es difícil y arriesgado, no siempre las opiniones son coincidentes ni los argumentos los más justos. En una ocasión tuve que redactar un texto que hiciera referencia a la pena de muerte. Decidí escribir un cuento. Es este:

LA ESPADA DE ORO

Hace muchos años, en un lejano país de Oriente, había un rey llamado Cruel I. Sus antepasados, Tolerante I, Tolerante II y Tolerante III, monarcas ejemplares, habían conseguido llevar el reino a la más absoluta prosperidad, por lo que fueron queridos y respetados por todos sus súbditos. Cruel I tenía un hijo llamado Futuro, único sucesor con derecho a ocupar el trono.
Cierto día el rey recibió una desagradable noticia. La corona real, herencia familiar de muchas generaciones, había sido robada de su fabulosa urna. Cruel I montó en cólera. Ordenó inmediatamente a sus guerreros que encontraran al culpable y lo condujeran a su presencia, él mismo le daría muerte, atravesándole el corazón con su regia espada de oro, semejante latrocinio no podía ser perdonado.
La decisión del rey llegó a los oídos de los sabios de palacio, que quedaron estupefactos ante semejante barbarie, jamás en su país se había infligido un castigo tan abominable. El sabio mayor se dirigió al monarca y le hizo saber que el Consejo de Eruditos consideraba equivocada su decisión. “La vida nos la da Dios y sólo él nos la puede quitar. Tomar la determinación de matar a alguien es un desafío a la divinidad, nadie puede jugar a ser el Creador, es una provocación que le traerá graves consecuencias, Majestad”.
A pesar de la explicación del sabio, el soberano seguía firme con su resolución, lo que llevó a su consejero a argüir un segundo discurso. “Majestad, no sabemos aún quién es el ladrón, si es hombre o mujer, niño o niña, pero se trata de una persona como las demás, a la que le fluye sangre por las venas, que tendrá madre o padre, hermanos y amigos, tal vez hijos, ¿no puede ordenar otro castigo?
Cruel I enfureció. El robo de la corona real sólo merecía la muerte y ningún argumento de los sabios conseguía disuadirlo de su determinación. Como último recurso, el sabio mayor le hizo saber que su sentencia no podría ser ejecutada, porque la Cámara de Gobierno nunca aprobaría semejante atrocidad, a lo que el monarca contestó: “la aprobarán, yo soy el rey, nadie puede desobedecerme, cortaré el cuello de cada uno de los parlamentarios si me contrarían”.
Varios días después los guerreros reales anunciaron que habían encontrado al ladrón. Cruel I fijó el día y la hora para la ejecución, en una plaza pública y con la presencia de todos los vecinos.
El día señalado, en el lugar indicado por el monarca, aparecieron dos guerreros sujetando por los brazos a un individuo vestido con túnica negra y con una capucha negra que tapaba completamente su cabeza, tal y como el rey había ordenado. Lo arrodillaron ante él, y en presencia de un millar de vecinos que gritaban y pedían compasión al soberano, Cruel I tomó su regia espada de oro, y con un ágil movimiento atravesó el pecho de aquel desgraciado, que a los pocos segundos cayó sobre la tierra en un inmenso charco de sangre. El monarca, satisfecho con su acción, se acercó al recién ejecutado y le quitó la capucha, quería ver la cara del delincuente que se había atrevido a robar al rey. En ese instante, ante la mirada atónita del gentío, el soberano comenzó a temblar como una hoja. Aquel hombre que acababa de asesinar era su hijo.

miércoles, 9 de abril de 2008

RESULTADO FINAL: EMPATE

La primera encuesta del blog “Cuál es tu libro favorito” ha finalizado con un empate exacto entre LOS PILARES DE LA TIERRA y EL CÓDIGO DA VINCI.

Ken Follett y Dan Brown comparten liderazgo con sus más representativas obras literarias.
La primera es una novela histórica ambientada en Inglaterra en la Edad Media, en el siglo XII, durante un periodo de guerra conocido como la Anarquía inglesa, aunque también recrea un viaje de peregrinación a Santiago de Compostela a través de Francia y España. El autor sorprendió con esta novela no sólo a sus lectores, ávidos de thrillers, sino también a sus editores con su contenido y longitud (más de 1300 páginas). Fue publicada en 1989, y se convirtió en el mayor best-seller de Follett. Y como ya todos deben saber, su segunda parte, Un Mundo sin fin, salió a la venta en español el 28 de Diciembre de 2007.

La segunda es una novela de misterio, de gran éxito comercial. Se ha convertido en un best seller mundial, con más de 80 millones de ejemplares vendidos y traducido a 44 idiomas, y yo añadiría que ha dado lugar a una proliferación exagerada de textos análogos, y que todavía hoy siguen saliendo al mercado, es lo que yo denomino “libros satélites” que giran en torno a un libro principal y se aprovechan de su éxito para conseguir el propio de manera fácil (lo que ocurre es que todos estos autores cuentan con el beneplácito de los editores porque al fin y al cabo lo que quieren es vender, y saben que el tema tiene tirón).

En esta novela se combinan los géneros de suspense detectivesco y esoterismo Nueva Era, con una teoría de conspiración relativa al Santo Grial y al papel de María Magdalena en el cristianismo.

En cualquier caso, gusten más o menos, en la encuesta han resultado ganadoras, y eso merece, al menos, una enhorabuena para los autores. El lector manda.

lunes, 7 de abril de 2008

LA COSA NO EXISTE

En literatura la palabra "cosa" no existe, denota pobreza léxica, aunque a veces resulta muy difícil utilizar otro vocablo para expresar ciertas "cosas". ¿Os imagináis esta frase de otro modo? "En silencio, se miraron a los ojos y se dijeron muchas cosas".

En cualquier caso, que no cosa, debemos intentar encontrar otros términos más literarios y utilizar la dichosa "cosa" lo menos posible, cuando sea estrictamente necesario.

Toda esta lección de "cosas" me ha llevado a recordar un magnífico texto del genial Juan José Millás, último premio Planeta, que no tiene desperdicio y que nos deja muy claras ciertas "cosas". No os lo perdáis.


LA COSA

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, lo coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no?

sábado, 5 de abril de 2008

LA POESÍA SE LEE DE PIE

Fernando Luis Pérez Poza es poeta y editor. Lo conocí en una entrega de premios en Gandía. Él nos comentaba, en una pequeña mesa redonda literaria que se celebró con anterioridad al evento, que se venden muy pocos libros de poesía porque la poesía se lee de pie, después nos explicó que muchos lectores de este género acuden a las librerías, toman los poemarios y allí mismo, página tras página se los leen. ¿Para qué comprarlos cuando ya los han leído?

Quizás sea un poco exagerado y sólo se trate de una broma de poeta, de editor o de ambas cosas a la vez, en cualquier caso, lo que sí es cierto, es que resulta más apetecible a simple vista leer un poema que un largo relato. Para el primero siempre tenemos tiempo, para el segundo buscamos tiempo. Puede ser que algo de razón tenga Fernando Luis.

Os he hablado de Roberto Fernández Retamar, de José-Angel Buesa y de los poemas que en algún momento de mi vida me dejaron huella. Ahora le toca el turno a Gabriela Mistral. ¿De qué clase son vuestros besos?

BESOS

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenaronsé de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

jueves, 3 de abril de 2008

EMULANDO A CORTÁZAR

El inigualable Julio Cortázar nos dio unas lecciones magistrales sobre cómo subir una escalera en sus "Instrucciones para subir una escalera", un texto divertido y lleno de ingenio.

En un taller literario que realicé hace un tiempo nos planteamos la idea de desarrollar las demás instrucciones, por ejemplo para dar cuerda a un reloj, para entender una pintura famosa, para respirar, para hervir un huevo... en fin, para cualquier cosa. En mi caso las instrucciones fueron para llorar. ¿Queréis aprender?



INSTRUCCIONES PARA LLORAR


Llorar es una acción sencilla que no requiere de nosotros ningún esfuerzo, sólo emociones, aunque también caben otras posibilidades como veremos más adelante.
En primer lugar necesitamos tener dos elementos imprescindibles llamados ojos, uno al lado del otro, y ambos colocados por debajo de la frente y por encima de la nariz, (en caso de tener sólo uno no se preocupen, también sirve). No importa el color, lloran igual los azules que los castaños.
El segundo elemento indispensable son las lágrimas. Se trata de pequeñas gotitas de agua que precisamente manan de los ojos (o del ojo), y que si las dejamos rodar por las mejillas hasta alcanzar los labios, apreciaremos que tienen un sabor salado.
Una vez que disponemos de los elementos necesarios para llorar, sólo nos faltan razones. Curiosamente es difícil llorar queriendo, y la mayoría de las veces lloramos sin querer, por lo que se puede considerar un acto instintivo o espontáneo.
Resulta paradójico, por otra parte, que una misma acción sirva para manifestar sentimientos tan distintos como alegría, tristeza o dolor.
Pues bien, si tenemos todo dispuesto, sólo nos resta encontrar el motivo suficiente para que las lágrimas (ya saben, esas gotitas de agua), fluyan libremente por los ojos, (ya saben, o el ojo).
Son muchas y variadas las motivaciones. Por ejemplo, si no tenemos a nadie cerca que nos eche una mano, nos bastará con acercarnos a la cocina, tomar una cebolla y pelarla con mucho cariño. Lloraremos. Es más, lloraremos aunque la pelemos sin ningún afecto.
Otra opción, si estamos solos, (aunque no la aconsejo) consiste en coger algo muy pesado, la lámpara de la mesilla de noche, un martillo, esa figura horrorosa que nos regalaron con motivo de nuestra boda, o cualquier otro objeto que nos apetezca, y desde una altura considerable dejarlo caer con toda tranquilidad encima de nuestro pie derecho (o izquierdo, no importa, también duele). Lloraremos. Amargamente, se lo aseguro.
Si disponemos de un amigo o un familiar, también cabe la posibilidad de pedirle que nos cuente un chiste, si es posible bueno, los verdes, por ejemplo, hacen llorar mucho.
Otra de las emociones que nos conduce a verter mucha agüita, y que es preferible evitar, es la tristeza. Los episodios luctuosos son muy favorables para la elaboración de gran cantidad de lágrimas, que llegan a brotar de los ojos de manera continuada, aunque esta manera de llorar, siendo idéntica a las otras, resulta bastante desagradable.
Dicho lo dicho, esto son sólo algunos ejemplos de cómo llorar, pero hay más. En cualquier caso, lo que debemos tener claro es que si disponemos de un par de ojos (o al menos uno) y lágrimas almacenadas, el procedimiento es sencillo, sólo nos faltan razones.

miércoles, 2 de abril de 2008

MENUDAS PREGUNTITAS TIENE EL NIÑO

“Mamá ¿qué es el sueño eterno?”. Cuando el pequeño de la casa te sorprende con una de esas preguntas que no sabes o no quieres contestar comienzas a ponerte nerviosa, pero contestas. Así lo aconsejan psicólogos, pedagogos y todo tipo de especialistas. Los niños necesitan saber, lo que a ningún especialista se le ha ocurrido pensar es que lo que quieren saber los niños lo desconocemos los mayores.
“Pues hijo, el sueño eterno es dormir y no despertar nunca más”, y te quedas tan pancha. “Entonces, ¿el sueño eterno es morirse?”, continúa el niño dejándote absolutamente desarmada. “Pueeees… parecido”, añades sin entrar en demasiados detalles, porque digan lo que digan los expertos, a tu hijo de seis años no le quieres hablar de la muerte.
“Mamá, ¿cuánto tarda una ola en llegar a la orilla?”, te pregunta otro día. “Hijo, depende de lo lejos que esté”. “¿Si está en Australia cuánto tarda en llegar a Santa Pola?”. Ahí ya te entras ganas de ahogar al niño, sobre todo porque la preguntita te sorprende conduciendo, mientras tienes en la cabeza la lista de la compra, un semáforo a punto de ponerse en rojo, y prisa, mucha prisa por llegar al hipermercado. “Tres días”, contestas al final, porque has llegado a la conclusión de que las respuestas vagas a los niños no les convencen. Hay que dar datos precisos. Recuerdas cuando el angelito te preguntó cuántos malos había en el mundo y le contestaste muchos, y continuó preguntando hasta que la respuesta fue dos millones quinientos cincuenta y siete mil doscientos setenta y tres, entonces el niño se quedó tranquilo.
Pero hay que tener cuidado. Las contestaciones de los padres para un hijo son sentencias. Es fácil escuchar después al pequeño comentando a algún amigo: “¿sabes una cosa? una ola tarda tres días en llegar desde Australia a Santa Pola, chaval”. Y lo dice con ese aire de suficiencia que no hay quien se lo discuta. Y lo que es peor (o mejor, según se mire), los niños hablan, se transmiten su valiosa información, una información que acaba en manos tanto de niños como de adultos. Vamos, que al final consultas el Larousse y descubres que una ola tarda tres días en llegar desde Australia a Santa Pola. Cuando aún no te has recuperado de la impresión vuelve el niño y te pregunta: “¿Mamá, cuánta agua hay en el mar?”. Pero ojo, lo quiere saber en litros.
Y es que estos pequeños diablillos son los hombres del mañana. Por eso es bueno que pregunten, que tengan necesidad de saber, porque cuanto más interés demuestren y más extrañas sean sus dudas, un futuro mejor se vislumbra para todos.