lunes, 24 de noviembre de 2008

KLAUS

No puedo contarle a mi médico lo que me ocurre. ¿Cómo voy a decirle que tengo el mundo en una mano y que por eso mis dedos se inflaman? Él no se lo explica. Me pregunta si soy mecánico, carpintero, si fabrico piezas pequeñas, si ejecuto un minucioso trabajo manual. Quiere saber si soy orfebre o relojero. Qué estúpido. Le he dicho que me dedico a la venta telefónica y que con los nuevos avances ni siquiera descuelgo el auricular, hablo sin manos, paso el día delante de un panel electrónico con cientos de números que se van marcando aleatoriamente. Me ha ofrecido la baja, pero me he negado, no la necesito, no quiero estar todo el día en casa delante de Klaus sin poder tocarlo, no podría soportar ese dolor, mucho más grande incluso que el de mis dedos.
Klaus es mi stradivarius, un elegante violín de bellos contornos que adquirí como antigüedad y que desde el primer día me robó el alma. No soy músico, sin embargo he descubierto que la música está en mí, no nace del instrumento, nace de mis dedos, y quien tiene la música en los dedos también posee el mundo. Ya hace diez años que vive conmigo. Acudí a aquella subasta por curiosidad y cuando vi a Klaus supe que era mío; mi hombro, mi mano izquierda y mi cabeza ladeada adoptaron el hueco perfecto para hacerle cuna, para recibirlo como si siempre hubiera estado allí. Y creo que en realidad siempre estuvo allí, en otra vida, en otros tiempos. Klaus y yo. Y la música.
La primera vez que lo tomé entre mis manos sentí una erección. El contacto de la fina madera de arce contra mi piel fue un estallido de placer. Acaricié la tapa con mi mejilla encendida, mientras los dedos de mi mano izquierda buscaban desesperados las cuatro cuerdas que me harían vibrar de emoción. Cogí el arco delicadamente, como si fuera de fino cristal de bohemia, y lo deslicé por las cuerdas. Los dedos se movían solos, el arco bailaba solo, y la música emergía como de un mar profundo que me transportaba a mundos desconocidos. Y así ha ocurrido desde entonces, cada día, cada instante. ¿Puede un violín secuestrar la voluntad? Sí, puede, juro que puede. Klaus secuestró la mía y desde ese momento le pertenezco, yo tengo la música pero él me tiene a mí. Y me castiga. Ahora con este absurdo dolor en los dedos que me impide rozarlo. Me provoca y me desprecia como una vulgar mujerzuela. No puedo posar mi mano sobre sus delicadas cuerdas sin sentir una punzada maldita que me atraviesa hasta el hombro. No puedo lograr que la música resucite y eso me derrumba. Me siento abatido como un combatiente en el campo de batalla al que acaban de lanzar un obús. Klaus me ama, sin embargo no desea que le arranque sus notas, no quiere que me acerque, es caprichoso, y yo ya no puedo vivir sin él. Lo poso sobre mi cama y lo observo a distancia, con la ansiedad de un niño que mira el caramelo de otro. Es lo único que puedo hacer. Me encuentro vacío y no consigo concentrarme en nada. Tanto puede un violín. Debo sumergir mi mano en hielo, tomar antiinflamatorios, vendarla, cualquier cosa. Lo que importa es la música y la música me espera. Intento otros entretenimientos, miro por la ventana el parque cubierto de ocres, llamo a mis amigos, leo libros, tomo baños de sales, veo televisión. No puedo evadirme de su influjo y sé que esta mano dolorida puede hacerme infeliz el resto de mi existencia si no vuelvo a ser capaz de convertirme en música. Klaus también lo sabe y se ríe de mi debilidad. Es así nuestro amor.

Maribel Romero Soler.

14 comentarios:

Lola Mariné dijo...

Precioso relato. Lleno de sensaciones, duelen el dolor y la angustia del violinista.
Felicidades.

sergio astorga dijo...

Maribel, amor que no se toca desafina.
Me gussta que el objeto amado se humaniza a tal grado que domoina la relación.
Felicidades.
Un abrazo en Sol.
Sergio Astorga

Maribel dijo...

Gracias, Lola. Me gusta saber que el relato es capaz de transmitir esas sensaciones.

Maribel dijo...

Sergio, me ha gustado la frase "amor que no se toca desafina", bien cierto es. Gracias por tu comentario.
Un abrazo de música celestial.

Triana dijo...

Maribel, magnifico, para variar,el realismo es absoluto y puedes sentir el dolor del musico y su tristeza, y como dice Sergio, al amor no se le puede perder de vista porqué se escapa y no dejar de usarlo porque todo lo que no se usa,se atrofia o se muere.

Maribel dijo...

Gracias, Triana. Así es, no hay que dejar que el amor "desafine". Un abrazo.

Arwen Anne dijo...

me ha encantado el relato, es genial, y que pena del violinista...ese violín es su vida, si no lo puede tocar...que bien reflejado esta ese sentimiento, te felicito

Armando Rodera dijo...

Reflejas con tus palabras esos sentimientos a flor de piel y lo haces con tal maestría que todos nos sentimos identificados.

Esa relación nos llama la atención y las sensaciones casi podemos tocarlas con los dedos.

Felicidades por el relato y gracias por hacernos partícipes de tus palabras.

Saludos

Maribel dijo...

Arwen Anne, muchas gracias por tu visita y tu comentario. Con el relato pretendía precisamente eso, reflejar la angustia del violinista, si lo logré me siento muy dichosa. Saludos.

Maribel dijo...

Armando, muchas gracias. Me siento muy halaga con tus palabras y es para mí una satisfacción compartir las mías con todos vosotros. Saludos.

B. Miosi dijo...

Vaya, dejo de pasar unos días y me encuentro con este cuento que merece aplausos: ¡clap! ¡clap! ¡clap!

Las tres primeras líneas hacen que no se pueda dejar de seguir leyendo: "No puedo contarle a mi médico lo que me ocurre. ¿Cómo voy a decirle que tengo el mundo en una mano y que por eso mis dedos se inflaman?".

Pero qué medico tan prosaico, mira nada más que preguntarle si es mecánico, él es un artista enamorado de un violín!! ni más ni menos que de un violín. Pero si sólo fuese por la originalidad de la idea, el cuento habría quedado muy bien; dotar al instrumento de personalidad, a través de los sentimientos del personaje del cuento, es lo que lo hace inmejorable. El violín está allí. Estático. Está para ser tocado, lógico, pero quien lo toca no sabe tocar, sin embargo puede hacerlo en ESE violín, que, además, le produce fuertes sentimientos, que llegan a ser deseos, los que se puede sentir por otra persona, siente erecciones, y también siente su rechazo. Y lo más cumbre: El violín es homosexual. Porque el protagonista de tu cuento es un hombre, y se enamora de un violín, personificado como varón: Kalus. Un nombre con fuerza, por cierto.

¡Ah! Maribel, he disfrutado hasta la última línea de este cuento, ¡prométeme que hay más!

Maribel dijo...

Bueno, bueno, Blanca, muchas gracias por tu generosa amabilidad. Ya veo que has analizado muy bien el cuento, con unas conclusiones estupendas, le pones tanta pasión a las palabras que tu comentario bien podría ser un bello relato. De verdad me siento muy honrada con esa apreciación tuya. Un abrazo.

Halatriste dijo...

He aterrizado en tu blog desde el de Lola Mariné.
Me ha encantado tu relato, pero vaya castigo el del violín. ¿Por qué las cosas que amas, pueden llegar hacer tanto daño?
En fin no se.
Un saludo

Maribel dijo...

Hola halatriste, gracias por tu visita y por tu comentario. A veces los que nos hacemos daño somos nosotros mismos, el amor es peligroso cuando se convierte en obsesión. Saludos.