jueves, 19 de junio de 2008

EN EL PARQUE

Éste es el relato finalista en el 5º Certamen Internacional de Relato Breve LA LECTORA IMPACIENTE. Lo hago público porque también se encuentra publicado en la página web de la convocante. Pronto formará parte, junto con los restantes finalistas y el relato ganador, de un libro electrónico de descarga gratuita.

EN EL PARQUE

Cuando Andrés coge la escoba y comienza su trabajo de barrendero en el parque municipal, escucha música. Las hojas secas de los álamos arrastradas por el suelo emiten una melodía quejumbrosa, como un lamento; las de los ficus son potentes y sonoras, como un solo de batería; y apenas se escuchan, por tímidos, los pétalos de rosa. Es una auténtica sinfonía de naturaleza, una caricia para los sentidos.

Años atrás, cuando Andrés trabajaba en una importante empresa multinacional, las canciones que escuchaba eran otras. En su despacho de ochenta metros cuadrados no veía la luz del sol. En lugar de ventanas, grandes cuadros con paisajes tropicales y amaneceres excitantes intentaban atrapar la mirada siempre perdida de Andrés. Nunca pasó calor ni frío, los potentes aparatos de acondicionamiento de aire se ocupaban de mantener siempre la temperatura idónea, jamás le faltó sobre la mesa una taza de café a la hora del desayuno, prensa diaria, sonrisas y agasajos por parte de sus subordinados. Era envidiado por familiares y amigos, tenía un buen sueldo, tiempo libre, incluso, una mujer bella. Pero esa música… La melodía de la impresora escupiendo folios le exasperaba, el sonido insoportable del teléfono no le permitía soñar, las palabras siempre severas y antipáticas del director general eran como notas desafinadas en un conjunto musical desastroso. No era feliz.

Cuando Andrés abandonó la empresa no dijo adiós, sencillamente desapareció, como una ola cuando tropieza con la orilla. No sólo dejó el trabajo, dejó a su mujer, dejó su ciudad, y también dejó su nombre, en la empresa multinacional, en realidad, se llamaba Víctor.
Partió con su vida como único equipaje, sin billete y sin dinero, sin futuro y sin destino.

A veces, en el parque, llueve.

Los primeros días de su desaparición, la mujer de Andrés estaba desesperada, no comprendía qué le podía haber sucedido. Más tarde, cuando comprobó que no encontraba impedimento para disponer de las cuentas bancarias y tuvo conocimiento de que su esposo se había ocupado de poner a su nombre la vivienda conyugal y el apartamento de la playa, se resignó con su suerte y aprendió a vivir sin él.

A veces, en el parque, luce un sol espléndido.

En la empresa no fue distinto. La confusión inicial se transformó pronto en olvido. El director general optó por no querellarse contra él, era un prófugo y quizás hubiese huido con secretos empresariales cotizados, pero pasadas varias semanas las aguas volvieron a su cauce. El puesto de Andrés fue ocupado por Claudia, una prometedora economista, guapa y ambiciosa. Las palabras del director general se tornaron menos severas y menos antipáticas.

A veces, en el parque, Andrés da migas de pan a las palomas.

Los amigos de Andrés siempre pensaron que estaba un poco pirado, esa obsesión por la música, sus retiros voluntarios a la montaña, los libros que leía, el silencio… No les extrañó su huida del mundo.

En el parque, el viento sopla y agita las hojas de los árboles, las más cobardes se quedan en las ramas, las otras vuelan, quieren ver mundo, cuando se dan cuenta de que no pueden vivir sin su árbol ya es tarde, son hojas secas, Andrés las barre y cuando lo hace escucha música.

En el parque, siempre, Andrés es feliz.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué decirte, salvo que está genial.

Un besazo, preciosa


La madrina

Maribel Romero dijo...

Más que madrina yo diría "Hada Madrina". Gracias por leerme. Un abrazo.