viernes, 18 de abril de 2008

MI REINA

Todo comenzó aquel día que compré en el hipermercado media docena de huevos. “Huevos frescos de gallinas criadas en el suelo y alimentadas con cereales”, rezaba la etiqueta. A mis cuarenta años no tenía ni idea de que las gallinas levitaban y que los huevos que había comido hasta ese momento eran de gallinas voladoras, criadas en el techo o Dios sabe dónde. Lo de los cereales también me impactó, porque en realidad nunca se me había ocurrido pensar qué comen las gallinas. “Comida basura”, me dijo un amigo. Pobres aves, jamás me las hubiese imaginado comiendo hamburguesas dobles con el ketchup chorreándoles por el pico. Decidí entonces comprarme una gallina. Sí, han leído bien, una gallina. Una hermosa gallina criada en el suelo –en el de mi casa, claro–, a la que estaba dispuesto a alimentar con todo el cariño y la atención de un buen padre de familia.
El primer día le preparé unos sabrosos espaguetis con salsa boloñesa que esparcí con gran ilusión por el suelo del pasillo, pero a mi Reina –así se llama la gallina– no le gustaron, es más, se cagó en ellos sin ningún tipo de contemplación. Estuve limpiando la casa toda la tarde con la más absoluta resignación, recogiendo espaguetis y mierda, pero feliz, muy feliz al ver a mi gallina picoteándome los zapatos, convencido de que ya empezaba a familiarizarse conmigo.
El segundo día fueron unas alubias con chorizo. Las preparé con mucho fundamento, como había oído en un programa de la tele, pero tampoco tuve éxito con esta especialidad culinaria. No me importó, sabía que mi Reina estaba encantada con mis cuidados, y me lo demostraba constantemente picándome en el culo cada vez que me agachaba, en un gesto irrefutable de gran erotismo.
Mi vida cambió. Ya tenía un sentido volver a casa tras el trabajo. Alguien me esperaba. Alguien muy especial para mí. Le compré una cuna acolchada, de esas que se utilizan para los perros, y una manta con ositos pintados, para que se sintiera acompañada por otros animales, pero eso fue al principio. Después le compré perfume, una bonita gargantilla que luce en su precioso cuello, un reloj con brillantes, bombones, y de vez en cuando le regalo rosas.
Mis amigos dicen que me he vuelto loco, pero es ella, mi Reina, la que me vuelve loco. Si la vieran, con ese porte, esas plumas de color siena tostado –por no decir marrón–, ese pico sensual, sugerente, que me ha hecho comprender de una vez por todas el auténtico significado de “darse un pico”, esa cresta erecta, roja como mi pasión, símbolo ineludible de su regia estirpe, esas patas preciosas, dignas de cualquier ilustre bailarina, esos ojos perturbadores. Dios mío ¿será verdad que me estoy enamorando?

3 comentarios:

Fátima Fernández Méndez dijo...

Un final redondo ;-).
Un abrazo

Maribel Romero dijo...

Sí, últimamente hay gente muy rara, jajaja...

Fátima Fernández Méndez dijo...

jajajaja...¡pufff! además de verdad.