miércoles, 2 de abril de 2008

MENUDAS PREGUNTITAS TIENE EL NIÑO

“Mamá ¿qué es el sueño eterno?”. Cuando el pequeño de la casa te sorprende con una de esas preguntas que no sabes o no quieres contestar comienzas a ponerte nerviosa, pero contestas. Así lo aconsejan psicólogos, pedagogos y todo tipo de especialistas. Los niños necesitan saber, lo que a ningún especialista se le ha ocurrido pensar es que lo que quieren saber los niños lo desconocemos los mayores.
“Pues hijo, el sueño eterno es dormir y no despertar nunca más”, y te quedas tan pancha. “Entonces, ¿el sueño eterno es morirse?”, continúa el niño dejándote absolutamente desarmada. “Pueeees… parecido”, añades sin entrar en demasiados detalles, porque digan lo que digan los expertos, a tu hijo de seis años no le quieres hablar de la muerte.
“Mamá, ¿cuánto tarda una ola en llegar a la orilla?”, te pregunta otro día. “Hijo, depende de lo lejos que esté”. “¿Si está en Australia cuánto tarda en llegar a Santa Pola?”. Ahí ya te entras ganas de ahogar al niño, sobre todo porque la preguntita te sorprende conduciendo, mientras tienes en la cabeza la lista de la compra, un semáforo a punto de ponerse en rojo, y prisa, mucha prisa por llegar al hipermercado. “Tres días”, contestas al final, porque has llegado a la conclusión de que las respuestas vagas a los niños no les convencen. Hay que dar datos precisos. Recuerdas cuando el angelito te preguntó cuántos malos había en el mundo y le contestaste muchos, y continuó preguntando hasta que la respuesta fue dos millones quinientos cincuenta y siete mil doscientos setenta y tres, entonces el niño se quedó tranquilo.
Pero hay que tener cuidado. Las contestaciones de los padres para un hijo son sentencias. Es fácil escuchar después al pequeño comentando a algún amigo: “¿sabes una cosa? una ola tarda tres días en llegar desde Australia a Santa Pola, chaval”. Y lo dice con ese aire de suficiencia que no hay quien se lo discuta. Y lo que es peor (o mejor, según se mire), los niños hablan, se transmiten su valiosa información, una información que acaba en manos tanto de niños como de adultos. Vamos, que al final consultas el Larousse y descubres que una ola tarda tres días en llegar desde Australia a Santa Pola. Cuando aún no te has recuperado de la impresión vuelve el niño y te pregunta: “¿Mamá, cuánta agua hay en el mar?”. Pero ojo, lo quiere saber en litros.
Y es que estos pequeños diablillos son los hombres del mañana. Por eso es bueno que pregunten, que tengan necesidad de saber, porque cuanto más interés demuestren y más extrañas sean sus dudas, un futuro mejor se vislumbra para todos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

haces que tu relato se convierta en uno mismo y pase a ser parte de él desde mi mesa en mi habitación.

Fátima Fernández Méndez dijo...

¡Qué bonitoooo! me ha encantado y me he reido mucho, porque sí, así son los niños. Quizá a las respuestas más complicadas como padres sean las preguntas que los niños formulan sobre la muerte, al menos para mí lo fue.
-Mamá la abuela me ha dicho que nos morimos cuando somos viejos¿es verdad?
-No exactamente...
-¿Tú te morirás?
-Sí, claro.
-Yo no quiero que te mueras. Buahhh
¿Y yo, me moriré yo también?
Esa fue la pregunta más dura, porque desgraciadamente solo tiene una respuesta.
-Sí.

Un abrazo, felicidades por esta estupenda entrada.

Maribel dijo...

Muchas gracias, Fátima. Así es, los hijos te dejan a veces fuera de juego con sus preguntas, y es curioso ese interés que demuestran por la muerte desde la más tierna infancia, pero mira, es con la única seguridad con que nacemos, el resto de nuestra vida, si tendremos suerte, éxito, dinero, salud, amor, trabajo... lo desconocemos, sólo hay una verdad que sí sabemos, que venimos al mundo con fecha de caducidad. Un abrazo.