viernes, 11 de abril de 2008

LA PENA DE MUERTE

Tratar este controvertido y polémico tema es difícil y arriesgado, no siempre las opiniones son coincidentes ni los argumentos los más justos. En una ocasión tuve que redactar un texto que hiciera referencia a la pena de muerte. Decidí escribir un cuento. Es este:

LA ESPADA DE ORO

Hace muchos años, en un lejano país de Oriente, había un rey llamado Cruel I. Sus antepasados, Tolerante I, Tolerante II y Tolerante III, monarcas ejemplares, habían conseguido llevar el reino a la más absoluta prosperidad, por lo que fueron queridos y respetados por todos sus súbditos. Cruel I tenía un hijo llamado Futuro, único sucesor con derecho a ocupar el trono.
Cierto día el rey recibió una desagradable noticia. La corona real, herencia familiar de muchas generaciones, había sido robada de su fabulosa urna. Cruel I montó en cólera. Ordenó inmediatamente a sus guerreros que encontraran al culpable y lo condujeran a su presencia, él mismo le daría muerte, atravesándole el corazón con su regia espada de oro, semejante latrocinio no podía ser perdonado.
La decisión del rey llegó a los oídos de los sabios de palacio, que quedaron estupefactos ante semejante barbarie, jamás en su país se había infligido un castigo tan abominable. El sabio mayor se dirigió al monarca y le hizo saber que el Consejo de Eruditos consideraba equivocada su decisión. “La vida nos la da Dios y sólo él nos la puede quitar. Tomar la determinación de matar a alguien es un desafío a la divinidad, nadie puede jugar a ser el Creador, es una provocación que le traerá graves consecuencias, Majestad”.
A pesar de la explicación del sabio, el soberano seguía firme con su resolución, lo que llevó a su consejero a argüir un segundo discurso. “Majestad, no sabemos aún quién es el ladrón, si es hombre o mujer, niño o niña, pero se trata de una persona como las demás, a la que le fluye sangre por las venas, que tendrá madre o padre, hermanos y amigos, tal vez hijos, ¿no puede ordenar otro castigo?
Cruel I enfureció. El robo de la corona real sólo merecía la muerte y ningún argumento de los sabios conseguía disuadirlo de su determinación. Como último recurso, el sabio mayor le hizo saber que su sentencia no podría ser ejecutada, porque la Cámara de Gobierno nunca aprobaría semejante atrocidad, a lo que el monarca contestó: “la aprobarán, yo soy el rey, nadie puede desobedecerme, cortaré el cuello de cada uno de los parlamentarios si me contrarían”.
Varios días después los guerreros reales anunciaron que habían encontrado al ladrón. Cruel I fijó el día y la hora para la ejecución, en una plaza pública y con la presencia de todos los vecinos.
El día señalado, en el lugar indicado por el monarca, aparecieron dos guerreros sujetando por los brazos a un individuo vestido con túnica negra y con una capucha negra que tapaba completamente su cabeza, tal y como el rey había ordenado. Lo arrodillaron ante él, y en presencia de un millar de vecinos que gritaban y pedían compasión al soberano, Cruel I tomó su regia espada de oro, y con un ágil movimiento atravesó el pecho de aquel desgraciado, que a los pocos segundos cayó sobre la tierra en un inmenso charco de sangre. El monarca, satisfecho con su acción, se acercó al recién ejecutado y le quitó la capucha, quería ver la cara del delincuente que se había atrevido a robar al rey. En ese instante, ante la mirada atónita del gentío, el soberano comenzó a temblar como una hoja. Aquel hombre que acababa de asesinar era su hijo.

2 comentarios:

Fátima Fernández Méndez dijo...

Hola Maribel, como bien dices un tema muy controvertido. Muchos inocentes han muerto.
Me pregunto si el rey de tu microcuento, le dolería la muerte de su propio hijo lo suficiente como para cambiar de opinión, o al contrario aplacaría el dolor "su causa".
Siempre es un placer leerte.

Un abrazo

Maribel dijo...

Gracias. Supongo que el rey se dio cuenta inmediatamente del error de su decisión y también supongo que a partir de ese momento nunca fue feliz.

Un abrazo