sábado, 29 de marzo de 2008

FELICES LOS NORMALES

No es que yo sea vieja, pero puedo asegurar que en mi adolescencia no existía el e-mail.
Lo que estaba de moda en aquellos momentos, sobre todo para los que amábamos escribir, era precisamente eso: escribir, pero escribir en un folio en blanco, introducirlo en un sobre y enviarlo por correo con su correspondiente sello.
En aquella época me carteaba con un chico cubano. Nuestra amistad duró años y fue hermosa, y no sé exactamente el porqué de su final.
Luis, que así se llamaba y Dios quiera que se siga llamando, me escribía hermosos poemas, bonitos pensamientos... Un día recibí éste, FELICES LOS NORMALES, y me fascinó. No me decía su autor e incluso pensé que podía ser suyo, aunque nunca tuve el valor de preguntárselo.
Se convirtió en mi poema de cabecera, en mi plegaria, mi canto... Lo memoricé sin darme cuenta y acudía a mi mente con frencuencia.

Hoy, a través de Internet, he descubierto que se trata de un poema de un autor cubano, Roberto Fernández Retamar, y lo quiero compartir con vosotros.

Felices los normales

Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Comparto contigo el sabor agridulce de estos versos; me han gustado.
Y también la tierna historia de dos personas: Tú y Luis, que gracias a vuestra afición, la más maravillosa de cuantas existen, llegásteis a tener una hermosa amistad.

Un abrazo muy fuerte, mi querida Maribel.

Mariángeles

Maribel dijo...

Gracias por tu comentario, amiga. Sí, guardo un grato recuerdo de aquella relación epistolar y guardo además todas, todísimas las cartas, incluso la que contiene este poema.