jueves, 1 de noviembre de 2018

TRECE ROSAS NEGRAS




“...Escapar a la mujer de los tacones rojos podría haber hecho de mí un tipo atormentado que deshoja trece rosas negras...”. 

Aquí está la justificación para el título de este libro de relatos que no contiene trece textos breves, sino veinte. 

José Antonio López Rastoll es un cuentista con oficio. Ya nos sorprendió con sus primeros libros de relatos: El mirador o Vareando nubes; y más tarde, en coautoría con la escritora alicantina Esther Planelles Arráez, con el efervescente Pelusillas en el ombligo, libro de microrrelatos que derrocha lucidez e ingenio.

En esta ocasión nos trae rosas, pero son negras y en número no apto para supersticiosos. Desde Besos lúgubres hasta El síndrome de la cabina, el lector encontrará textos que podría haber firmado el mismísimo Poe, y otros más irónicos y gamberros, con el típico sello de López Rastoll, que se acercan a la literatura sin censura del israelí Etgar Keret.

Lo que he notado en este nuevo libro del escritor alicantino, a diferencia de los anteriores, es que se recrea en un mundo más onírico, entre el sueño y la pesadilla, en la irrealidad; aunque de los textos que podrían considerarse más abstractos, también se extrae, como del resto, una lectura aleccionadora.

No sabría con cuál quedarme. Calidad no les falta. Quizá me incline por los narrados en primera persona, por aquello que puedan tener de autobiográficos (al fin y al cabo somos cotillas y nos gusta saber de la vida de los demás). De esas vivencias, además, se alimenta la literatura.


viernes, 18 de mayo de 2018

HABITACIÓN SIN VISTAS, RESEÑA EN "LETRAWEB"



El blog LETRAWEB, de la escritora Martha Jacqueline Iglesias, recoge una excelente reseña de esta novela corta que fue finalista del Premio Internacional "Ciudad de Barbastro".

Dice Martha Jacqueline, entre otras cosas:

"...Todos conocemos su rigurosidad, su impecabilidad a la hora de abordar temas complejos, así como su habilidad para desarrollar la psicología de sus personajes.
Y en esta novela específicamente Romero despliega toda su maestría entretejiendo el monólogo interior de su protagonista con una destreza admirable. Al comenzar la lectura no podemos menos que preguntarnos: ¿Por qué Ignacio, un joven de treinta y cinco años, decide aislarse del mundo encerrándose en su habitación por un larguísimo período de tiempo?...".
Agradezco a Martha Jacqueline su enorme generosidad e invito a visitar su blog y a leer la reseña completa AQUÍ
La novela solo está disponible en Amazon, en formato e-book, por el módico precio de 1,50 euros.
Y en lectura gratuita para los usuarios de Kindle Unlimited.
 

sábado, 17 de marzo de 2018

PRÓXIMA NOCHE GASTRONÓMICO-LITERARIA


Por fortuna se siguen celebrando en Elche las noches gastronómico-literarias, reuniones de amigos de la cultura que unen la buena mesa con los buenos libros.

El próximo viernes, 23 de marzo, el invitado es de lujo: el ilicitano Vicente Molina Foix, escritor y director de cine que obtuvo, entre otros, el Premio Nacional de Narrativa en 2007 por su novela El abrecartas.

Vicente nació en Elche, Alicante, el 18 de octubre de 1949. Licenciado en Filosofía, residió ocho años en Inglaterra donde obtuvo el Master de Artes de la Universidad de Londres en 1976, y entre esa fecha y 1979 fue profesor de Literatura Española en la Universidad de Oxford.

En 1979 regresó a España, y continuó con la creación literaria y como crítico de cine y televisión. Por su segunda novela Busto obtuvo el Premio Barral de novela 1973. En 1983 recibió el Premio Azorín por Los padres viudos.

Molina Foix ha compaginado el trabajo literario con la enseñanza, como profesor de Filosofía del Arte desde 1984 hasta principios de los noventa en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, de la Universidad del País Vasco.

Considerado un poeta del grupo de los "novísimos", fue uno de los seleccionados por José María Castellet, en 1970, para la obra Nueve novísimos poetas españoles - aunque hasta 1988 no publicó su primer libro de poesía, Los espías del realista. Ese mismo año recibió el Premio Herralde de novela por La quincena soviética.

En 1990 se incorporó al Centro Dramático Nacional como director literario, y ha trabajado en las adaptaciones teatrales de Hamlet, Don Juan último y El mercader de Venecia. También ha realizado el libreto de la ópera El viajero indiscreto y de la segunda parte La madre invita a comer, ambas de Luis de Pablo.

Ha sido colaborador en Diario 16, y desde 1985 en El País, así como en la revista Fotogramas con artículos sobre cine y televisión. A raíz de una propuesta de esta revista, en 1993 publicó el libro El cine estilográfico, en el que recopila las críticas publicadas entre 1981 y 1993 sobre 207 películas.  Además es experto en la obra del austriaco Thomas Bernhard, del que se le considera su descubridor en España.

En 1995 publica La misa de Baroja, una de sus novelas más ambiciosas y complejas, donde reúne tres novelas en una. La obra se dispone en forma de triángulo en el que cada historia representa un lado. Tres episodios, aparentemente dispares, con ciertos puntos esenciales en común.

En el año 2000 publicó El novio del cine y un año después dirigió la película Sagitario. En 2002 obtuvo el Premio Alfonso García Ramos por su novela El vampiro de la calle Méjico y posteriormente, por El abrecartas, recibió el Premio Salambó y el Premio Nacional de Literatura (Narrativa). Ha recibido el Premio de la Crítica Valenciana por su novela El invitado amargo.

El joven sin alma es su última novela, de la que hablará durante el encuentro del príxmo día 23.


domingo, 4 de marzo de 2018

SEPTIEMBRE




Septiembre
Septiembre, o seca las fuentes o arrastra los puentes.



Claudia entró en la habitación y tomó asiento donde le indicó la agente de policía. Estaba tremendamente nerviosa. La funcionaria intentó tranquilizarla con palabras amables, mientras se dirigía a la máquina de bebidas y ofrecía a la recién llegada un café con leche. Después se sentó frente a ella.
—Sé que para ustedes es durísimo llegar hasta aquí —le decía—. La comprendo perfectamente, pero tiene que saber que es muy importante dar este paso y darlo bien. Intente serenarse, tómese su tiempo y cuando se encuentre en condiciones comenzamos con la denuncia.
El personal asignado al departamento de atención a las víctimas de violencia de género había sido perfectamente aleccionado para el buen desarrollo de sus funciones. Conocían a la perfección el perfil de la mujer maltratada, el estado de secuestro emocional con que llegaban a las comisarías, el bloqueo mental que sufrían, hasta el punto de que en ocasiones eran incapaces de formular la denuncia. Se trataba de un departamento nuevo, nacido con la nueva Ley contra la Violencia de Género, que a pesar de su corta vida funcionaba bien y prestaba un buen servicio.
La agente comenzó a preguntar a la denunciante sus datos personales:
—¿Nombre?
—Claudia-Rebeca Pérez Andrade.
—¿Edad?
—Cuarenta y cinco años…
Fue cumplimentando en el ordenador los distintos datos de identificación, hasta que llegó al apartado «Objeto de la denuncia».
Cuando fue preguntada al respecto, Claudia se limitó a reproducir las primeras palabras que había pronunciado al entrar en la comisaría: «¡Tienen que detener a mi marido!».
La funcionaria de policía intuyó que se encontraba ante un caso difícil.
—Vamos a ver, señora, ¿ha sufrido malos tratos?
—No.
—¿Ha sido maltratada en alguna ocasión?
—Jamás.
—¿Ha sufrido agresiones por parte de su marido?
—No. Él es atento y cariñoso.
—¿Se trata acaso de maltrato psicológico? ¿La insulta o menosprecia?
—Jamás. Siempre ha sido bueno conmigo.
—Señora, dígame francamente, ¿está amenazada?
—No.
La funcionaria intentó mantener la calma. Conocía a la perfección su trabajo y sabía que tan sólo era cuestión de esperar un poco. En cuanto la denunciante consiguiera vencer el miedo que se apoderaba de ella, comenzaría a contar con pelos y señales todos los detalles de su particular calvario.
—Dígame Claudia, ¿por qué tenemos que detener a su marido? ¿Qué quiere denunciar?
Claudia-Rebeca Pérez Andrade miró a la agente de policía y le dijo: «Es una larga historia que debo contar».
—Pues adelante, tiene todo el tiempo del mundo.

«Lo conocí hace aproximadamente año y medio. La primera vez que lo vi fue por la calle, en el barrio donde trabajo. Era quince de septiembre y llevaba en las manos un bonito ramo de rosas blancas. Ese detalle me hizo fijarme en él. Yo hacía poco tiempo que me había divorciado. Mi marido era hosco, poco cariñoso, nunca tuvo detalles conmigo, jamás me regaló flores. No pude evitar pensar cuánta suerte tenía la novia o esposa de aquel individuo. Pero no fueron sólo las flores. Toda su persona me cautivó. Estaba impregnado de un magnetismo arrollador. Era maduro pero atractivo, cuerpo atlético, bien cuidado. Un hombre para quitarse el sombrero. Después de aquella primera vez lo volví a ver en otras ocasiones, siempre por el barrio y coincidiendo con mi salida del trabajo. Sabía que él también se había fijado en mí. Esas cosas las sabes. Yo trabajo como dependienta en una perfumería y recuerdo claramente el viernes que entró en el establecimiento. Pidió un perfume de mujer. Al preguntarle la marca me dijo que yo misma eligiera que él no entendía. Pensé de nuevo en la gran suerte de su novia o esposa. Flores y perfumes. Le ofrecí uno que a mí me gustaba mucho. Lo aceptó y pidió que lo envolviera bonito. Le preparé un paquete precioso, con lazos rojos. Pagó el producto y cuando se lo entregué lo volvió a depositar en mis manos diciéndome: «Es para ti».
«Se puede usted imaginar mi turbación. A mis años me sonrojé como una adolescente. No sabía qué decir. Él me dijo que quería conocerme, que me había visto varias veces y estaba interesado por mí. En lo más profundo de mi ser comenzaron de nuevo a revolotear mariposas. ¡Cuánto tiempo hacía que no me ocurría algo así! Quedamos en una cafetería a la salida de mi trabajo».

—Señora Pérez, omita esos datos por favor, vaya a los hechos que la han traído hasta aquí —interrumpió la funcionaria de policía.
—No se impaciente, es importante conocer toda la historia —continuó Claudia.

«En la cafetería se presentó. Su nombre es Félix. Tiene cincuenta años. Su forma de expresarse era seductora. Yo también le dije que me había fijado en él, que lo había visto con un ramo de flores. En realidad saqué el tema porque quería saber si tenía pareja. «Los días quince de cada mes siempre me verás con flores —dijo—. Es el día que murió mi esposa y suelo ir al cementerio». Me quedé como tonta. Entre los muchos supuestos que había barajado no se me había ocurrido pensar que fuera viudo. No supe reaccionar. Me sentí una imbécil, sin embargo él continuó contándome cosas fascinantes».
—¿A qué se dedica?
«Es informático, pero tras la muerte de su esposa decidió romper con todo e iniciar una nueva vida. Dejó el trabajo y cambió de barrio. Siempre había sido un gran aficionado a la pintura y su sueño era precisamente vivir de ella, ¿por qué no intentarlo?, pensó. Comenzó a realizar algunos trabajos que vendía en mercadillos. Sus obras tenían aceptación. No ganaba mucho, pero lo suficiente para vivir. Tenía una habitación alquilada donde dormía y pintaba. Los gastos eran pocos. Había alcanzado la anhelada libertad, sin horarios prefijados. Él mismo planificaba su trabajo; podía pintar veinticuatro horas y dormir las veinticuatro siguientes. Leía mucho. En los diez últimos años dijo haber devorado gran cantidad de libros. Me pareció una decisión muy valiente la suya. ¿Quién no ha soñado alguna vez romper con todo e iniciar una nueva vida? Sin embargo somos incapaces. Era admirable que un hombre tan preparado, con un trabajo estable, hubiese dado ese paso. Me sentí todavía más fascinada por él de lo que ya estaba. Prácticamente al mes de conocernos me fui a vivir con él, o mejor dicho él vino a vivir a mi casa. Yo tenía piso en propiedad y él dejo la habitación en alquiler. Apenas trajo equipaje. Algo de ropa y los utensilios de pintura».
—¿Tiene hijos?
—No. Ninguno de los dos tenemos hijos.
—Continúe.
«Desde el primer momento de convivencia todo fue fantástico. Me sentía la mujer más feliz de la tierra. Era un hombre atento y cariñoso. Ya ve que no estamos casados y me refiero a él como mi marido. Félix con sus pinturas y yo con mi trabajo de dependienta. Aunque nunca ganó mucho jamás me importó. Entre los dos cubríamos los gastos básicos y nos podíamos permitir algún capricho. Sólo una sombra amenazaba mi paz interior: el recuerdo de su mujer muerta. No podía evitar sentir celos cuando lo veía aparecer cada día quince con el consiguiente ramo de rosas blancas. Nunca tuve el suficiente valor para preguntarle por ella, cómo era, cuánto la quiso, cuándo murió. O quizá prefería no saberlo. Un día le pedí acompañarle al cementerio. Necesitaba estar ante la tumba de la mujer que era capaz de remover sus cimientos, que lo hacía comparecer ante ella los días quince de cada mes como si cumpliera una orden judicial. No tuvo inconveniente. Cuando llegamos ante el nicho yo estaba muy nerviosa. Pensé que hubiese sido mejor no haber ido. Él retiró las flores secas del mes anterior y colocó el espléndido ramo de rosas blancas que portaba. En la lápida tan sólo pude leer su virginal nombre: María. No había fechas ni palabras de recuerdo. Me sorprendió. Junto al nombre pude ver una fotografía suya. Era una mujer joven y guapa, con el pelo negro, igual que su profunda mirada»
—¿Y su familia?
«Jamás conocí a nadie de su familia. Sé que hablaba por teléfono de vez en cuando con su madre y con un hermano, pero yo no les conocí. Parece extraño pero a mí quién realmente me interesaba era él. Tampoco me presentó nunca a ningún amigo suyo pero, sinceramente, ¿qué importancia tenía? Yo le amaba, me gustaba su forma de ver la vida, su manera de actuar. Él y yo. El resto del mundo sobraba».
—Señora Pérez, llevo un buen rato escuchándola y todavía no alcanzo a comprender los motivos que la han traído hasta aquí.
—Lo comprenderá cuando le cuente lo que ocurrió anoche.
—Pues adelante, continúe.
«El fantasma de María seguía persiguiéndome constantemente. No podía dejar de pensar en esa mujer. Anoche estábamos los dos en la cocina. Yo batía unos huevos para preparar una tortilla, y no sé ni cómo me atreví a preguntarle por ella. Comencé diciéndole que era una pena que su mujer hubiese muerto tan joven, y a continuación le pregunté cuál había sido la causa de su muerte. Tardó un poco en contestar. Temí haber metido la pata. Pero finalmente me soltó: «Yo la mate». Imagínese usted mi sobresalto. El bol se me cayó de las manos. Media docena de huevos batidos comenzaron a deslizarse por el suelo de la cocina como la espesa lava de un volcán. Me volví hacia él y le dije que esa broma no tenía ninguna gracia. Félix me aseguró que no era ninguna broma, que se trataba de algo que deseaba contarme hacía tiempo y evidentemente había llegado el momento. Me hizo sentarme. Sacó una carpeta llena de papeles que yo nunca había visto antes. Me pidió paciencia y serenidad, que lo dejara hablar. «Primero quiero que sepas que soy un hombre libre —dijo—. Estos hechos ocurrieron hace más de diez años». Sacó de la carpeta una sentencia judicial. Me la mostró. Yo no entiendo mucho de estos temas pero sé leer y vi claramente que se trataba de una sentencia condenatoria contra él por el delito consumado de homicidio. ¡Él mató a su mujer! ¿Comprende? Me quedé paralizada. Si me pinchan no me sale ni una gota de sangre. Repetía constantemente que había sido un homicidio no un asesinato. Yo no comprendía lo que me quería decir. Sacó más papeles de la carpeta. Me dijo que ya había  cumplido la condena, que sólo tenía que esperar que transcurrieran unos plazos para solicitar del Ministerio de Justicia la cancelación de los antecedentes penales y todo resuelto, no había de qué preocuparse. Lo que importaba ahora es que los dos estábamos juntos y éramos felices. Dios mío, no pude articular palabra. En mi vida me había sentido peor. No fui capaz de preguntarle nada, absolutamente nada. Imagínese con qué cuerpo me metí anoche en la cama con él. No me atrevía ni a respirar. Póngase en mi lugar. Me abrazaba. Me repetía que me quería, que conmigo no pasaría, que yo era distinta. ¿Comprende? Se me ha hecho la noche interminable. Yo sólo quería mantener el tipo y hacer como si no me hubiese afectado la noticia. Todo para esperar hasta hoy, hasta este momento. Esta mañana me he levantado haciéndole creer, como es natural, que iba al trabajo. No sospecha para nada que estoy aquí. ¿Comprende ahora, señora? ¡Mató a su mujer! Con razón había dejado su trabajo de informático. Claro que quería iniciar una nueva vida. Ahora entiendo que cuando yo le conocí acababa de salir de la cárcel. ¿Y ese paripé de las flores? Putas flores. ¿Se da cuenta?».
—Vamos a ver, Claudia, tengo que reconocer que se trata de una historia tremenda, pero creo que está usted en el lugar equivocado. Él tiene razón. Si ha cumplido la condena, efectivamente es un hombre libre. El cumplimiento de la condena extingue la responsabilidad criminal. No se puede condenar dos veces al mismo individuo por el mismo delito.
—Pero ¡mató a su mujer! ¿No se da cuenta? Una mujer como usted y como yo.
—Claudia, entiéndalo. Las condenas no son sólo castigos por los delitos cometidos, también cumplen una función social, la de reinserción, la rehabilitación del penado, la de conseguir reintegrar a la sociedad un hombre de bien, arrepentido de sus errores y con deseos de iniciar una nueva vida. Parece ser que en el caso de su marido o pareja así ha ocurrido, usted misma me ha hablado maravillas de él. Sé que con lo que le confesó anoche le ha dado un buen palo emocional. Quizás el problema haya sido haber esperado tanto tiempo para contárselo. De algún modo la ha engañado. Sinceramente creo que su caso es más propio de un psicólogo que de este departamento. Intenten ir a alguna terapia de parejas. Les vendrá bien.
—¡Pero yo no quiero que siga en mi casa! ¡Quiero que se vaya! ¡Mató a su mujer!
—Señora Pérez, lo más que le puedo decir es que voy a cursar la denuncia al Juzgado de Guardia. Que sea el juez quien decida si debe iniciar alguna investigación o por el contrario archivar las actuaciones, pero prácticamente las cosas están como le he dicho.

Claudia se levantó de la silla, miró fijamente a la agente de policía, tomó la copia de la denuncia y se marchó. Se sentía del todo incomprendida.
En la puerta de la comisaría tomó un taxi y pidió al conductor que la llevara al cementerio. Durante el trayecto pensó en las palabras de la funcionaria. Cumplimiento de la condena. Rehabilitación del penado. Un hombre libre. Estaba claro que ante los ojos de la justicia, Félix había cumplido, pero ¿y ante los ojos del mundo? ¿Debía ella darle una segunda oportunidad? Se lo había ocultado desde que la conoció, pero también comprendía que decir: «Hola, me llamo Félix y acabo de salir de la cárcel», no era una tarjeta de visita muy exitosa. Nunca había reflexionado sobre esta cuestión, personas que cometen crímenes, hombres que matan a sus mujeres, que cumplen sus condenas y que luego son libres como cualquier ciudadano, pero ahora se encontraba en el epicentro del problema. Desconocía los detalles que lo habían llevado a cometer semejante atrocidad aunque tampoco le importaban, nada justificaba una muerte. Si pudiera borrar de su vida el día que lo conoció, si pudiera borrar la última noche... Estaba aturdida.
El taxista detuvo el vehículo ante la puerta del cementerio. Claudia le pidió que aguardara, que tan sólo era un momento. Ante el nicho de María rezó. Arrancó con furia las rosas blancas, todavía frescas, que impunemente lo ornamentaban. Miró con atención su fotografía, la miró a los ojos mientras ponía su mano abierta sobre la lápida, como en espera de una señal. El frío letal del mármol negro se fue apoderando de todo su cuerpo. Nada ocurrió. Ningún signo, ningún destello que aportara luz a su oscuridad. Así permaneció hasta que el taxista entró a buscarla. Salió junto a él del cementerio.
—¿Se encuentra bien, señora?
Claudia ocupó el asiento de atrás sin articular palabra. El conductor le preguntó adónde la llevaba. Ante la falta de respuesta preguntó nuevamente qué dirección debía tomar.
—Déjeme donde le venga bien —concluyó Claudia.
El día, que había amanecido soleado, se tornó plomizo, la tristeza se fue apoderando del entorno y el cielo, solidario, comenzó a llorar.

Pertenece al libro de relatos Los meses cuentan. En librerías o en Amazon.

En estos días ha sido detenido el presunto autor de la muerte, en el pantano de Susqueda, de Marc y Paula, la joven pareja del Maresme. El presunto asesino (aunque para los Mossos no hay duda de su autoría) es un hombre que ya había asesinado a su esposa en el año 1997, disparándole con una escopeta de caza, delito por el que cumplió condena.  Tras su salida de la cárcel contrajo nuevas nupcias con una mujer de origen colombiano, con la que parece ser muy feliz, a tenor de las muestras de afecto que ambos de prodigan en las redes sociales.
Hoy, en la prensa, leía sobre esta noticia y me encontraba con muchos comentarios de lectores que opinaban sobre este aparente sinsentido. ¿Un hombre que mata a su mujer se vuelve a casar? ¿A su segunda esposa no le importaron sus antecedentes? ¿Acaso cree que ella es distinta y nunca le ocurrirá lo mismo? ¿Tiene derecho este hombre a rehacer su vida?
Curiosamente todas estas cuestiones me las planteé hace mucho tiempo, y fueron recogidas en este relato que apareció en el libro Los meses cuentan, en el año 2011. 
Los libros no caducan y jamás pasan de moda, pero creo que, concretamente este relato, tiene hoy más vigencia que nunca.

jueves, 15 de febrero de 2018

LA ISLA IMÁN





El mar es un espejo que me hipnotiza. No puedo dejar de mirarlo. Plata líquida en una tarde nublada. «¡Nos vamos a Tabarca!», dice Álex con entusiasmo mientras prepara el catamarán. Desvío la mirada del agua y la fijo en él. Si lo viera su padre... Se mueve por la plataforma como un equilibrista en su mejor número. Ha crecido mucho y no solo en estatura. Tiene las ideas claras, como los hombres de mar. «No sopla ni una brizna de viento», anuncio. «Da igual, soplamos nosotros», dice entre risas Hugo, su hermano y compañero de aventuras. Es inútil que insista. No se puede con la juventud ni con las ganas de vivir. Sueltan amarras y, en ese preciso instante, algún Dios oculto tras las nubes se confabula con ellos y manda un viento ligero que deja su estela en mi pelo revuelto, en la ropa que vuela y en los ojos humedecidos. Las velas se hinchan y el catamarán avanza. «¿Qué vais a hacer en Tabarca?», pregunto de manera tonta mientras se alejan, por preguntar. «¡Pescar un tiburón!», contesta Álex con la broma de siempre. «¡Ni se os ocurra, ya sabéis que la isla es reserva marina!», les grito desde el pantalán. Aunque ya están a cierta distancia los oigo reír, con esa risa fresca y contagiosa que no esconde más que ilusión y complicidad. Cada vez están más lejos, y yo, clavada en el puerto deportivo de Santa Pola, les digo adiós con la mano, como si despidiera a un trasatlántico que se dispone a cruzar el océano. Siento el impulso de saltar al agua, de alcanzarlos a nado. Como si fuera posible. ¿Qué tiene la isla que los atrae como un imán?
Recuerdo aquella primera vez en la que fuimos juntos con el Century, nuestro primer velero. Había sido un sueño perseguido durante largos años y por fin se convertía en realidad. De ocasión, trece metros de eslora, casco impecable, motor recién revisado, tres camarotes dobles, dos baños y una hipoteca. ¿Y qué importaba si teníamos todo el mar para nosotros?  No entendíamos otra forma de ser más libres que sobre las aguas.
Aquel día, cargados de ilusión, navegamos hasta la isla para estrenar la criatura, acompañados en el trayecto por diferentes embarcaciones a vela o a motor que seguían nuestros mismos planes. El sol luminoso, la brisa, el vaivén de las olas, los pececillos saltando a nuestro alrededor y, de repente, en medio del azul, la costa isleña, rocosa y embrujadora. Una imagen que merecía  haber quedado inmortalizada en un lienzo para ser exhibida en el mejor de los museos. «¡Mamá, piratas!», gritaba Álex señalando hacia algún punto indefinido. «¡Hay piratas en la isla!», insistía. «Qué imaginación tienes», contestaba su padre. «¡Yo también los veo!», intervenía Hugo. Y nos obligaban a entornar los ojos, a poner la mano sobre ellos a modo de visera y a escrutar el horizonte. Mar y cielo confundidos en un abrazo eterno.
Dejo los recuerdos y vuelvo al presente. Busco el catamarán, ya poco más que un juguete perdido en la inmensidad de las aguas, y todavía creo oír las risas de sus tripulantes, las confidencias, los secretos, las historias que solo ellos saben y solo entre ellos se cuentan. ¿Qué tiene Tabarca que los atrae como un imán?
Si los viera su padre, me digo una vez más mientras abandono el Club Náutico y me dirijo a la playa, a matar las horas, a esperar que vuelvan... En ese preciso instante una fina lluvia me salpica el cabello y la cara, es tan delicada que se percibe como una caricia. Entonces miro al cielo y pienso: quizá sí los ve.

 

domingo, 21 de enero de 2018

100 INSTANTES EN UN SANTIAMÉN




CAMBIO DE VIDA

Decidido a cambiar de vida vendió los dos coches y el apartamento de la playa, dejó de viajar y de jugar al golf, renunció a las comidas en los restaurantes caros y a las salidas con amigos. Regaló el velero y la tabla de surf, se deshizo de todo su vestuario de marca, abandonó el gimnasio, las sesiones con el nutricionista y los masajes. No contento con ello, se afilió a unas cuantas ONGs entre las que distribuyó su dinero, donó sus obras de arte a una subasta y se planteó vender la única casa que tenía para trasladarse a vivir a una tienda de campaña. Cuando estaba a punto de ingresar en una secta budista se despertó. Su mujer, ajena al episodio onírico, roncaba a su lado y el bebé dormitaba en la cuna. La lluvia caía sobre la lona con una cadencia musical y por una esquina se colaba algo de agua. Debajo del saco de dormir todavía guardaba la orden de desahucio. Sacudió la cabeza en un santiamén para espantar el sueño y lo único que le quedó fue la imagen de la realidad. Tenía que desmontar la tienda antes de que llegaran los del hipermercado. Sabía que no estaba permitido acampar en su aparcamiento.

Seleccionado en el concurso "100 INSTANTES EN UN SANTIAMÉN"
El Libro Feroz.

Si amáis a los animales, los beneficios de la venta de este libro irán destinados a la Asociación Protectora de Animales la Luz de Laura. Precio 10 euros. Sin gastos de envío.

Ah, y podréis leer un buen puñado de excelentes microrrelatos. Todos ellos incluyen la palabra "santiamén".
 

martes, 16 de enero de 2018

ENTREVISTA EN LETRAWEB



Agradezco a Martha Jacqueline Iglesias, narradora cubana, su amistad y cariño.

AQUÍ podéis leer la entrevista que me hizo para su blog LETRAWEB.